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15 de octubre de 2016

Leer como un profesor



Una pista esencial para distinguir cuanto antes a un buen lector de uno malo es cuestionarle sobre qué busca cuando abre un libro. Si su primera respuesta es algo así como "que sea original, que me cuente una historia", entonces es muy posible que sea un mal lector. Puede haber excepciones, pero este test rápido casi siempre da en la diana: alguien acostumbrado a leer bien no lee para que una historia le sorprenda. Por dos motivos, que son el mismo aunque puedan parecer complementarios:

a) El primero es que todas las historias ya están escritas.

«En cierto nivel, cualquiera que escriba algo sabe que la pura originalidad es imposible. Mires donde mires, el terreno ha sido transitado. Así que suspiras y montas tu tienda donde puedes, a sabiendas de que otros han pasado por allí [...]. Si el escritor es bueno, lo que ocurre no es que la obra resulta poco original o trivial sino justamente lo contrario: gana profundidad y resonancia gracias a los ecos de los textos previos, y densidad gracias al uso acumulativo de ciertos modelos y tendencias básicos».

Este razonamiento es la razón de ser del ensayo Leer como un profesor, de Thomas C. Foster, en el que este maestro de instituto y universidad adorna su amor por los libros con aquello que convierte a un profesor de literatura en un buen profesor de literatura: no proporciona respuestas fáciles y no pretende que sus alumnos se las den, sabe que la literatura es un universo inabarcable y que por tanto está sujeto a la refutación y a la perspectiva, al guiño y a la fobia. Sabe que es un territorio de libertad en el que caben pistas pero no atajos. O sea, que no es un viaje ni fácil ni cómodo, pero siempre merece la pena.

¿Y cómo se transmite todo eso? ¿Cómo hacer entender que esa complejidad no está reñida con el disfrute? La propuesta de Foster, como maestro, es eminentemente didáctica. Con la riada de ejemplos que utiliza en esta especie de manual para nerds de instituto y letraheridos, el profesor abona la idea de que la originalidad de una obra reside en su capacidad para transmutar los símbolos en los que todos nos reconocemos a contextos nuevos.

b) El segundo motivo es que solo hay una historia.
«Supongo que la historia única, la ur-historia, trata de nosotros mismos, de lo que significa pertenecer al género humano. [...] El pertenecer al género humano abarca más o menos todo: nos preguntamos sobre el espacio y el tiempo y esta vida y la siguiente, cosas que, estoy seguro, ninguno de mis setters ingleses se ha puesto a considerar».

Da igual que pretendas explicarlos desde la astrofísica, como Stephen Hawking, o desde la novela negra, como Dashiell Hammett. Todo aquel que se pone a ello tiene como horizonte la pregunta básica de por qué el ser humano es como es. Lo único que hace es escoger por dónde transitará en busca de la respuesta. Y lo hará pertrechado de todo el corpus simbólico que le precedió: la religión (la Biblia como la historia de historias fundacional), la herencia grecorromana, los fenómenos geográficos (ríos, montañas, océanos, desiertos, ciudades), o meteorológicos, el sexo, e incluso Shakespeare.
De esta manera, Foster nos lleva de la mano por decenas de modelos (tal vez demasiado ceñidos al ámbito anglosajón) para hacernos ver, por ejemplo, que cualquier relato que en el que esté presente un viaje nos remitirá a una búsqueda, que una comida en común será un acto de comunión, que un baño en un río o un personaje que camina bajo la lluvia son casi siempre metáforas de un bautismo (o un renacimiento), o que los pájaros que vuelan nos remiten ciertamente a la libertad
Todos ellos son resortes en los que los autores se apoyan, con diversos grados de conciencia, para construir sus propios relatos. Está en nuestra mano interpretarlos, colorear la experiencia feliz de emprender una lectura sabiendo que, como resume el profesor Foster, «una obra completamente original, que no debiera nada a sus predecesoras, carecería a tal punto de lo familiar que desconcertaría sus lectores».



19 de enero de 2015

HHhH


No creo en la escritura como una suerte de inspiración permanente. Todos los artistas son sobre todo artesanos que explotan unas cualidades más o menos acentuadas. En la mayor parte de los casos, son gente que ha sabido gestionar con relativa soltura un buen patrimonio narrativo. Con cada nueva obra van diseminando ese patrimonio, alambicando el producto para explorar en la medida de lo posible las vetas que aún permanezcan intactas.

En el otro extremo estamos los demás. Esa coletilla tan extendida de que todos tenemos al menos una novela dentro, más allá de lo naif o paulocoelhiano que pueda sonar, tiene su parte de verdad. No en términos de experiencia vivida, pero sí en cuanto a que, por gañán que uno sea, siempre hay determinados acontecimientos o testimonios que a uno lo marcan y sobre los se queda cavilando durante mucho tiempo, casi siempre incapaz de encontrar un cauce para expresarlos debidamente.

A Laurent Binet, si hacemos caso a lo que escribe en HHhH, la historia del atentado contra Reinhard Heydrich, el Carnicero de Praga, arquitecto fundamental del Holocausto y promotor de la Solución Final para el exterminio judio, le rondó la cabeza durante años. Por lo que deja entrever en el relato, la crónica de este suceso histórico le fue legada muy temprano: su padre, historiador de izquierdas, debió preocuparse por que el joven Laurent supiese de este tipo de cosas para alimentar su base de conocimientos y fomentar en él una sensibilidad antifascista. La propia biografía de Laurent, residente en la República Checa, hizo el resto. Y ahí quedó, gestándose lentamente en la cabeza de Binet, la historia de cómo dos soldados de la resistencia checoslovaca, Jan Kubiš y Jozef Gabčík, atentaron contra uno de los hombres más poderosos del III Reich de una manera asombrosa, simple pero cargada de heroísmo. 

Aunque a Binet puede que se le vaya la mano en el subrayado de aquel heroísmo y de quienes lo hicieron posible, HHhH sí consigue transmitir la carga legendaria de aquel 27 de mayo de 1942 en el que el cerebro de Himmler (a Heydrich se le tenía por el verdadero hombre fuerte las SS, y de ahí el acrónimo alemán que da título a este libro: Himmlers Hirn heisst Heydrich, el cerebro de Himmler se llama Heydrich). Y buena parte de culpa en la creación de ese tono proverbial que empapa esta narración lo tiene la estructura que elige Binet, quien desde el primer párrafo se introduce a sí mismo como narrador y personaje del relato, haciéndonos ver que esta anécdota tan lejana ya en el tiempo y en el espacio, este hecho histórico casi menor dentro de la inmensidad monstruosa de la II Guerra Mundial y del régimen nazi, son parte de la vida de un francés treintañero que si alguna vez fabuló con convertirse en escritor nunca pudo prever el éxito de su primera obra publicada.

Si la literatura tiene algún poder, si alguna vez es pertinente, es porque consigue pulir el sedimento que el tiempo y el olvido van posando sobre las cosas que ocurrieron, y porque todo el mundo tiene a su alcance, como logró Binet, recodarlas, revivirlas.







Tomar partido


Me pasa con algunos autores: acostumbrado a hablar de oídas, a manejar cuatro tópicos culturales que camuflen una ausencia de lecturas, suelo fijarme en el personaje antes que en la obra. La mitomanía me empuja a acercarme a algunos de ellos por el tejado, esto es, por sus obras autobiográficas.
Ocurrió con Martin Amis, para bien. Leí Experiencia, y aunque no me pareció una obra imprescindible, sí me invitó a buscar otros trabajos suyos. Ese punto de vista cargado de sarcasmo, esa egolatría controlada y justificada, esa profusión de lecturas, de encuentros, de posicionamientos, de combate intelectual siempre en marcha, la exposición de la vida privada, supeditada casi siempre al servicio de la obra en curso... todos esos rasgos de la literatura de Amis están en sus memorias, aunque sea superficialmente.
Y todas esas características también se encuentran en Hitch-22, las confesiones y contradicciones que el colega de Amis, Christopher Hitchens, dejó compilado en un volumen de memorias polémico y combativo, como casi toda la actitud vital y bibliográfica del pensador británico.
Repaso notas de lectura y encuentro una cita que Hitchens atribuye a otra gigante malograda, Susan Sontag: "no se puede ser solo un poquito herético", recuerda él al referirse a la valentía dialéctica que demostró Sontag al criticar algunas posturas de la izquierda. Me parece que esa idea, la de que hay que mojarse hasta el cuello para defender los postulados en los que uno cree, es la que atraviesa (con sus pequeñas dosis de ternura y vulnerabilidad) este inventario vital de Hitchens.
Casi todos los libros de memorias pecan de una autoindulgencia excesiva, de una falsa modestia que en realidad pretende que el lector (un lector ya ganado para la causa, pero en fin) llegue al final de la obra con la sensación de que lo que acaba de leer merecía la pena ser escrito.
Parece que Hitchens se esfuerza en demostrar que en su caso es así: que su vida, su compromiso irredento con las decenas de causas que abrazó depara un balance que justifica el ejercicio memorialista. Es difícil contradecirle a medida que uno va dejándose llevar por el entusiasmo intelectual de un tipo que siempre sintió la necesidad de hablar claro y en voz alta sobre muchas cosas. Cosas inmesas y asuntos más livianos, pero siempre pertinentes, y siempre con una capacidad argumentativa que ya quisieran para sí muchos de quienes hacen de la argumentación su modo de vida.
En el tercer capítulo del libro, Hitchens recuerda cómo muy pronto, en la escuela, aprendió que las palabras podían ser un buen antídoto contra los abusos de profesores o compañeros, pero también de cómo, por una cuestión de egoísta supervivencia, él utilizó esas armas solo para defenderse a sí mismo y no a otros compañeros víctimas de abusos. Lo recuerda así:
"Es relativamente fácil entender que la gente quiera ejercer poder sobre los demás, pero lo que me fascinaba era ver cómo las víctimas se confabulaban en el asunto. Los abusones adquirían un escuadrón personal de aduladores con impresionante rapidez y facilidad. Cuanto más tiránico era el profesor, más de los que vivían aterrorizados por él corrían a aplacarlo y a anticipar sus cambios de humor. Los chicos pequeños que era poco populares o "impopulares" con la autoridad atraían rápidamente el desprecio y la irrisión de la mayoría. Todavía me estremezco al pensar en lo poco que hice para oponerme. Mi lengua se afiló sobre todo en mi defensa."
Esa lección temprana de darwinismo intelectual hubo de marcarle lo suficiente para que en el resto de su vida decidiera que dar la cara no puede ser una opción, sino una obligación, no solo en defensa de las ideas propias, sino también de quienes, teniendo la razón de su lado, no cuentan con los recursos (ni siquiera con los recursos críticos) para alzar la voz.

1 de enero de 2013

Homer y Langley


A veces, desde el sofá de casa, el mundo de ahí afuera parece un infierno del que habría que huir a toda costa. Uno sabe que estamos en el tiempo de las multipantallas, y sería fácil caer en el encantamiento y asumir que la vida que vives desde esas pantallas es algo más que una existencia vicaria. Los medios sirven para eso: para asimilar como experiencia real la elipsis que va desde tu pantalla y tu sofá al mundo de ahí afuera.
No es algo nuevo. Los periódicos también facilitaban ese mismo tránsito cuando los hermanos Homer y Langley vivían. La caricatura con la que se les terminó retratando, como los campeones del síndrome de Diógenes, solapó también una historia que simboliza como pocas la querella del hombre contemporáneo entre las servidumbres de la vida en sociedad y el ostracismo que acompaña a quien decide vivir a su aire.
Los hermanos Collyer, pertenecientes a una familia pudiente del Nueva York de principios del siglo XX, ganaron celebridad cuando, a la muerte de sus padres, fueron poco a poco convirtiendo su mansión del entonces selecto barrio de Harlem en un inmenso laberinto de cachivaches, basura y todos los miles de  periódicos que el excéntrico Langley encontraba para apilar en decenas de columnas por todas las estancias de la casa.
Homer se quedó ciego muy joven y, según el retrato de Doctorow, fue el hermano mayor, Langley, quien asumió su tutela. Combinando demencia con afecto, Langley se encargó de cuidar a su hermano desvalido de la mejor forma que supo: aislándolo de una sociedad que siempre tiende a arrinconar al dependiente y al raro. En su delirio, concibió  la Teoría de los Reemplazos, según la cual todo lo que ocurre ya ha sucedido con anterioridad y seguramente volverá a repetirse en un futuro, con matices variados. Por eso recopiló periódicos y periódicos, con la idea de escoger los eventos más relevantes de cada categoría y componer un sólo documento que sirviese a los futuros lectores para entender ese mundo loco de afuera sin tener que acudir cada día al quiosco a por su ración de acontecimientos rumiados. Un atajo para que gente como su hermano pudiera sentirse algo menos desorientado frente a la realidad.
Más allá del anecdotario y del relato costumbrista, en la novela Homer y Langley, E. L. Doctorow examina con ternura la peripecia vital de los Collyer. El escritor aprovecha la historia de estos parias para echar una mirada oblicua sobre un periodo de la vida americana cargado de acontecimientos. Como en una progresión inversa, mientras los grandes sucesos desfilan allá afuera (las guerras mundiales, el gansterismo de los años veinte y treinta, los hippies, la explosión de la radio y la tele,..), los Collyer emprender un proceso paralelo y gradual de enclaustramiento: poco a poco van arrinconándose, a medida que acumulan periódicos y trastos, paso a paso van cortando lazos con el exterior, van renunciando incluso a pagar las facturas de la luz, el agua o las basuras para no tener nada que deberle al mundo hostil. Dimiten de todo, se encapsulan hasta el límite definido a través de esa metáfora brutal que es la ceguera y la posterior sordera que padece Homer. Desasido de ojos y oídos, su único puente con el exterior es su hermano loco.
Hoy sabemos que cuando la policía decidió en 1947 agujerear el techo de la mansión para acceder a la casa de los Collyer, tardaron varias horas en hallar al pobre Homer, muerto de inanición. No obstante, a Langley no pudieron encontrarlo hasta varios días después, sepultado por un derrumbe de periódicos. Al final, en su combate por acordonar la realidad, aquella terminó por aplastarle.

28 de septiembre de 2012

Viaje

Tendemos (yo, al menos) a asociar la literatura con la contemplación y el aislamiento. El estereotipo es tan solemne que casi no admite réplica: la figura del lector, apalancado, abstraído de su contexto, refugiado del afuera entre las páginas. El complemento es esa imagen del escritor, todavía más mitificada: sentado en su escritorio, buscando el confinamiento y la quietud que propicien el flujo de la escritura.

Y sin embargo, la literatura es movimiento. Casi ningún relato puede prescindir de la experiencia, sea cual sea el grado de realidad que asuma. La experiencia mana del descubrimiento de otros lugares, del roce con otra gente y otros climas. Se puede conocer poco desde el sofá o desde el escritorio. Se puede imaginar aún menos si no hay de dónde empezar a divagar. Es una asunción que pocos escritores negarán en último término; un paradigma que impregna de principio a fin Australia. Un viaje, de Jorge Carrión.

En el verano de 2002, durante dos meses, Carrión recorrió de costa a costa aquella isla-continente con el propósito de husmear el rastro de la emigración española en Oceanía durante la dictadura franquista. Para un español, no hay ningún lugar en la tierra que represente mejor la lejanía del hogar que las antípodas: el continente australiano. Resulta que unos años después de la posguerra, los gobiernos de España y Australia gestionaron el éxodo de unos ocho mil españoles hasta Oceanía, fundamentalmente para cubrir la necesidad de mano de obra en las plantaciones de caña de azucar. Operación Canguro, lo llamaron. Algunos familiares del autor de Australia. Un viaje participaron en el programa y Carrión les visita y les entrevista, les obliga a hacer memoria y relatarse. Y, después, continúa viajando, sigue desplazándose en un puñado de semanas extenuantes, bordeando ese vastísimo continente como quien rastrea exhausto el mapa de su herencia genética. Viaja para conocer de dónde viene y para tratar de entenderse. Llega hasta los límites físicos, hasta la última frontera imaginable para un ibérico, hasta desvelar o reivindicar que el viaje (y no el turismo, que es un sucedáneo) es una secuela no traumática de la experiencia migrante. Que los grandes viajeros suelen provenir de familias que han incorporado el exilio a su ADN.

En esa tensión entre identidad y destino, entre irse y echar raíces, vive el ser humano peleado consigo mismo desde hace miles de años. Lo reflexiona el propio Carrión hacia el final del texto: si muchos animales, como los pájaros, encuentran en la migración repetida un significado de vida y de especie, por qué los hombres habrían de ser distintos. El propio mecanismo de la reproducción mamífera es un simulacro de huída, al nacer somos expulsados del útero materno y a partir de ese momento la vida es una pugna de emancipación frente al deseo de los progenitores de retenernos a su lado.

Todo eso nos cuenta Carrión en un libro en el que la escritura y el propio viaje que la alimenta brotan desde una misma actitud: la desmitificación de la figura del viajero, el afán por moldear el tránsito con las lecturas que lo enriquecen, sin perder la capacidad de asombro.

17 de julio de 2012

Madurar


Atribuyo a la censura y la cutrez del franquismo la enorme sequía editorial que debió vivir España décadas atrás. La consecuencia son centenares de obras imprescindibles, sobre todo anglosajonas, cuya traducción y edición en castellano quedó archivada hasta nueva orden. Todo para que ahora, pasado el tiempo y sacudida la caspa, asistamos a una proliferación de este tipo de rescates por parte de sellos pequeños como Libros del Asteroide, Impedimenta o Libros del Silencio, por citar los más obvios. No son novelas canónicas, pero el vacío intelectual que rellena su publicación contribuye a hacernos, a los hispanohablantes, un poco menos ignorantes. Algo más libres.
La hoja plegada, de William Maxwell, es la historia de dos chicos, de la amistad que forjan en su adolescencia, y de los problemas que sufren ambos para conservar esa amistad frente al contexto en el que viven, las putadas que dispone la vida, y, sobre todo, frente a ellos mismos.
Los niños (y, sobre todo, las niñas, me parece a mí) juegan a hacerse promesas de amistad eterna. No sé de qué  esquina profunda del subconsciente procede esa tendencia a buscar la amistad en la infancia. Debe ser antes que nada un instinto gremial, un acervo de pertenencia. A medida que uno se va haciendo mayor, descubre otros surcos donde plantar su identidad en comunicación con el otro. La pareja, el trabajo o las aficiones extravagantes nos van proporcionando ámbitos en los que saciar esa necesidad de contacto. Pero en la infancia y la adolescencia la amistad es el primer bastión conquistado con absoluta autonomía. Es la primera elección que uno hace conscientemente y por eso de pequeños queremos creer que seremos fieles a aquella primera toma de partida en nuestra vida. Después ya empiezan los vaivenes, las decepciones, mutamos tantas veces a lo largo de los años, necesitamos romper tantas lealtades para poder evolucionar, que ya no recordamos aquel nuclear juramento iniciático: "Amigos hasta la muerte".
Eso es más o menos lo que cuenta este libro: la ruptura de esa creencia en la invulnerabilidad de la primera amistad, el cataclismo sentimental que genera el primer desengaño, ya sea amoroso, fraternal o filial. Todos esos desengaños se condensan en La hoja plegada en la piel de Lymie, un chaval al que lo que más le gustaría es no tener una sensibilidad tan acentuada. Ser un duro, que es lo que muchas veces se confunde  con madurar: ir perdiendo capacidad de asombro. Los hombres no lloran, ya se sabe.

28 de julio de 2011

Ira


Hoy, en mitad del sopor del tren de las tres y diez, en el vagón repleto y sin aire acondicionado, casi todos dormitábamos. Cada cual en su modorra, casi nadie estaba allí de verdad, en contra de lo que la física indicaba.

Sin venir a cuento, un tipo con impecable camisa blanca se puso a pegar gritos, a increpar a todos los que tenía a su alrededor y a golpear el suelo con una carpeta. Se levantó y comenzó a patrullar el vagón. De vez en cuando se arrancaba a insultar a diestro y siniestro. Entre su balbuceo, entendí algo así como que todos estábamos cuchicheando a sus espaldas, y que él no tenía miedo de nosotros, que éramos sólo unos mierdas y nos íbamos a enterar, porque él tenía muchas empresas y blablabá. Un par de estaciones después se apeó. Me pareció intuir un resoplido generalizado de alivio.

A priori, sólo un loco inofensivo. Un incordio transitorio para unos cuantos curritos que regresan a casa. Lo que pasa es que algo me dice que por debajo de la anécdota trivial late un miedo larvado, la certeza de que la tranquilidad cotidiana está hecha de un material quebradizo, tan sensible que cualquier devaneo puede arruinarlo todo.

En un par de horas, cualquier loco puede reinstaurar el infierno en mitad del estado del bienestar. Es fácil. Ni siquiera se requiere un gran arrojo. Basta con ser más o menos minucioso a la hora de escoger el objetivo si se pretende hacer verdadero daño. Brevik preparó concienzudamente su ataque homicida, pero en realidad el éxito macabro de su plan fue resultado de una cadena de coincidencias. Un cúmulo de descuidos o negligencias que responden, más que nada, a la ausencia de amenaza. Sólo se relajan las precauciones en dos escenarios: cuando uno vive en el riesgo perpetuo o cuando uno vive en el plácido y tedioso bienestar. El caso noruego. Esta es la mayor masacre sufrida en su territorio desde la II Guerra Mundial. La gran mayoría de los nórdicos no conocen la amenaza terrorista, no perciben el miedo a los grupúsculos que conspiran para derribar el sistema. No tienen un horizonte de odio racial o de diferencias socioeconómicas, que son, a priori, el perfecto caldo de cultivo para el fanatismo. Lo ocurrido, sin embargo, desmiente en gran parte esa teoría. El terror también puede provenir de nosotros mismos. Las ideas envenenadas también se cuecen en las mentes de nuestros hijos.

El golpe de Breivik tiene todas las señas de identidad de la amenaza que nos espera en las próximas décadas. Si un solo hombre, uno como nosotros, puede sembrar tanto dolor en tan poco tiempo, el ciudadano de hoy no tiene ya dónde parapetarse. Continuamente expuestos, aprenderemos a vivir bajo esa amenaza constante o nos volveremos locos. Paranoicos que sospechan del vecino del quinto, del rarito solitario que siempre coge el metro a menos veinte.

Sin querer, regresamos a los mitos. Al hombre del saco. A Jack The Ripper. La literatura y el cine se nutren sin parar de ese miedo arraigado que tenemos a que un perturbado elija el peor momento y el peor lugar para cruzarse en la vida cotidiana de cualquiera de nosotros. Material narrativo archimanido que, sin embargo sigue siendo eficaz. Sigue provocando la misma ansiedad que el primer día. Para disfrutarlo, vean Luther, de la BBC. Para analizarlo amargamente, lean El país del miedo, de Isaac Rosa.

22 de marzo de 2011

Abel Jaszoon Tasman

Martin Amis es un escritor sólido. Es lo mejor que uno puede decir de un tipo, que -de acuerdo- tal vez lo ha tenido todo de cara para acabar dedicándose a la escritura (hijo de), pero con cada nuevo libro consigue lo que un autor sólido debería alcanzar para reivindicarse: zanjar un tema.

En La información, el asunto es la envidia; un sentimiento universal emparentado íntimamente con la creación. Si todos tendemos a levantar la ceja al contemplar el éxito del vecino y compararlo con el fracaso particular, ese instinto se acentúa si uno se dedica al arte.

Aquí Richard Tull es un escritor fallido, que de joven publicó una novela alabada por la crítica, pero desde entonces se pelea con su propio talento y exigencia. Ahora, apeado del vagón de primera de lo literario, mastica su derrota y la digiere planeando el mejor modo de destruir a su íntimo amigo Gwyn Barry, autor de bestsellers y postulante al Premio a la Profundidad, algo así como un Planeta universal.

Mira que porfía Richard para joder a Gwyn; durante páginas y páginas asistimos a sus intentos, le vemos perder el pelo y la dignidad para encontrar la mejor venganza sobre su némesis. Pero todo es en vano. Nada parecer torcer el designio celeste que impone el triunfo de unos y el ostracismo de otros. Amis escoge dos metáforas para trazar el calvario particular de Richard. La primera recorre toda la novela: alusiones astronómicas salpicadas durante toda la trama (el sol, las estrellas, los planetas y los satélites, que siguen su propio itinerario sin prestar atención a las penurias de los hombres). La segunda acude en el remate de la trama, cuando Richard, desamparado en el umbral de su casa, perplejo por cómo el karma le ha devuelto su mala uva, repara en la figura de un gran fracasado histórico:

¿Quién era él? ¿Quién había sido hasta ahora? ¿Quién sería siempre? Era Abel Janszoon Tasman (1603-1659): el explorador holandés que descubrió Tasmania sin reparar en Australia.

Richard aprende así una moraleja aplastante: cuando un destino es invariable, luchar contra él sólo puede empeorar las cosas. Como el pobre Abel Tasman, a veces uno tiene que conformarse con Tasmania.

8 de febrero de 2011

Nostromo


No existe un canon cultural. No creo que cada época tenga unas hechuras intelectuales a las que haya que ceñirse por narices. Uno siempre puede volver la vista atrás y descubrir que antes las cosas (las literarias, en este caso) se hacían de otra manera. Uno siempre puede coger un clásico y ponerse a leer, como si su autor lo hubiera terminado esta mañana. Así: Nostromo.

¿Cómo sería hoy acogida una novela escrita, casi desde la más pura fabulación, para recrear un territorio real? ¿Cómo narrar una historia como esta partiendo casi de cero, sin la coartada de la documentación? Lo dicho: el canon actual nos sugeriría acudir a los archivos, pisar el terreno, mezclarse con la realidad que se quiere dibujar. Uno lee Nostromo como si Costaguana hubiera sido una república incipiente de Sudamérica y como si Sulaco hubiera sido la rica provincia codiciada por los salvapatrias que Conrad imagina aquí. Y, sin embargo, si nos creemos el prólogo de Juan Gabriel Vasquez (en esta edición) Conrad sólo visitó una vez, y muy de pasada, las costas colombianas sobre las que se asienta la ficción de Nostromo. Y, a partir de esa breve experiencia levantó un universo creíble, perdurable. Y repitió la fórmula para construir los personajes: arrancando del pastiche tejió un conjunto de relaciones fascinante. Todos los que intervienen en la trama encarnan una cualidad: la dama doliente, el doctor taimado, el francés esnob, el viejo anarquista italiano,... cada cual responde a un prototipo, pero todos esconden dobleces. Todos tienen matices, altibajos, debilidades. El primero de ellos, el protagonista. Nostromo, el capataz de cargadores. Un hombre temido y admirado a partes iguales, alguien al que todos miran esperando que su voluntad sirva para sostener una paz precaria en el país. Un tipo que durante tres cuartos de historia se nos presenta como un héroe de una pieza, con una honestidad sin tacha, y al que en el desenlace de la trama le veremos zozobrar a causa de la ambición y, por qué no decirlo, de ese otro vicio infame que es el amor ciego.


Nostromo compara la plata de la mina de Santo Tomé, de la que le empujan a hacerse cargo, con una maldición a la que se intuye perpetuamente ligado. Por plata también escribió este libro Joseph Conrad, mercenario de la escritura; un modo de supervivencia como otro cualquiera. Como marino, escritor. Así, Conrad. Hubo un tiempo en el que, dominados por el esnobismo juvenil, levantábamos la ceja frente a las historias sin más, frente al puro placer de la literatura. Nos iba lo experimental: así ocurrió que mucho de lo que leímos por aquel entonces tendremos que releerlo en un futuro. Porque no entendimos nada, y, lo que es peor, casi ni lo recordamos. Eso pasa un poco con Conrad. Cuando tienes diecisiete años te incitan a leer El corazón de las tinieblas cuando a lo mejor deberían recomendarte Nostromo. Yo dejé la obra maestra a la mitad, abrumado por tanta densidad existencial. No tenía tanto mundo interior. Más bien al contrario. Y, sin embargo, he leído ahora Nostromo con un intenso deleite, con ese placer que proporciona una lectura sin más pretensiones que el disfrute. Temo que haya empezado a dejar de ser ambicioso. Temo que no haya vuelta atrás: no volver a acercarse a las obras profundas y obtusas nunca más. Temo preferir la escritura mercenaria a la devota. La de Conrad, por ejemplo

22 de diciembre de 2010

Los Muertos

¿De qué va Los Muertos? Va de una teleserie, en dos temporadas, que imagina un mundo en el que la gente no nace en los paritorios, sino que se materializa en charcos sucios en callejones de megalópolis. Va de cómo los muertos de las ficciones comunes van a parar a ese mundo para intentar vivir otra vida y reivindicar lo que les queda de memoria; lo que fueron en otras pantallas. Va de cómo la humanidad mastica esa ficción y la hace suya, y la eleva o la ensancha, vindicando el fenómeno fan o tapizando desde la academia lo que nació en la caja tonta. Va de cómo el arte de hoy y de mañana o es compartido o no será.

Los Muertos forma parte de un proyecto. Habrá segunda y tercera parte, según ha anunciado Jorge Carrión; y eso ratifica la sensación de encontrarnos frente a un atlas creativo en el que todo está medido. Cabe lo espontáneo en la escritura, sí, pero la novela es un edificio que pide un diseño, planos concienzudos, y horas de intemperie subido al andamio.

Hace falta toda esa brega previa para que en 167 páginas quepa un mapamundi. Me gusta que Los muertos sea fiel a la idea del iceberg de Hemingway. Me gusta la sensación de que debajo de cada frase que leemos descansa todo un universo. Me gusta por lo que sugiere, más que por lo que acaba por mostrar. Carrión sostiene que "la gran apuesta retórica y formal de la novela es la elipsis". En lugar de enfangarse en un recorrido de cientos de páginas, Los Muertos invita a la hipótesis, a la interpretación libre. Por algo Carrión es fan de The Sopranos, o de Lost. Por esos finales. Por esa estructura abrupta, abismal. A pesar de su vocación totalizadora, Los Muertos renuncia a sentar cátedra; como las mejores teleseries de los últimos tiempos, su mejor aval es que encomiendan a su público la tarea de completar la historia.

Los Muertos es una novela conceptual: quiere imponer una idea sobre el mundo y para materializar ese anhelo busca la única expresión artística que hoy en día tiene una genuina capacidad totalizadora: las teleseries. Ni el cine, ni la novela, ni por supuesto el teatro, la pintura, la danza o el cómic están en condiciones de rivalizar con la pujanza de un género que desborda fronteras y pulveriza estatus. Como explica Carrión, el fenómeno Lost ejemplifica el potencial de las teleseries en este mundo global. Ni la superproducción cinematográfica más taquillera puede aspirar a un éxito tan sostenido en el tiempo y con tantas ramificaciones que tratan de explicarlo, corregirlo, compartirlo, inmortalizarlo.

Dijimos que Los Muertos iba de una teleserie y de sus derivaciones. Tanto como no decir nada. ¿Cuál es su tema principal? ¿La búsqueda de la identidad, la migración (entre países, o entre mundos), la ética de la pérdida, el holocausto? ¿Y quién es su protagonista? ¿Son Mario Altares y George Carrigton, los creadores de Los Muertos? ¿Es el Nuevo, o el Viejo, los dos únicos caracteres que atraviesan la trama formulándose preguntas sobre quiénes son y cuál es su papel en esta historia? ¿Es el impostado Tony Soprano? Tampoco lo sabemos. Todos los personajes mutan, y no lo hacen sólo morfológicamente; sus actitudes y sus parlamentos son difusos y contradictorios.

Carrión podría haberse contentando con escribir un paper en cualquier semanario de ultratumba para desarrollar sus ideas. Hay que agradecerle que, lejos de eso, se lanzase a la piscina y proyectase una ficción poderosísima, un artefacto de apariencia simple pero en el que late un engranaje complejo y ambicioso. Sólo ese truco ilusionista merece rendirse ante Los Muertos. Y esperar ansioso la Season 2.

5 de octubre de 2010

Una rana en una cacerola

Quinn, protagonista de La última oportunidad, aprovecha un segundo de respiro en mitad de su huida hacia delante, cuando la mala suerte lo arrincona y por muchas prevenciones que tome todo acaba saliendo del revés. Sentado en un coche ajeno, le da por recordar una anécdota de la infancia. Un día en el que atrapó una rana silvestre y se le ocurrió meterla en la cacerola con algo de agua. Y al cabo de un rato puso la cacerola al fuego y se dispuso a observar la reacción de la rana:

"La rana seguía sentada en el agua, le miraba tranquilamente y no se movía. Y, poco a poco, fue aumentando la llama, y contempló cómo crecía y se volvía más azul y la rana seguía sentada en el agua caliente mirando hacia fuera, parpadeando y respirando, aunque sin moverse, hasta que una burbuja alcanzó la superficie del agua, y comprendió que la rana habría seguido allí sentada y mirando incluso después del momento en que ya no habría podido moverse por mucho que lo hubiera necesitado, y entonces apagó el fuego...
...Más tarde pensó que la rana de la cacerola era un buen ejemplo del modo como la gente deja que ciertas cosas a las que está acostumbrada duren muchísimo tiempo, sin darse cuenta de que son precisamente esas cosas a las que está habituada las que le están matando. Y ahora se preguntaba, sentado en el coche de Bernhardt, cuándo llegabas exactamente a ese punto y cómo te dabas cuenta de que estabas cerca de él, y en el caso, poco corriente, de que te dieras cuenta o intuyeras lo que iba a pasar, qué habías de hacer para no quemarte".

Hay quien necesita miles de páginas, una trama intrincada o un lenguaje barroco para articular la idea que da cuerda a su novela. Richard Ford es tan buen escritor que le basta con una breve historia fronteriza, donde el peso de la narración descansa sobre un puñado de perdedores, para desplegar esa reflexión sobre la capacidad que tenemos los hombres de intervenir en nuestro destino.
La peripecia de Quinn, incapaz de torcer el curso de unos acontecimientos que le conducen al despeñadero, pero consciente de que también él tuvo alguna vez en su mano rebelarse contra las circunstancias, sugiere que, como una rana en una cacerola, a veces no nos percatamos de que lo que pasa a nuestro alrededor nos va matando lentamente. Con suerte, caemos en la cuenta. Pero casi siempre demasiado tarde.

18 de agosto de 2010

Inventario

Cuando un verano no es como debe ser un verano algo se disloca. Quiero decir que un verano debería dejarnos más margen para hacer eso otro. Repintar el salón, formatear el PC, conocer Roma, terminar Guerra y Paz, o tomar lecciones de alemán.
O actualizar un blog.
No hubo tiempo, ni tal vez ganas, para hacer nada de eso. Así que anoto, a salto de mata, las lecturas de este verano atípico. Como el enésimo acto de contricción.


1. Los disparos del cazador. Rafael Chirbes. Novela breve y sobria que dibuja la decadencia de un tipo de triunfador muy propio de España: el arribista que mata sus escrúpulos para tocar el éxito, mientras proyecta una imagen pública de tenacidad y compostura. Al protagonista de esta novela se le entrevén las costuras muy pronto; uno intuye, bajo la cadencia elegante de la escritura de Chirbes, que la culpa carcome el relato del triunfador cuando la muerte le espera a la vuelta de la esquina.


2. El viajero del siglo. Andrés Neuman. Artefacto metaficcional alabado por aquí y por allá y premiado a espuertas, hay que reconocerle el atrevimiento de embarcarse en una novela decimonónica armado con los aperos del siglo XIX. Tierna, sutil, y a ratos gamberra, se agradece también su apuesta por la pugna ideológica y filosófica entreverada en el relato. Pero con todas sus virtudes, se me quedó a medias. Leída esta perspectiva de Gándara, nada que añadir.


3. La felicidad de los ogros. Daniel Pennac. La lectura es un salvavidas. Y la imaginación, un escudo contra la desdicha. No hay mejor lección que esa: aprender a ser optimistas pero sin perder el colmillo. Utilizar nuestro lado crítico, no para alimentar la úlcera, sino para invitarnos a ser felices con lo que nos toca vivir. La primera entrega de la saga Malaussène es una delicia de humor y ternura que se lee apurando la página. Habrá que continuar asomándose a esta familia de raros maravillosos.


4. Respiración artificial. Ricardo Piglia. Ya confesamos nuestra admiración por otra obra del argentino. Prometimos leerlo más, y un año y medio después doy carpetazo a la primera novela de Piglia publicada en España. Y aunque la impresión no es tan honda, sí encuentro reflejos de Prisión perpetua. Sobre todo esa facilidad constatada que tiene Piglia para llevar el relato por derroteros imprevistos y lograr, sin embargo, que el conjunto de la narración tenga sentido.

25 de abril de 2010

Fumar


Viaje al fin de la noche pasa por ser el canto desolado de una época, lastrada por las guerras, en la que la salida más a mano era un nihilismo visceral. Así ha sido catalogado desde entonces, encajonado en el archivo de los estereotipos. "¿Queréis sinsentidos, deshumanización, fracaso de la conciencia, muerte de la ética? Aquí tenéis lo que fuimos pero juramos nunca más volver a ser", parecía susurrarnos desde el pasado aquel libro que leímos con genuino deleite romántico. Era divertido echar un vistazo al derrotismo de nuestros abuelos, sabiéndolo superado.

Pero desde aquel tiempo desbocado que dibujó Céline, tal vez lo único que ha cambiado ha sido la apariencia. Ahora, como si habitáramos un sideway, al estilo Lost, un Matrix acolchado donde todo parece ir bien, nos convencemos de que el mundo es una mierda pero tiene remedio.

Los dos tipos que encabezan este texto no comparten esa impresión. Saben que aunque ganamos el partido, no había premio final. Por eso fuman, como una consecuencia inevitable derivada de la certeza de que no hay nada que hacer y que mejor carpe diem que malgastar el tiempo con alteridades.

El tipo de la foto de la izquierda es Houllebecq. Ampliación del campo de batalla fue su primera novela, un retrato del existencialismo de nuevo cuño, el que pinta a un hombre perplejo por lo insustancial de la vida, por lo intrascendente de los esfuerzos reales y de la persecución de los sueños. El narrador afirma: "Me doy cuenta de que fumo cada vez más; debo rondar los cuatro paquetes al día. Fumar cigarrillos se ha convertido en la única parte de verdadera libertad en mi existencia. La única acción con la que me comprometo plenamente, con todo mi ser. Mi único proyecto".

De esa ausencia de proyectos se ocupa también el tipo de la foto de la derecha. El polaco Zygmunt Bauman, quien se ha situado como el nuevo pope del pensar la modernidad, disciplina diagonal que suele otorgar muchos réditos académicos y que a él le ha encumbrado gracias, sobre todo, al término líquido, que este sociólogo octogenario aplica a casi todos los procesos que nos circundan hoy día. A saber: la vida moderna es líquida porque todo fluye, nada perdura porque todo, incluidos nosotros, está programado para ser consumido y desechado a marchas forzadas. Las relaciones, los empleos, los hogares, las familias..., antaño bastiones de nuestra identidad, hoy no son más que objetos de usar y tirar.

Una lectura paralela de Vida Líquida y de Ampliación del campo de batalla es capaz de oscurecer hasta este día de primavera. Un buen día para dejar de fumar. O para empezar a hacerlo.

15 de abril de 2010

Traidores



Anatomía de un instante, en diez pasos:

1) Terminé este libro en la mañana del 14 de abril. Tal vez sea el día apropiado para dar cuenta de su lectura. El día de la República, y en mitad del fragor revisionista que atizan quienes le buscan las cosquillas a Garzón y de la reacción airada de aquellos que se levantan en su defensa, quizás valga la pena recordar que el incidente del 23 de febrero de 1981 sirvió para sellar del todo la demolición controlada del régimen franquista, en un esfuerzo, quizás no tan compartido como nos queremos contar a nosotros mismos.

2) Anatomía de un instante me ha recordado a El material humano. Ambos son el testimonio crudo de un intento fracasado: el de levantar una novela a partir de los hechos reales. La Historia no es otra cosa que un relato, pergeñado entre todos, perpetuamente querellado, siempre puesto en cuestión. Una novela escrita a infinitas manos.

3) De ahí que no pueda, ni deba, trocearse la Historia. De ahí que, tanto para hablar de Garzón como para hablar de Suárez, haya que leer el libro, el de la Historia, desde el principio hasta el final. Escribe Cercas: "Segmentar la historia es realizar un ejercicio arbitrario, en rigor, es imposible precisar el origen exacto de un acontecimiento histórico, igual que es imposible precisar su exacto final: todo acontecimiento tiene su origen en un acontecimiento anterior, y este en otro anterior, y este en otro anterior, y así hasta el infinito, porque la historia es como la materia y en ella nada se crea ni se destruye: sólo se transforma".

4) Apresurémonos a decir, por tanto, que la Historia a veces se amasa gracias a los "héroes de la retirada", como los bautizó Enzensberger, y como sostiene este fascinante relato del autor de Soldados de Salamina. Gorvachov, el polaco Wojciech Jaruzelski, el húngaro Janos Kadar y, finalmente, Suárez, eran para el ensayista germano líderes que dedicaron sus esfuerzos a socavar el sistema en el que medraron hasta llegar a la cúpula. Y, desde allí, desde lo más alto, iniciar su derrumbe.

5) Por eso, porque para ser héroes primero fueron traidores, la historia tarda en honrarles. O no lo hace nunca. Cito a Cercas: "suponiendo que podamos de veras admirar a los héroes y no nos incomoden o nos ofendan disminuyéndonos con las enfáticas anomalías de sus actos, quizá no podamos admirar a los héroes de la retirada, o no plenamente, y por eso no queremos que vuelvan a gobernarnos una vez concluida su tarea: porque sospechamos que en ella han sacrificado su honor y su conciencia, y porque tenemos una ética de la lealtad, pero no tenemos una ética de la traición".

6) Carrillo, Gutiérrez Mellado, Suárez. Fueron los únicos que no se escondieron bajo su escaño aquella tarde, "mientras las balas zumbaban a su alrededor". Y los tres, reflexiona Cercas, no era otra cosa sino traidores. Carrillo, que doblegó sus postulados comunistas y revolucionarios para adaptarse al nuevo régimen. Gutiérrez Mellado, que revocó todo su prestigio de militar franquista y sensato, de combatiente rebelde en la guerra, para descabezar por acción u omisión a un ejército atrabiliario y naftalino. Y, por último, Suárez, el arribista, el chisgarabís superficial y ambicioso, que escaló peldaño a peldaño por el aparato del Movimiento, convenciendo a unos y a otros de que era de los suyos para a la hora de la verdad no ser de nadie más que de sí mismo, fiel a su intuición "de político puro".

7) El recuerdo que yo tengo de Suárez es un cartel electoral de fondo blanco y letras verdes. Lo más probable es que se tratase del cartel de las elecciones de 1989. Para mí Suárez era algo parecido al Atlético de Madrid: un secundario pintón pero prescindible en un campeonato que no acababa de entender pero del que ya llevaba los colores. Una bruma densa pero pasajera.

8) Veo a Punset (que militó con Suárez, por cierto) asombrarse de que siga utilizándose el testimonio de los testigos como prueba irrefutable ante un tribunal, cuando la memoria siempre tiende a engañar. Algo similar me ocurre con Suárez y el Rey. Tengo la insólita sensación de que el Rey es mayor que Suárez, cuando en realidad este último nació en 1932 mientras que el monarca lo hizo en el 38. Supongo que esto se explica por la desigual exposición mediática de uno y otro. El icono Suárez se quedó encerrado en aquél cartel de CDS. El icono Rey sigue saliendo en El Jueves, en Hola, en ABC.

9) No existen los mitos. Siempre son maleables. Siempre están sujetos al escrutinio ajeno, a la degradación. Sólo la literatura los dignifica un poco, como un alivio. Comparo a Suárez (al Suárez que pinta Cercas) y a Zapatero. Veo su soledad, su aislamiento, su audacia suicida, su falta de respeto a propios y a extraños, su extravío, su capacidad para cabrear a casi todos, para entusiasmar primero pero acabar irremisiblemente defraudando, su fulgurante ascenso y su caída en la mediocridad; su proverbial arribismo, su desprecio por las fórmulas de ascenso social reinantes, su ambición desmedida. De nuevo, políticos puros. Sólo el tiempo, y tal vez la literatura, puede redimirles.

10) No tengo el criterio suficiente para sentenciar con argumentos las virtudes de Cercas. Pero valoro su búsqueda del aliento épico que late tras ciertos gestos, su convicción irredenta de que la manera en la que entendemos y cosemos el mito de nuestros héroes nos retrata. Porque a menudo los héroes son hitos coyunturales, estrellas fugaces, peleles necesarios. Mártires sin gloria. Traidores.

12 de marzo de 2010

Delibes



Soy de pueblo. De un pueblo abúlico, feo, desparramado, demasiado alejado de la capital para aprovecharse de las infraestructuras y los servicios de ésta, pero demasiado cerca de ella como para armar su identidad propia.

Temo a la pregunta "¿de dónde eres?". Es un engorro. Siempre acabo merodeando alrededor de la respuesta, aclarando las inevitables confusiones, aburriendo al interlocutor, que hubiera agradecido una contestación más sencilla: "de Madrid, soy de Madrid". Lo que, por otra parte, no deja de ser bastante cierto.

Y si ayer, al recordar el zarpazo sufrido hace seis años, me sentí otra vez madrileño, hoy, al llorar a Delibes, vuelvo a reconciliarme con esa mitad de mí que no puede evitar ser de pueblo. Aunque mi pueblo esté dejando de ser un pueblo.
«Ya en el año cinco, y al marchar a la ciudad para lo del bachillerato, avergonzaba ser de pueblo y que los profesores me preguntasen (sin indagar antes si yo era de pueblo o de ciudad): "Isidoro ¿de qué pueblo eres tú?" Y también me mortificaba que los externos se dieran de codo y cuchichearan entre sí: "¿Te has fijado qué cara de pueblo tiene el Isidoro?" O, simplemente, que prescindieran de mí cuando echaban a pies para disputar una partida de zancos o de pelota china y dijeran despectivamente "Ése no; ése es de pueblo". Y yo ponía buen cuidado por entonces en evitar decir: "Allá en mi pueblo"... o "El día que regrese a mi pueblo", pero, a pesar de ello, el Topo, el profesor de Aritmética y Geometría, me dijo una tarde en que yo no acertaba a demostrar que los ángulos de un triángulo equivalen a dos rectos: "Siéntate, llevas el pueblo escrito en la cara". Y, a partir de entonces, el hecho de ser de pueblo se me hacía una desgracia y yo no podía explicar cómo se cazan gorriones con cepos o colorines con liga, que los espárragos, junto al arroyo, brotarán más recio echándoles porquería de caballo, porque mis compañeros me menospreciaban y se reían de mí. Y toda mi ilusión, por aquel tiempo, estribaba en confundirme con los muchachos de ciudad y carecer de un pueblo que parecía que le marcaba a uno, como a las reses, hasta la muerte. Y cada vez que en vacaciones visitaba el pueblo, me ilusionaba que mis viejos amigos, que seguían matando tordas con el tirachinas y cazando ranas en la charca con un alfiler y un trapo rojo, dijeran con desprecio: "Mira el Isi, va cogiendo andares de señoritingo". Así que, en cuanto pude, me largué de allí, a Bilbao, donde decían que embarcaban mozos gratis para el Canal de Panamá y que luego le descontaban a uno el pasaje de la soldada. Pero aquello no me gustó, porque ya por entonces padecía yo del espinazo y me doblaba mal y se me antojaba que no estaba hecho para trabajos tan rudos y, así de que llegué, me puse primero de guardagujas y después de portero en la Escuela Normal y más tarde empecé a trabajar las radios Philips que dejaban una punta de pesos sin ensuciarse uno las manos. Pero lo curioso es que allá no me mortificaba tener un pueblo y hasta deseaba que cualquiera me preguntase algo para decirle: "Allá, en mi pueblo, el cerdo lo matan así, o asao." O bien: "Allá en mi pueblo, los hombres visten traje de pana rayada y las mujeres sayas negras, largas hasta los pies " O bien: "Allá, en mi pueblo, la tierra y el agua son tan calcáreas que los pollos se asfixian dentro del huevo sin llegar a romper el cascarón" O bien: "Allá, en mi pueblo, si el enjambre se larga, basta arrimarle una escriña agujereada con una rama de carrasco para reintegrarle a la colmena." Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro».

VIEJAS HISTORIAS DE CASTILLA LA VIEJA (1964), "El pueblo en la cara"

(En Obras completas, vol. 2, Barcelona, Destino, 1966, pp. 373-74).

3 de marzo de 2010

Fin



Es extraño. Si de algo pecan estas notas portátiles es de no pisar tierra firme. A veces salen demasiado crípticas y uno no acaba de explicar muy bien en qué consiste el libro o la película reseñados. Y hoy, cuando lo elegante sería sólo sugerir, pasar de puntillas sobre la trama de Fin para salvaguardar su razón de ser, mi tentación es la opuesta: salir a vocear con pelos y señales el argumento de esta novela, trufar estos párrafos de espoileres con los que desventrar la propuesta de David Monteagudo.Y chafar la gracia para colmar el instinto.

Así que nos morderemos la lengua; y arrancaremos diciendo, por ejemplo, que todo es raro en esta novela, empezando por la osadía que su autor exhibe al desplegar una historia como esta, tan deliciosamente tramposa, tan capaz de fundir lo cotidiano y lo hiperbólico, lo pedestre y lo extraordinario.

Monteagudo, qué duda cabe, es ambicioso. Lo es al disparar los referentes direcciones tan opuestas que logra, página a página y eludiendo el artificio, sorprender a un lector que nunca sabe a ciencia cierta en qué terreno pisa. Como en El Jarama, lector y narrador se igualan, en tanto que conocen muy poco de unos personajes cuyo comportamiento, apariencia y expresión irán sirviendo para desvelar poco a poco cómo son y cuáles son los lazos que les unen.

Para un autor siempre existe la tentación de decantarse por lo sublime. Suele ser difícil vencer ese instinto que invita a demostrar lo mucho y bien que el narrador sabe narrar y lo redondos, compactos en su maldad, sevicia, heroicidad, ternura o ironía que pueden ser sus personajes. Monteagudo, sin embargo, tumba esas querencias entregando unos protagonistas tan vulgares, tan aburridamente banales, que finalmente no queda otra que rendirse a ese acierto: el contraste entre lo ordinario y lo insólito. Juntar a un grupo de personas que hace décadas fueron amigos y hoy ya no comparten nada. Plantarlos frente a una situación de incertidumbre y absurdo, un poco como en El ángel exterminador. Esperar sus reacciones; ser inmisericorde en el examen de sus respuestas, entre atolondradas y egoístas, a una amenaza exterior cuyo origen y posible solución sólo se nutren de conjeturas.

Existe toda una corriente académica que explica la historia de la humanidad a través de las catástrofes padecidas. Por medio de las respuestas que cada sociedad ha ido dando a situaciones de emergencia e incertidumbre, y en función de su posterior adaptación a futuros riesgos, muchos historiadores, antropólogos, sociólogos o comunicólogos se aproximan al modo en que se van construyendo los proyectos colectivos. Nos guste o no, la necesidad de interactuar, de organizarnos comunitariamente, viene dada por la exigencia de hacer frente a las amenazas. Es la manera en que nos desenvolvemos para responder entre todos a lo ignoto la que acaba por definirnos. Y casi siempre, como sugiere Monteagudo, salimos mal retratados en esa prueba.

16 de febrero de 2010

Memoria


Un bosque quemado: hectáreas de terreno carbonizado y todavía humeante, algún tronco escuálido que se yergue como un pez que boquea fuera del agua. Así se imagina Roberto Brodsky el Alzheimer, la devastación de la memoria que sufre Moisés, el padre del narrador de Bosque quemado. Así, también, los estragos del exilio repetido que este médico chileno, judío y comunista, padece y arrastra por distintos países, con la resignación de quien soporta la losa que le tocó acarrear: sin demasiadas preguntas. Sólo una demanda latente a lo largo de décadas de transhumancia sin norte. La obligación implícita que asume su hijo de acompañarle allá donde va, de ser el centinela de su soledad y su terca paciencia. Padre e hijo viven y sufren la misma situación, pero parecen no compartir lo que acontece. Son satélites que se dan sombra y a veces calor pero que siguen rotando en sentidos opuestos, con la certeza de que nunca llegarán a tocarse.

"...por un buen tiempo algo definitivo sucedió alrededor nuestro, por un tiempo las cosas visibles dejaron de latir y el mundo fue una piedra que había que llevar escondida para que no se notara: los pájaros, las nubes, los libros del vecino y el vecino mismo desaparecieron de la experiencia sensible, como si tú mismo te golpearas los tímpanos con un golpe seco y brutal para no saber ni oir que aún había alguien respirando cerca"

Tal vez para que el ruido de fuera dejara de atronarle los oídos, el cerebro de Moisés cortocircuitó sus conexiones, echó una cerilla en mitad del bosque para arrasar todo y de esa forma dejar de sufrir. Se dice que quienes más padecen el Alzheimer son quienes cuidan al enfermo. En esta novela aluden al término con el que la psicología define al cuidador que se deja arrastrar al lado chamuscado: burn out, el síndrome del cuidador quemado, aquel que acaba dejándose engullir por el bosque calcinado de la desmemoria. ¿Cómo combatirlo? Roberto Brodsky se entrega aquí a la literatura como el paliativo en esa senda del olvido. Las palabras simplifican, allanan el camino, lo pavimentan con categorías. Modelan nuestro patrimonio personal y familiar y nos ponen de acuerdo en lo que conviene no olvidar. Son un mapa del tesoro, un GPS para salir con vida cuando el bosque empieza a arder.

8 de febrero de 2010

El material humano



He cogido una libreta y la he dejado en el regazo mientras comenzaba a leer El material humano. Pronto he empezado a seguir los pasos de Rodrigo Rey Rosa. Escribiendo con regodeo sucesivas notas con las que acompañar este pseudodiario del guatemalteco, plasmado en un puñado de cuadernos disparejos. Una novela definida en el prefacio del siguiente modo: "Aunque no lo parezca, aunque no quiera parecerlo, esta es una obra de ficción". Rey Rosa pide así de antemano venia para desplegar un texto donde la anécdota personal y la crítica política se van construyendo alrededor de su investigación en los papeles del Archivo Policial de Guatemala, descubiertos en 2005 y en pleno proceso de inventariado.

Partiendo de la misma fórmula que Capote en A sangre fría, Rey Rosa arranca desde el estilo notarial su acercamiento a estos archivos que componen un fresco de los efectos que la violencia de Estado ha infligido sobre los guatemaltecos durante más de medio siglo. Caminamos con él sintiéndonos parte de su estupor al asomarnos a ese pasado convertido en miles de fichas descabaladas. Intuyendo, de su mano, que una vía útil para explicar lo rápida y eficaz, lo puntillosa que es la violencia a la hora de contaminarlo todo, es ir anotando jirones de la propia vida cotidiana, a medida que levanta, sólo un poco, la alfombra de las sospechas. El desmoronamiento de la confianza social se inicia en un detalle, en un hombre que recela de su vecino, en una mujer que no se atreve a volver sola a casa de madrugada porque sus ideas políticas pueden traerle problemas. Así se pudre un pueblo; así carcome la violencia, de a poco.

Todo ese compendio de mezquindades se encarna, se vuelve humano, en la figura de Benedicto Tun, funcionario policial que pone su sello en las fichas policiales y por el que enseguida comienza a interesarse Rey Rosa. Tun parece simbolizar la grisura del eficiente escriba que hace posible que el engranaje del mal siga moviéndose. Es alguien que no se cuestiona si su trabajo es bueno o malo, sino que opina que cualquiera está obligado a desempeñar la tarea que se le encomienda con toda su voluntad y diligencia.

El mecanismo del mal se nutre también de gente inocente. Es la lección que aprende y muestra Rey Rosa. Ni él mismo es capaz, por indolencia y puro miedo, de llevar a puerto la investigación iniciada. Se rinde antes de tiempo, intuyendo el peligro y negándose a poner en riesgo lo que tiene en virtud de la verdad y la justicia. Si Capote apostó lo real para que a partir de esas ruinas se levantara la literatura, El material humano es el contrapunto de A sangre fría: un fracaso total de lo literario a merced de la supervivencia de lo real. Una asunción de la propia debilidad, que acaba emparentando a autor y personajes en la complicidad del silencio. La terrible respuesta que su hija le arroja a Rey Rosa al final del libro, se convierte, finalmente, en la esencia de esta crónica de lo pútrido que es El material humano. Salvo contadas excepciones, lo heroico nos es ajeno. Por nuestro propio bien.

28 de enero de 2010

Tolbiac



No hay ninguna trampa tan mortal como la que te tiendes a tí mismo. Raymond Chandler

Desde Libros del Asteroide queremos agradecerle el tiempo que ha dedicado a la lectura de Niebla en el puente de Tolbiac. Esperamos que el libro le haya gustado y le animamos a que, si así ha sido, lo recomiende a otro lector.


Libros del Asteroide tiene la buena costumbre de rematar todos sus libros con una cita vinculada al texto recién concluido (Chandler, en este caso) y con esas tres líneas gentiles que agradecen e invitan a proclamar las bondades del libro. Es una actitud honrosa, que merece al menos encontrar respuesta. Así que, lector improbable, ahí va mi recomendación:

Aunque quizás sea buena idea empezar consignando las carencias intelectuales propias. Tengo como una de mis cuentas pendientes lo poco que sé y lo menos que he leído de novela negra. Ni Hammet, ni Chandler, poco Poe, nada Conan Doyle, nada Simenon, ni, por supuesto, nada más contemporáneo como Ellroy, Le Carré o todo lo nórdico que puebla las librerías últimamente casi con competencia desleal, como un monopolio impuesto.

Pese a que uno se las dé de voraz lector, aún no soy un adicto irrecuperable. Tengo que escoger lo que voy a leer porque las horas del día se comprimen y con el fin de sostener una pose de credibilidad, siempre tiendo a desdeñar las aventuras, la ciencia ficción, las policíacas e incluso las de humor. Un repaso a los libros que descansan en mi mesilla me llenó el otro día de una incertidumbre sombría: todas esas portadas en blanco y negro, esos títulos plomizos y sin esperanza, aquella amargura impresa me provocó un súbito rechazo. Rebusqué, por tanto, otros libros, y dí con Niebla en el puente de Tolbiac, de Léo Malet.

Como en casi todo en la vida, en la escritura es también una virtud esencial no tratar de demostrar algo que no se es. Nada más lejos del alarde hueco que esta novela, en la que Malet, dicen, vuelca su propia experiencia a través de su alter ego, el detective Néstor Burma. Siempre con la ceja levantada, Burma danza por un París neblinoso y cutre, tratando de dar con el responsable de la muerte de un viejo camarada de sus años anarquistas. Como una alegoría del desplome de las ilusiones libertarias, su rastreo le conducirá hacia la certeza de que, finalmente, el dinero todo lo puede.

Ser anarquista implica asumir la corrupción del mundo, apostar por la libertad absoluta y sin embargo creer que la cosa tiene solución, como una novela policíaca en la que la voluntad y la pericia del detective sirven para desenredar cualquier infortunio. Pero hace tanto tiempo que dejó de haber anarquistas que ya sólo queda niebla.


Comentario de Juan Pedro Quiñonero sobre la novela: aquí

3 de enero de 2010

Autómata



Primero pensé en encaminar este apunte por el sendero de la reivindicación de la novela de aventuras. Después, no quise quedarme sin decir lo mucho que disfruté de ese juego de las muñecas rusas donde las historias se imbrican, se solapan y se contienen unas a otras. Luego anoté en un cuaderno, para que no se me olvidase, que percibía un soplo vilamatiano en todas esas referencias cruzadas y en la búsqueda de la invisibilidad como la patria de los raros. Con aquél caldo de ideas, éste cóctel insípido:

Un niño que lee es un raro. Lo es hoy, porque leer implica la decisión libérrima y madura de apartarse de la golosina visual (Ramonet) para entrar en el espacio de la abstracción, de la duda intelectual que son los libros. Y, reconocedlo, cretinos: también ayer fue un raro un niño lector. Un niño lector era, cuando no había tele ni videojuegos ni Internet, un niño que optaba por quedarse en su cuarto en lugar irse al campo a jugar al fútbol, a matar hormigas o a tirarse cantos a la cabeza.

Así, niño raro, se intuye Oliver Griffin, protagonista de Autómata, desde muy temprano. Es cuando descubre su invisibilidad, su tendencia a la obsesión y su mal de libros. Su querencia por las historias insólitas y por el extrarradio. Luego, según nos cuenta un narrador al que yo le pongo la apariencia de Adolfo García Ortega, Griffin descubrió una foto antigua de sus abuelos junto a un muñeco. Quiso indagar el origen de aquella instantánea tomada durante un viaje de novios de hace ochenta años. Conocer el secreto de ese robot de lata, de apariencia y estatura casi humanas, pero mirada muerta. Esa fue la válvula por la que se precipitó su obsesión. A partir de ahí, la manía de dibujar islas, la persecución del autómata, el coleccionismo abigarrado de héroes y leyendas, fastuosas o patéticas, el mar como el dios que gobierna el destino de los hombres sin tierra... El relato de una singladura oceánica hacia el confín del mundo con el extravagante motto de arribar a la Isla Desolación.

¿Para qué sirven los libros?, se pregunta uno después de leer Autómata. Así, en general, ni idea. En particular, tal vez para saberte raro e invisible y no sentir vergüenza por ello sino orgullo. Tal vez para sindicarte en un club donde la libertad es absoluta pero no todo vale. Para sentirte omnipotente aunque tan pequeño. Marciano entre los hombres pero más humano que muchos de ellos. Un autómata invisible.