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9 de febrero de 2009

Inconcluso

Leído El secreto del mal, de RB. Hay algo de morboso en ese rescate un poco a lo paleontólogo en los archivos del viejo CPU del chileno. Habría que seguir el consejo de esa leyenda probablemente apócrifa que atribuye a RB la ocurrencia de dejar sellada, sin abrir nunca, la puerta de la nevera de su piso nuevo en Blanes. Habría que dejar las cosas como están, no revolver el cajón de los calzoncillos de los escritores muertos.

Pero la cosa está así y un mitómano necesita la metadona de sus fetiches. Y El secreto del mal viene a ser ese sustitutivo de la heroína que son los libros que RB escribió y tú leíste y ya no podrás volver a leer, sino que los releerás, que no es lo mismo aunque se le parece. En El secreto del mal hay muchos textos inconclusos. Es una retahíla de pecios, de cabos sueltos, de los riachuelos de los que un día hablé aquí para referirme a esos jirones de escritura que abandonaba yo pero a los que tenía el suficiente aprecio como para no eliminar de manera definitiva de mi archivo. Algo así debió sucederle a RB con muchos de sus escritos. Hay cosas que se te ocurren y que debes anotar en algún sitio. Hay cosas que te parecen importantes, que te suenan al arranque de algo más grande pero que luego no eres capaz de concretar. Así muchos de los textos de este libro que parece escrito por Kafka si Kafka hubiera emigrado de su Praga nevada a una ciudad costera, como hizo RB. 

Que levante la mano aquél que no necesita bocetar su escritura, marcar con carboncillo las ideas mientras éstas arden para, más adelante, cuando cuaje el pensamiento, cuando se temple la fiebre, poder tirar de óleo para dar forma definitiva a la cosa. 

Lo bueno de este compendio armado por I. Echevarría es el hecho de que no queda claro qué textos son una versión definitiva y cuáles son apenas un esbozo de otra cosa. No saber si al concluir súbitamente esa trama sólo hilvanada estás ante un final abrupto, como el de Los Soprano, o ante un intento abandonado, o aparcado al menos. 

Todas estas piezas breves que componen El secreto de mal contienen, empero, la esencia de lo que es RB, su tendencia a bordear el abismo, a sugerirnos que el mal está tras esa puerta entreabierta. A ver quién es el listo que se atreve a asomarse junto a él.

1 de septiembre de 2008

Cainitas

Parto de la certeza de mi propia ignorancia. Acerca de Chile, de los chilenos, de la literatura chilena, latinoamericana, e incluso de la literatura en general. Y de sus nombres propios. De los que pueblan estos párrafos. De Enrique Lihn, de Jorge Edwards, de Heberto Padilla, de los chismes, los libelos, el fuego cruzado.

He leido La Casa de Dostoievsky. Pasa a veces que uno se aproxima a un autor consagrado por medio de su última obra y suele quedar defraudado. Hay escritores a los que se les caduca el nervio, se les agota la veta y empiezan a repetirse; se ven envueltos en una espiral de premios y exigencias editoriales que les empuja a entregar no la obra que desearían sino la que quiere su editor. Sospecho que eso es lo que le ocurre a Edwards, a quien, a priori, no tengo por qué negarle la valía en las obras que le dieron fama. Pero sobre esta última sí puedo opinar: puedo hablar de esa prosa enredada, pretendidamente irónica en su aliteración. Fallida, al cabo. Enfangada. Puedo hablar también de una novela sin estructura, a la que le sobran escarceos y le faltan mimbres que articulen la trama.

Quiero creer que el propósito de Edwards era simular un rastreo anárquico por la memoria. La suya y la de su generación. Así son los recuerdos: a salto de mata, como esta novela. Pero la gracia de la escritura es que nos permite ordenar las remembranzas, llamarlas por su nombre y darles altura. Qué sentido tiene poner negro blanco lo que ocurrió, por más que las versiones sean vagas y contradictorias, si lo que nos sale es una papilla informe.

En fin, que, salvo algún tramo curioso y algún retrato logrado, La casa de Dostoievsky no llega a levantar el vuelo y se queda en poca cosa.

Así que tampoco comparto el entusiasmo en la crítica y el vendaval de la polémica que ha brotado en torno a este libro. Se supone que el protagonista de la obra, El Poeta, es el chileno Enrique Lihn. Edwards le dibuja como un letraherido ensimismado y ajeno al curso de los acontecimientos, los privados y los públicos, que se van sucediendo a su alrededor. Le recuerda, en fin, como un buen escritor que pudo llegar a ser mejor con más oficio y menos distracciones. Y sobre todo, le utiliza como la metáfora de una quinta de literatos chilenos que marcaron casi tanto a una generación por lo que no escribieron que por lo que publicaron.

Y no va mucho más allá. El esbozo del personaje no se pierde en el peloteo ni se ensaña en el ataque a sus defectos. Es cariñoso y exigente casi a partes iguales. Pero parece ser que los que hoy veneran a Lihn no le perdonan a Edwards algún que otro pasaje oscuro de su retrato (como cuando deja caer los rumores acerca de la pedofilia del Poeta).

Como la cabra que tira al monte, recurro yo a Bolaño, que leyó concienzuda y sentimentalmente a Lihn. Que sostuvo una breve correspondencia con El Poeta y que compartió con él, según parece, una crítica despiadada hacia el Chile político y el Chile literario. Ahora que ambos forman parte de la historia de la literatura de aquél país, es curioso comprobar como su legado va sembrando admiraciones donde en su día proliferaban los juicios sumarísimos. Es una impresión agridulce ver cómo el mundillo literario empapa con sus rencores y sus sainetes a la verdadera literatura. No sé bien si todo ese jaleo da cuenta de que la literatura está viva o de que se va pudriendo. Supongo que son gajes del oficio.

7 de agosto de 2008

Inmortales

Fabulé durante un tiempo con hacer una tesis sobre RB. Nunca me puse a ello; ni siquiera sondeé aquella posibilidad. Me apabullaba la inmersión en esa obra cuajada de recovecos, de agentes dobles que pululan de libro en libro, de puertas falsas y de salidas de emergencia que dan al desierto de Sonora, a lo inabarcable. Pero ahí estaba ese minúsculo empeño romántico de explicar y explicarme lo que RB, semidesconocido por aquél entonces, significaba para la literatura.

Convencido de que en pocos años sería considerado un clásico, 2003 era aún un buen momento para explorar ese territorio inhóspito y burlón que es la literatura del chileno. Hoy retomo, si no aquél empeño, sí al menos una curiosidad renovada por saber qué se escribe sobre él y lo que implicó e implicará su figura. Sólo a través de la red he recopilado cientos de páginas que van desde el detalle intimista a la disertación erudita, pasando por el elogio sentimental o la reseña pulcra y algo despistada. Mucha información. Sobreinformación. Gajes de este tiempo en el que cualquiera puede volcar en el ciberespacio sus ideas y sus conocimientos, por marcianos e inexactos que sean. Se mezclan en el mismo cubo las firmas autorizadas y las reflexiones del lector de andar por casa. Grano y paja.

Pero no es algo que me desagrade especialmente. Y quiero pensar que a RB le hubiera gustado ese jaleo en torno a él y a su escritura. No tanto las loas, el menudeo de alabanzas insólitas, la exageración en torno al malditismo y al aislamiento buscado de este escritor al que intuyo mucho más corriente de como lo pintan ahora. Imagino que se hubiera partido de risa con las leyendas de neveras clausuradas y manuscritos inconclusos, y que hubiera mirado con ternura cómo muchos de sus lectores expresan en sus bitácoras personales el modo en que sus historias les han ametrallado el corazón y bombardeado el cerebro. Aunque no le supongo preocupado por ese corpus crítico que va edificándose anárquicamente alrededor de su legado. Si siguiera vivo, seguro que no habría tantos párrafos dedicados a glosarle. Pero no creo que eso le inquietase demasiado. Lo más probable es que siguiera enfrascado en leer y en escribir con la angustia de no poder leer todo lo que merece la pena ser leído y de no poder escribir todo lo que tenía guardado dentro de sí.

Compraré más tarde o más temprano Bolaño salvaje. Encuadernaré todas las páginas descabaladas que he reunido en estos últimos días. Leeré todo eso. Subrayaré y tomaré notas y supongo que poco más. No conviene confundir el fervor lector y la curiosidad mitómana con el genuino interés académico. Al menos, no a priori. Puede que una cosa lleve a la otra, y dentro de un tiempo reemprenda el propósito original. Aunque para entonces habrá engordado aquél corpus crítico, las perspectivas se habrán reproducido, se desvelarán algunas incógnitas y, sobre todo, muchos lectores, en cada vez más rincones del planeta, se habrán acercado a sus páginas y descubrirán el "universo Bolaño". Será, cada día, más difícil, más inabarcable el estudio del impacto sobre las futuras generaciones de este tipo que tal vez soñó pero jamás creyó posible que sus cuadernos de letritas apretujadas y sus archivos conservados en aquél precario CPU alcanzarían tal repercusión.

Así, se me hace más presente que nunca esa mirada irónica sobre la inmortalidad literaria con la que se pertrechó frente a los halagos excesivos y que cristalizó en tantas historias suyas. La más representativa, Henri Simon Leprince (dentro del volumen "Llamadas telefónicas"), el relato de un escritor fracasado, honrado y perseverante, que funciona para RB como el recordatorio de que la gloria póstuma en la literatura es un anhelo indisoluble del escritor pero absolutamente vano, inservible. Como él dijo, "todos estamos condenados a la desaparición". Pero aún así, vale la pena intentarlo. De hecho, es lo único que vale la pena: el intento, no la meta.

5 de agosto de 2008

La nevera de Bolaño


«Los amigos de Roberto Bolaño cuentan que, cuando el autor de 2666 adquirió un estudio en Blanes (Girona) para escribir en soledad, encontró una nevera abandonada por los antiguos propietarios. Según la leyenda, el autor colocó el escritorio delante del frigorífico y nunca lo abrió, porque decía que sospechar su contenido le excitaba la imaginación. La crónica no aclara si inspeccionó su contenido antes de fallecer».


7 de febrero de 2008

Firmin




Leí, de adolescente, La rata cochero, una novela juvenil que daba una vuelta de tuerca alegórica y terrible al clásico de Cenicienta: el cochero que transporta a la joven al baile de gala no es más que una rata que ha adquirido por unos días aspecto humano. Una ilusión que, como el encantamiento de Cenicienta, se acaba cuando dan las doce. El cochero vuelve a ser rata, y sus congéneres desatan una sangrienta revolución contra los hombres de la que todos, roedores y hommosapiens, salen perdiendo. Una estupenda y retorcida fábula que es mucho más que un cuento para adolescentes.



Pero el motivo que me hace hablar de ratas y libros no es ese. El motivo es Firmin; una de esas novelas de las que uno lee, distraído, una reseña: la llama prende y un día ojea el libro en una tienda sin intención de llevárselo, pero acaba irremediablemente condenado a hacerlo. Y luego lo lee con avidez mientras piensa que la rara ecuación se ha vuelto a repetir: hay, como mínimo, un lector para cada libro y un libro para cada lector y cuando se cruzan esos caminos estamos en presencia de algo feliz, algo importante.


Alguien me pidió que le resumiera su argumento. Yo, sólo pude, o quise, revelarle su espíritu, el aliento que engendra esta pequeña novelita. "Es un canto romántico sobre la lectura", dije. Creo que no hay mejor modo de definir las peripecias de este bicho raro que es Firmin, un lector voraz encerrado en el cuerpo de una rata amorfa. Firmin no es otra cosa que una fábula nostálgica sobre un mundo, el del amor a los libros, condenado a extinguirse bajo el vendaval de la modernidad. Me atrevo a aventurar que sólo los letraheridos, los lunáticos lectores contra viento y marea, captarán el alma de este libro humilde y valiente.


Ví hace un tiempo una entrevista televisiva a Roberto Bolaño, en la que el escritor rememoraba cómo su amigo de juventud Mario Santiago, muerto atropellado en Viena antes que el propio Bolaño, le tomaba prestado todos los libros mientras compartían piso en el DF. El autor de "Los detectives salvajes" recuerda que encontraba todos los libros arrugados cuando su compadre los devolvía. Bolaño lo entendió todo un día en el que sorprendió a Santiago leyendo mientras se duchaba. No podía esperar, el tiempo para leer se le quedaba corto. Toda una declaración de principios.


Me gusta imaginar que Mario Santiago hoy leería Firmin y sonreiría con pena al pasar la última página.




30 de junio de 2005

Roberto Bolaño: la escritura en el abismo


A menudo se acerca uno a un libro con la sensación de que su lectura le va a reconfortar; de que le hará sentirse cómodo y pasar un rato agradable. Pero hay veces en que sucede todo lo contrario: empezamos un libro con la casi segura certeza de que nos va a estremecer, de que no va a darnos respuestas a un acertijo, como hacen hoy día muchos libros de éxito, sino que sólo sembrará preguntas, incertidumbres y saltos al vacío. Eso ocurre con Roberto Bolaño.
La primera vez que oí hablar de Bolaño fue en otra novela, Soldados de Salamina, de Javier Cercas. No es que Cercas citara alguna obra de Bolaño, sino que el propio Bolaño era un personaje más de la trama; una pieza fundamental para su desenlace. Terminé aquella obra, me gustó, y me olvidé de Bolaño. Hasta que, pasado el tiempo, y deambulando por una librería sin la intención de comprar nada, encontré Los detectives salvajes. Abrí el libro, leí las primeras frases, y ya no pude dejarlo. Lo compré y seguí leyendo con ansia. Estaba tan ofuscado que perdí un autobús y tuve que esperar una hora a que llegase el siguiente. Pero me dio igual. Me zampé aquella novela de más de seiscientas páginas en pocos días, sin digerirla como se debe, pero con la sensación de que aquello era algo nuevo, algo distinto a lo que se suele publicar hoy día.
Ese pálpito de que estaba ante un escritor superior no sirvió, no obstante, para que volviese a buscar más libros suyos. Después de una lectura que me dejó la cabeza repleta de interrogaciones, preferí cosas más sencillas de asimilar.


Pero, un par de veranos más tarde, me enteré de que el escritor chileno Roberto Bolaño había muerto días atrás. Yo ni siquiera sabía que llevaba más de una década peleando en vano contra una enfermedad hepática que acabó por derrotarle. Murió joven, y murió sabiendo que iba a morirse. Por eso, desde que supo que estaba muy enfermo escribió, cada día, como si fuera el último; ganándole tiempo al tiempo. Así vivió sus últimos años y así redactó sus últimas obras. Sobre todo, una póstuma. Su obra maestra: 2666. Una obra laberíntica, con cientos de meandros y recovecos; más de mil páginas de delirio creativo, recorridas por una escritura torrencial, que exigen ser leídas del tirón. Por momentos parece escrita en medio de una fiebre, pero en el fondo se intuye una tarea concienzuda y precisa de Bolaño, que no deja nada a la improvisación. El buen escritor no se fía de la inspiración transitoria, sino del trabajo.


2666 son, en realidad, cinco novelas, que el autor quiso dividir con un propósito práctico: consciente de su muerte cercana, creyó que si se publicaban por separado, el rendimiento económico de la edición sería mayor, y su viuda y sus hijos contarían con una herencia un poco más gruesa. Pero la evidencia de que esa división en cinco partes restaba valor a la obra global, empujó a su familia y a sus editores a publicarla completa. Su argumento es casi imposible de resumir en un párrafo; el escritor Andrés Ibáñez lo ha definido como «una terrorífica reflexión sobre el mal, sobre el siglo XX y sobre el desolador destino de América Latina»; y ha dicho también que «es imposible leer este libro sin sentir que el suelo se mueve bajo nuestros pies». Creo que es una buena síntesis de lo que pretendió Bolaño dejándonos este libro antes de marcharse y finiquitar su vida discreta con esta obra genial.


De esa vida lejos de la parafernalia editorial poco sabemos sus lectores. Vivió en su Chile natal hasta la adolescencia. Emigró con sus padres a México, un territorio que le marcó profundamente y que ha sido escenario de muchas de sus historias. Sobre todo, el desierto mexicano, ese desierto por el que vagan los locos que sueñan con un éxodo a los Estados Unidos y que son invariablemente apresados por la policía fronteriza yanqui. Ese desierto tiene, para Bolaño, un significado de zona periférica, de margen entre la vida y la muerte. Es, según él, «el último lugar, el lugar sagrado del individuo, el sitio adonde se va únicamente a morir o a dejar que el tiempo pase, que viene a ser casi lo mismo».


Después de esa experiencia en México retornó a Chile cuando Salvador Allende se encontraba en el poder. Pocos meses después, Pinochet y su cúpula militar derrocaron al gobierno legítimo, persiguieron a sus seguidores e impusieron una férrea dictadura. Bolaño emigró a España y malvivió durante años con trabajos esporádicos ajenos a la literatura. Poco a poco fue labrándose un nombre: «me presentaba a concursos literarios. En España hay muchísimos y están bien pagados, y eso me permitió empezar a dedicarme en exclusiva a la escritura». Pasó el tiempo, formó una familia y se mudó a Blanes, una localidad costera de Gerona en la que permaneció hasta su final y en la que siempre se sintió cómodo.
Bolaño ha dicho en alguna ocasión que el oficio de escritor es una ruleta rusa constante, una apuesta descarada contra uno mismo. Y cuando uno escribe contra la muerte, como le pasó a él, las apuestas y el vértigo se multiplican. Pero ahí está el meollo del asunto: un escritor, cuando es honesto, acepta que su batalla contra el tiempo está perdida de antemano, pero aun así persevera en su reto. Para Bolaño, «no existe la inmortalidad. Dentro de cuatro millones de años, va a desaparecer el escritor más miserable de este momento, pero también van a desaparecer Shakespeare y Cervantes. Todos estamos condenados al olvido, a la desaparición. Y esto es una paradoja que los escritores conocen y sufren muy de cerca, porque hay escritores que se lo juegan todo, todo, por el reconocimiento, por la inmortalidad; palabras rimbombantes donde las haya; pero palabras inexistentes». Una concepción de la vida y de la literatura que se condensan también en su definición de la calidad literaria: « ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso. Correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere, las sonrientes caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida. Y aceptar esa evidencia aunque a veces nos pese más que la losa que cubre los restos de todos los escritores muertos». Una lección que deberían observar tantos escritores de hoy, tan pagados de sí mismos, tan convencidos de que escribir es fácil y cómodo. Leer a Bolaño es comprender que la vida y la literatura son a menudo oscuras y complejas, pero valen la pena.

publicado originalmente en La Torre