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18 de agosto de 2010

Inventario

Cuando un verano no es como debe ser un verano algo se disloca. Quiero decir que un verano debería dejarnos más margen para hacer eso otro. Repintar el salón, formatear el PC, conocer Roma, terminar Guerra y Paz, o tomar lecciones de alemán.
O actualizar un blog.
No hubo tiempo, ni tal vez ganas, para hacer nada de eso. Así que anoto, a salto de mata, las lecturas de este verano atípico. Como el enésimo acto de contricción.


1. Los disparos del cazador. Rafael Chirbes. Novela breve y sobria que dibuja la decadencia de un tipo de triunfador muy propio de España: el arribista que mata sus escrúpulos para tocar el éxito, mientras proyecta una imagen pública de tenacidad y compostura. Al protagonista de esta novela se le entrevén las costuras muy pronto; uno intuye, bajo la cadencia elegante de la escritura de Chirbes, que la culpa carcome el relato del triunfador cuando la muerte le espera a la vuelta de la esquina.


2. El viajero del siglo. Andrés Neuman. Artefacto metaficcional alabado por aquí y por allá y premiado a espuertas, hay que reconocerle el atrevimiento de embarcarse en una novela decimonónica armado con los aperos del siglo XIX. Tierna, sutil, y a ratos gamberra, se agradece también su apuesta por la pugna ideológica y filosófica entreverada en el relato. Pero con todas sus virtudes, se me quedó a medias. Leída esta perspectiva de Gándara, nada que añadir.


3. La felicidad de los ogros. Daniel Pennac. La lectura es un salvavidas. Y la imaginación, un escudo contra la desdicha. No hay mejor lección que esa: aprender a ser optimistas pero sin perder el colmillo. Utilizar nuestro lado crítico, no para alimentar la úlcera, sino para invitarnos a ser felices con lo que nos toca vivir. La primera entrega de la saga Malaussène es una delicia de humor y ternura que se lee apurando la página. Habrá que continuar asomándose a esta familia de raros maravillosos.


4. Respiración artificial. Ricardo Piglia. Ya confesamos nuestra admiración por otra obra del argentino. Prometimos leerlo más, y un año y medio después doy carpetazo a la primera novela de Piglia publicada en España. Y aunque la impresión no es tan honda, sí encuentro reflejos de Prisión perpetua. Sobre todo esa facilidad constatada que tiene Piglia para llevar el relato por derroteros imprevistos y lograr, sin embargo, que el conjunto de la narración tenga sentido.

26 de enero de 2009

Pin-ball


Un buen día (ayer, tal vez) decidí que la estructura de todas las novelas que cayeran en mis manos sería exclusivamente la que yo quisiera darle. Así de sencillo: la literatura es un torrente poderoso, pensé, por el que te precipitas tú, lector, y los libros que viajan contigo y a los que a veces te aferras como si de troncos se tratase, y que otras esquivas para que no te golpeen en el cráneo. Tú te agarras a esos libros, los quieres, te sientes en deuda con ellos por lo bien que se han portado contigo. Te los llevas a casa y les pones tu ropa, y les das de cenar. Les das cobijo, para devolverles el favor. Los haces tuyos, los completas, y ese puñado de páginas encuadernadas dejan de pertenecer al tipo ese que te mira en blanco y negro desde la solapa y pasan a ser tuyos y como son tuyos ahora resuelves que, desde sus cimientos hasta sus ramificaciones, tú tienes algo, mucho, que decir en todo esto.

Eso pensé, un día (creo que fue ayer, sí), después de dar carpetazo a un libro de Piglia que se apellida Perpetua y se llama Prisión. Pensé que esa novela, que son, como mínimo dos novelas, era un pin-ball. Una de esas máquinas de bar en las que la bola es propulsada con fuerza por un muelle hacia un tablero cuajado de rincones, túneles, esquinas y resortes que escupen la bola en mil direcciones. Así, bola de pin-ball, me sentí yo al leer, de una sentada, Prisión Perpetua. Noté que Piglia era el tipo que juega, que acciona el muelle que me empuja de un lado a otro, a merced de los vaivenes, pero siempre atento, centinela, a que yo no me despeñe por el agujero del tablero inclinado.  

Que me ha gustado mucho, Prisión Perpetua, pensé (ayer, sí, confirmado). Que leeré más de Piglia.