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20 de octubre de 2012

El Ficus

No fue la primera planta que tuvimos, pero que desde que iniciamos nuestra emancipación programamos hacernos un día con un ejemplar de especie. Es elegante, rotunda, esas hojas sencillas y enormes proclaman algo significativo. En el primer traslado, cuando de veras la convivencia pareció asentarse y hubo un hueco en el salón, adquirimos el ansiado ficus. Lo colocamos en un lugar prominente, bajo la ventana principal, para que fuera la primera en lucir. Pronto, nuestra desidia y su falta de aclimatación tras sucesivas mudanzas hicieron que sufriera. Pero fuimos cuidadosos, y sólo aquel esmero logró prolongar sus mejores años. La sensación de que un ficus así merecía el esfuerzo y los desvelos. Hubo un trance en el que creímos que lo peor había pasado. Entrada la primavera, la planta cogió color, y aunque algunas de las hojas más grandes amarilleaban, también brotó alguna nueva, verde, diminuta, al pie del tronco. Pareció la promesa de un restablecimiento, pero hoy, cuando la hemos guardado en una bolsa gris para tirarla al cubo de la basura, hemos confirmado que aquellos brotecillos no eran más que el canto del cisne.

- ¿Qué habremos hecho mal?, - se lamenta ella -.

"Casi todo", pienso. Quisimos curarla cuando todavía no estaba enferma. Terminamos contagiándole nuestro pesimismo, y, al final, ningún médico salva a un paciente al que ha convencido previamente de que lo suyo es incurable. Tampoco debió darle muchas esperanzas el ver cómo poblábamos el salón con nuevas plantas que parecían más sanas y más verdes. Aunque al poco tiempo también nos cansamos del resto de plantas y ya casi parecían un estorbo para el conjunto de la decoración. Algunas las fuimos regalando, mientras dejábamos al ficus en su lugar prominente, para que el sol terminara de ajarlo.

Proclamamos entonces, a quien quiso oírlo, que el ficus nunca terminó de adaptarse a nuestro modo de vida, y que lo mejor era podarlo lo más posible, recortar casi todo lo marchito para ver si revivía. Mentimos. Secretamente, sabíamos que la poda era la antesala de la muerte. Ahora el salón luce más amplio y más limpio, sólo con un par de plantas pequeñas que por supuesto no estorban tanto como el ficus. Ya pensaremos qué hacer con el estupendo hueco que ha quedado bajo la ventana.






21 de junio de 2012

Mineros

Hace ya dos años, pateé Madrid intentando contar la peor huelga de Metro que se recuerda. En los días que precedieron al lío también comprobé de primera mano cómo se iba cocinando un pulso entre autoridades y huelguistas que auguraba el desenlace tumultuoso que se produjo al final. Pese a ser convocada a principios del verano, aquellos dos o tres días sin suburbano trastocaron el ritmo de la ciudad.
En aquel momento casi nadie titubeó: menudearon expresiones como huelga salvaje, paro ilegal, chantaje. Todos nos convencimos de que la voluntad de unos pocos, por más que sus reivindicaciones fueran loables, no podía entorpecer la libertad o las comodidades de una gran mayoría. Después, durante aquel famoso paro de los controladores aéreos se dejaron caer comparaciones con la huelga de los maquinistas suburbanos; cuando en realidad poco tenían que ver ambos conflictos. No se debería poner en pie de igualdad la defensa de unos derechos con el empecinamiento en conservar unos privilegios flagrantes. 
Pero eso es harina de otro costal. Lo que me hace recordar hoy la huelga de los conductores del metro es el tratamiento que se les dio. Se parece mucho a la mirada que reciben hoy los mineros del norte, caricaturizados como un sector mortecino y engordado de subvenciones, cuya protesta se contempla como una cosa entre romántica y montaraz, pero anticuada, en todo caso.
Lo cierto es que, al igual que otras muchas realidades que parecían periclitadas, la gran depresión en la que estamos inmersos parece haber resucitado, aunque sólo sea encarnada en los mineros, una variante muy ortodoxa de la lucha obrera. 
Y, sin embargo, como ocurrió con el paro del Metro, nos sorprendemos ahora de que la indignación también acabe floreciendo en forma de violencia, cuando, objetivamente, ese tipo de respuestas en según qué circunstancias deben entenderse como una reacción natural. Desagradable, puede. Pero innata, sin duda. Poniéndonos demagogos, podríamos incluso afirmar que las huelgas son salvajes, o si no, son un sucedáneo. Las manifestaciones, los piquetes, los neumáticos ardiendo,... son estampas connaturales a una lucha obrera que por algo se llama lucha. No se trata de vindicar la violencia, sino de aclarar que la falta de horizontes, la desesperación total, también es un prolegómeno de esa violencia.
Las revueltas de los suburbios parisinos, o los disturbios que el pasado verano inflamaron varias ciudades británicas son hijas del desencanto, el hastío y la ausencia de oportunidades. Son comportamientos colectivos que, por radicales e inhumanos que luzcan, son explicables. Lo que me sigue resultando incomprensible es la gratuidad con la que unos jóvenes de familia bien deciden prender fuego a una indigente en un cajero, just for fun. 



14 de diciembre de 2011

Tú antes molabas, Twitter

Hay síntomas irrefutables de que uno se hace mayor:

1) Apetece escuchar música clásica (tiene buena culpa de ello el podcast de Juego de espejos, de Radio Clásica).
2) Parece que las cosas ocurrieron anteayer, cuando en realidad pasaron hace mucho. Bastante.

Me doy cuenta de que no ha pasado tanto tiempo desde que pensé en emprender un estudio sobre cómo se construyen los acontecimientos informativos desde la presencia de Twitter en el imaginario de la comunicación. Y, cuando echo cuentas, descubro que ya hace dos años que me planteé aquella reflexión. Desde entonces, percibo que la masificación del uso de esta herramienta, su vocación totalizadora, ha arrasado las tesis que podíamos plantearnos hace, tan sólo 24 meses.

No sé si se debe a una sensación de hastío particularísima. Quise creer, como tantos otros, que Twitter podría ejercer una influencia decisiva en la ruptura del desequilibrio mediático. Por fin, parecía que una herramienta podía desatar, de una vez por todas, algo parecido a la horizontalidad en la construcción de los mensajes informativos.

La realidad, aunque sólo sea la realidad que yo percibo, es que los Trending Topics de hoy en día están dominados por el fútbol, la televisión y los grandes personajes mediáticos. Los grandes medios se han apropiado del espacio al incorporarlo a sus propias rutinas profesionales. De ese modo, han terminado por fagocitar también el mensaje. En Twitter se habla, mayoritariamente, de lo que ocurre no en la calle, sino en la televisión. Si revisas los TT de cualquier momento, los primeros lugares estarán ocupados por la broma del día, pero inmediatamente después apareceran nombres y asuntos vinculados al último invitado de El Hormiguero, el partido de Liga de esa jornada o, peor, La Noria o Sálvame.

Supongo que este era un proceso inevitable: al expandir la audiencia potencial, los mensajes tienden a excluir lo minoritario y la profundidad de los acontecimientos para quedarse en la superficie de los grandes titulares. O peor: el morbo, la polémica vacua, la discusión grotesca. Cada vez más Twitter es un espacio destinado a discutir la última salida de tono de un político, un cantante o un futbolista. El usuario sigue teniendo voz e interacción, pero los grandes medios, que han vuelto a llegar tarde a este pago, pretenden hacerse con las llaves de la casa.

Toda vez que ya ha logrado imponerse como la generadora de conversación en torno a los asuntos que interesan a la mayoría, la mejora definitiva de Twitter, su única evolución posible, deberá estar asociada a complacer a las minorías. De hecho, el triunfo de esta herramienta se debe a que potencia, como ninguna otra, la esencia viral de Internet. Pensémoslo mejor así: como una red en la que cada nodo es esencial para que todo el tejido se articule. No como un gran caudal al que los pequeños afluentes embocan para morir.

La breve historia sentimental de Twitter nos exige el esfuerzo necesario para no ceder este espacio. Para no consentir que los temas pequeños se asfixien bajo el peso de las mayúsculas.



29 de mayo de 2011

#acampadasol

1. Hace unos meses tuve un profesor de estos que repiten una y otra vez las mismas ocurrencias intelectuales. Uno de estos que elaboran su discurso hollando sin parar el mismo argumento. Y a veces funciona. A veces logran que, de tanto escuchar la idea, el alumno la incorpore a su propio imaginario.
Una de esas cosas sobre las que este volvía cada dos por tres es la importancia de los festejos populares en la disputa del espacio público. Decía que las fiestas del pueblo no son solamente una exhibición de imágenes religiosas, un rancio retorno anual a las tradiciones o una mera excusa para ponerse hasta el culo. Son también, y sobre todo, un modo de recordarle al poder que estamos ahí. Son una apropiación del espacio público por parte de la gente. Por unos días, tomamos las calles para bailar y beber, para romper el orden establecido y rendirnos a los instintos. Sin cortapisas. Sin miedo a represalias.
Esto es lo que ha representado #acampadasol. Un recordatorio de que el pueblo, confinado en los centros comerciales y las urbanizaciones, también puede, de vez en cuando, tomar las plazas, forrar las paredes de consignas. Gritarle al poder que la calle es de todos.

2. Escribe Manuel Castells en Comunicación y poder (2010): "La crisis más importante de la democracia en las condiciones de la política mediática es el confinamiento de la democracia al ámbito institucional en una sociedad en la que el significado se produce en la esfera de los medios de comunicación. La democracia sólo puede reconstruirse en las condiciones específicas de la sociedad red si la sociedad civil, en su diversidad, puede romper barreras corporativas, burocráticas y tecnológicas de la construcción de imágenes sociales". O lo que es lo mismo: quienes, en el seno de #acampadasol, rechazan de pleno cualquier colaboración con los medios de comunicación, se equivocan. La propia acción de acampar en el corazón de la capital, en el kilómetro cero del país, es un acto mediático, que busca la mayor repercusión posible. La batalla política, como recuerda Castells en muchos pasajes de este manual imprescindible, se ha librado siempre en los medios de comunicación. Y hoy más que nunca.

3. Hoy, esa apropiación del espacio público se da, no sólo en las plazas, sino también, y sobre todo, en la red. En la medida en que el movimiento #15M sea capaz de articular su discurso en red (y parecen estar tomando buena nota de ello) será posible hacer que cuajen sus reivindicaciones.

4. La horizontalidad que caracteriza al movimiento, su ausencia de líderes, deriva también de una orfandad intelectual (lo cual, dicho sea de paso, no tiene por qué ser malo). Salvo el empuje del panfleto de Hessel y su secuela española, por ahora no hay patrones artísticos o teóricos que despunten dentro de #15M. O, al menos, no se han articulado vía medios de comunicación. Eso tiene que romperse. A medio plazo, tendrá que levantarse un corpus teórico que de consistencia al proyecto. Y, en paralelo, voces reconocibles que asuman ese mensaje. Rescato la reflexión del escritor Patricio Pron en Nostromo (minuto 38, aprox.): "Existe una cierta vergüenza por parte de los escritores de asumir la voz de un colectivo. La literatura ha dejado de ser una práctica social. Lo que no significa que haya dejado de ser una práctica realizada por muchas personas. La literatura de hoy consiste en oponer a ciertos discursos, muy extendidos, unos discursos que cuestionen las autoridades. Algunos autores procuramos escribir para no ser escritos. El Estado, el Mercado, la Iglesia, son grandes creadores de ficciones, grandes escritores; y la necesidad de escribir que surge en algunos de nosotros consiste en la decisión ética, no moral sino ética, de oponer algo a ese gran discurso que se nos impone desde arriba". Creo que ese es otro de los retos de #15M. Ya ha demostrado que sabe dar voz a quien quiera expresarse. Ahora hay que intentar, por mucho que duela, cribar esos mensajes, encontrar voces que expresen lo que queremos decir. Erigir referentes.

20 de enero de 2011

Feliz e indocumentado

Arthur Conan Doyle hizo decir a Sherlock Holmes: "el mejor arma que tiene un hombre es pensar cinco minutos más, allí donde los demás suponen que ya no hay nada que pensar". Reciclo esa cita de El pibe que arruinaba las fotos, de Hernán Casciari; páginas rescatadas de su blog Orsai y cosidas después en un libro que tiene esa virtud radical que suelen alabar los cursis y de la que solemos mofarnos los sabihondos, hasta que no queda más remedio: hay que reconocer que uno se ve reflejado en las peripecias románticas de ese niño gordo que fue Hernán.

Casciari recrea esas sensaciones que uno atesoraba en su infancia, creyéndolas genuinas y privadas. El Gordo rememora la traición sufrida el día en que alguien le confirmó, más allá de sus intuiciones previas, que los Reyes Magos son los padres. O la secreta desolación que le fulminó cuando leyó en una revista de peluquería que los deja vú no eran un exclusivo superpoder que se nos había concecido sólo a nosotros, sino algo que le ocurría a cualquier mortal, un artefacto mental que la ciencia explicaba con su vulgaridad acostumbrada.

Cosas así cuenta este libro, un puñado de recuerdos prestados que me han dado calor en estos días tan fríos y tan faltos de esperanza. Me ha recordado el valor de las convicciones utópicas, de la testarudez naif. Me han invitado a perseverar en la lucha contra los pesimistas de carné, que siguen empeñados en que abandones ese lastre inservible que es la ingenuidad.

A contracorriente, yo sigo siendo un completo ingenuo. Lo testimonia, ahora mismo, mi situación laboral (si es que existe), mi irrisoria cuenta bancaria, la grieta que avasalla mi precaria cisterna o el esparadrapo mojado que sostiene el retrovisor de mi coche, que ni siquiera es mío. Hago inventario y veo que ni los años ni las desilusiones me han robado esa tendencia a la quimera. En primero de carrera me compré Cuando era feliz e indocumentado. Movido por veleidades románticas, estaba convencido de que el periodismo tenía futuro... si Gabo lo hizo, por qué no tú. Y ahora, con todo en contra, cuando lo sensato sería tirar la toalla, mi lado feliz e indocumentado me invita a mantener un resquicio de optimismo. Morirán los medios, habrá despidos, muchísimos, cambiará de nombre, dejará de llamarse periodismo, pero este oficio siempre tendrá vigencia. Seguimos contándonos el relato mítico del soldado que corrió cuarenta y dos kilómetros hasta Marathon para dar una noticia y morir. El mundo necesita gente que cuente lo que pasa. Véase Egipto.

Ahora soy, si cabe, más indocumentado que hace diez años, cuando compré aquél libro. Me va a costar ser más feliz que entonces (en lo que a lo laboral se refiere; tengo gente que me quiere y se preocupa por mí, más de lo que merezco). Pero he ganado en confianza. No en el entorno, que es infinitamente más oscuro ahora que antes, sino en mí, en mis posibilidades. En lo que sé y en lo que soy capaz de hacer. He vivido durante los últimos siete meses recordándomelo, retando cada día al recuerdo de aquel estudiante timorato al que le temblaba la voz frente a un micrófono y el pulso ante la perspectiva de una llamada telefónica. Y, además, en Radio Madrid he catado el privilegio de currar, codo con codo, con gente que domina su oficio porque lo respeta y lo mima cada día, y porque opina que el prestigio se dirime más cerca de la letra pequeña que de los grandes titulares.

No tengo remedio: sigo creyendo que es una boludez, como diría Casciari, andar preocupado por las cuentas de resultados, cuando uno puede pasar el tiempo imaginando qué cosa nueva le deparará mañana. Y estoy patéticamente empeñado en que ser periodista es la mejor forma de imaginarlo. Y vivirlo.

13 de octubre de 2010

Odisea

Un rescate demorado a cuentagotas pone fin al salvamento de los mineros de Copiapó. Uno a uno, van regresando a la luz tras tantos días muertos de asco a cientos de metros bajo tierra. Así culmina el primer capítulo de una epopeya a la que el mundo asiste como hambriento de odiseas contemporáneas, cuentos con un final feliz para susurrar a los niños antes de dormir. Una palmadita en la espalda de la humanidad, que se convence a sí misma de que el progreso deviene en milagros inevitablemente.

Como si no hubiera sido la propia acción humana la que arrastró a ese puñado de hombres a bregar cada día en el fondo de la mina. Como si no fuéramos todos un poquito responsables de que hoy mismo otros miles se vean obligados a trabajar en condiciones similares, o mucho peores.

Cuando el último de los treintaytrés asome la cabeza y podamos aplaudir embobados, y cuando se ralentice el diapasón mediático después de devorar sus biografías y exponerlos a todos los focos, tal vez ellos puedan recuperar su vida. Tal vez sea el tiempo de fruncir el ceño y preguntarse a quién favorecen estos folletines tuiteados al segundo. Yo cada vez que veo al tal Piñera sonreír al pie de la mina y vocear grandilocuencias me echo a temblar.

3 de septiembre de 2010

Neira

La historia es esta: yo viajo en un tren, vuelvo del trabajo a las tantas, no recuerdo por qué. Un par de asientos más adelante viaja una pareja. Parece que discuten, porque ella hace un gesto de disgusto tras otro y rechaza los arrumacos que él intenta darle. Al cabo me doy cuenta de que malinterpreté la situación: no son pareja; él simplemente la está molestando y ella no sabe si responder con rubor, largarse corriendo o darle un tortazo.

Él va borracho, eso ya está claro. Sigue dándole la tabarra hasta el final del trayecto, sentado con las piernas muy juntitas, mendigando un pellizco de cariño de una manera tan patética, tan desarmada, que el asco que me infundió al principio va convirtiéndose en algo parecido a la compasión.

Compadezco más a la pobre chica que tuvo que soportar ese mal trago, pero ver a un tipo precipitarse así hacia la humillación más absoluta me dejó pensando durante bastante tiempo (tanto que aún lo recuerdo) en que lo que juzgamos demasiado deprisa, tras un vistazo ligero, no siempre acaba pareciéndonos del mismo color en una segunda mirada.

Hoy me he cruzado con aquel pobre borracho brasas. Ha sido mientras caminaba por Gran Vía, otra vez al salir, otra vez tarde, del trabajo. Pero hoy sí me acuerdo de por qué he salido tarde. Remataba una pieza sobre la detención del profesor Neira por conducir ebrio. La pieza ahondaba en las tristes y patéticas explicaciones que ha balbuceado Neira para justificarse. Tan tristes y tan patéticas como las porfías amorosas que intentaba el borracho aquél del tren con el que me he cruzado hoy en Gran Vía.

Una coincidencia que me ha devuelto a aquella vieja reflexión sobre la necesidad de estar alerta frente a nuestros propios prejuicios, ante las condenas inmediatas y los homenajes improvisados y oportunistas.

Hicimos de Neira nuestro héroe demasiado rápido, cuando ni él estaba preparado ni era el tipo que creíamos que era. Pero no es su culpa. Es nuestra, por apresurarnos a encumbrarlo sin pensar en él como hombre, y no como icono. Y la culpa es sobre todo de quienes le dieron un micrófono para animarle a decir sandeces ultras. Y de quien premió su lengua fácil con un cargo de cara a la galería.

26 de agosto de 2010

Una noticia

Googleemos "Calamaro". ¿Ya? Un músico, al que admiro, por cierto, se caga en todo y su exabrupto genera millones de comentarios. Todos los diarios de hoy reseñan una noticia cuya razón de ser pongo en duda.

Calamaro es músico. Luego Calamaro es (debería ser) noticia cuando hace música, o cuando tiene algo que decir sobre música. Pero sus opiniones o su quehacer más allá de los márgenes de su actividad reconocida suman poco al debate público. No añaden contenido a esa idea habermasiana de la esfera pública. No son rodamientos para hacer funcionar el debate, sino balas de fogueo, un aldabonazo que se olvida tan rápido como surge.

Cuando el periodismo padece, más que nunca, una merma de confianza, conviene no sólo disparar hacia una audiencia interesada por las nimiedades y el petardeo. Podríamos mirarnos el ombligo y reflexionar sobre unas rutinas profesionales viciadas, que privilegian, mucho más de lo debido, la declaración de tal o cual político (y la respuesta de su adversario), o la última parida que suelta cualquier artista sobre un tema que muchas veces no domina.

Y frente a la duda, periodismo. O sea: dar un paso atrás, contar hasta diez, manejar la perspectiva y buscar otro ángulo, una voz autorizada e interesada que complete la información. Que convierta un dato en noticia.

23 de febrero de 2010

Evidencias

"Es necesario ser impredecible; hay que mezclar al jefe de la oficina de correos con la mujer tatuada. La mayor parte de los televidentes vuelve de una agotadora jornada laboral y cuando se sienta a ver televisión no quiere que se le ofrezca todas las noches una dieta despiadada, exigente de 'duras realidades' ". Michael Bunce, editor de Nationwide, en el Sunday Times (2 de marzo de 1975)*

Quizás por eso nadie vio ayer a Almunia entrevistado por Gabilondo, mientras que la bronca, lo cutre, sigue vendiéndose de miedo en la tele pública.

Audiencias de ayer: formulatv

* En MORLEY, D. (1996):, Televisión, audiencias y estudios culturales. Amorrortu Editores

22 de diciembre de 2009

Espóiler


Para quien no lo sepa, un spoiler es un información sobre la trama de una serie televisiva que revela algún detalle importante sobre el argumento por venir de dicha ficción. Un espóiler, sujeto, vendría a ser un aguafiestas, vaya, el típico que te revienta el final sorprendente del libro, la película o el cómic que aún no has leído.

Ese, Espóiler, es el título de un blog de referencia en la crítica en español de series de televisión, a cargo del blogger argentino Hernán Casciari. Un adicto a las series cuyas opiniones suelen ser tenidas muy en cuenta por sus lectores. Todo un prescriptor 2.0, que atesora premios por otras aventuras cibernéticas que ayudaron, tengo la impresión, a impulsar la creación de blogs en español.

Pero hoy Casciari puede haberse dejado por el camino algo del prestigio ganado durante los últimos años al haber revelado, parece ser que por descuido, el argumento del final de la cuarta temporada de Dexter. Los comentarios en esa entrada hierven de ira contra Casciari por el incidente. Twitter también recoge las reacciones. El autor desliza entre los propios comentarios una disculpa en la que se mofa de la exagerada condena por parte de los lectores y consigue enervar aún más los ánimos.

Más allá de la más que posible torpeza de Casciari al no rendir abiertamente disculpas desde el principio, lo que salta a la vista es lo delicado de sostener un procedimiento clásico de consumo narrativo con la viralidad y la inmediatez de Internet. Me explico. El mecanismo de la intriga sostenida es algo que viene de muy atrás, desde el inicio de las narraciones; una necesaria dosificación de la trama en pro de la multiplicación de las ventas que vivió su apogeo con el folletín del siglo XIX y cuya estela permaneció vigente... hasta la llegada del ciberespacio.

Mi sensación, no demasiado madurada, es que aquel mundo está en extinción. Internet lo ha matado, como ha hecho con otros muchos usos y costumbres ligados al consumo de productos culturales. La red ha expropiado, en buena medida, el poder a los gestores de la cultura de masas para esparcirlo entre los usuarios. Ya no estamos vendidos al buen ojo, el presupuesto o la benevolencia de un programador de una cadena española para poder disfrutar de una producción extranjera casi al mismo tiempo en que se estrena en su país de origen (que es casi siempre Estados Unidos).

Pero esa libertad, como todas, tiene sus contrapartidas. Y una de ellas es que cualquier usuario medio de la red tiene al alcance de un clic las últimas novedades sobre su serie, película, cómic, libro o videojuego favorito. Incluidos, claro, los dichosos spoilers. Los fanáticos navegamos en busca de las últimas noticias sobre nuestros fetiches, haciendo equilibrios siempre para esquivar ese detalle que nos destripe la trama y dé al traste con aquella promesa de emoción, que, píldora a píldora, sobre todo las series acostumbran a destilar. Aceptamos, opino, jugar esa mano, pero sin querer ser conscientes de que nos arriesgamos a que alguien nos susurre que los reyes son los padres y arruine la magia.

Un vistazo somero al desarrollo de la investigación en comunicación de masas revela que, con cada nueva irrupción tecnológica, con el surgimiento de cada nuevo medio, se desarrolla también un proceso de aprendizaje del público. Cuando surgieron los periódicos, fueron tachados de mera propaganda impresa. La fe hacia los primeros mensajes radiados, la confianza en su infalibilidad, deparó experimentos tan curiosos como La Guerra de los Mundos, de Orson Welles. Y no digamos la televisión, que lleva más de medio siglo adocenando a la población, pero que sin duda no goza hoy ni de una centésima parte del poder manipulador de que dispuso cuando, en sus orígenes, la audiencia no contaba con herramientas precisas para hacer frente a los mensajes.

Supongo que algo parecido terminará ocurriendo con Internet. A medida que vayamos moviéndonos por este nuevo mundo, nuestra pericia aumentará, nos haremos más escépticos, aprenderemos a escoger qué y cómo consumir, a usar escudos que nos protejan de las amenazas, que hoy son variadas y difusas, y por ello aparentemente más dañinas. Imagino, frivolizando, que también aprenderemos a protegernos de los espóileres.

30 de noviembre de 2009

Publicidad en TVE

TVE encara en los próximos meses el doble reto de enfrentarse a la convergencia digital y al fin de la financiación publicitaria. Una travesía del desierto de la que corporación saldrá o bien reforzada o bien desintegrada. Lo veremos. Por el momento, los primeros indicios de cómo se afrontará esa carencia de anunciantes son sospechosos. Lo digo por el publi-reportaje sobre el nuevo Volswagen Polo que se han cascado hoy en pleno informativo:




Nada es lo que parece

En menos de una semana, dos sucesos han vuelto a recordarnos a los periodistas la delgadez de la cuerda floja en la que nos balanceamos. Han vuelto a poner sobre la mesa la necesidad, radical, del contraste de las fuentes; la urgencia de recuperar el escepticismo y la prudencia como dos divisas insobornables del oficio.

Las noticias son cuadros que el periodista descuelga del muro de la vida para construir categorías, levantar relatos que sean asequibles para muchos y que contribuyan a amasar la conciencia colectiva. Son, en la mayoría de los casos, y aunque joda recordarlo, un formidable pilar conservador de las pautas sociales. En contra de lo que nos contaron en la universidad, las noticias no disparan revoluciones; más bien todo lo contrario: alimentan lo establecido. Por eso juegan (jugamos, entre todos: periodistas, público) a dibujar una fábula en la que siempre ha de haber, necesariamente, héroes y villanos.

He aquí el villano:



En el tiempo de la hiperrealidad, todos se apresuran. Cada vez se adelgazan más los plazos y hasta los responsables políticos (1, y 2), a quienes debería exigírseles una prudencia redoblada, quieren ser los primeros en reaccionar. Se privilegia siempre a quien antes habla, al primero que reacciona. Cuando alguien pide paciencia, como ocurrió, por ejemplo, con el secuestro del pesquero, demuestra su ineficacia, su falta de coraje y de determinación para tomar decisiones contrarreloj.

Por el camino quedan los daños colaterales del vendaval de la actualidad. Queda Diego, que por unas horas fue un monstruo, y que ahora es sólo un chico destrozado, doblemente golpeado por la pérdida de una hijastra y por el escarnio público cuya llaga nunca cicatrizará. Y queda Salvador, el agente que, sin saberlo de manera explícita, sí conocía de sobra los resortes implícitos que la sociedad del riesgo se encarga de aventar frente a cualquier suceso inesperado: para gestionar una crisis, se busca un culpable primario que aglutine las sospechas y que permita a quien gobierna mantener el control simbólico de la situación. El problema estalla cuando los datos reales dan la espalda a la versión oficial, como ocurrió en aquellos días de marzo de hace cinco años, que nos enseñaron que una mentira, por más institucionalizada que esté, siempre es una bomba de relojería que puede explotar en las manos de quien la manipula.

***
Enlaces:

- Escolar.net: La condena
- Lecturas:
0 Raval, del amor a los niños (Arcadi Espada).
0 La sociedad del riesgo (Ulrich Beck).

22 de noviembre de 2009

Público

En mitad del fragor de la Guerra del Fútbol, Manuel Vicent escribió un lamento agorero sobre la crisis de identidad de su periódico. Enredado en una pugna por los derechos televisivos del deporte más mediático, El País deslizó (y sigue haciéndolo) líneas editoriales muy contundentes en contra de la labor del Gobierno de Zapatero. Y Vicent, apelando a un supuesto espíritu común tanto en fondo como en formas, a un proyecto sociocultural y político, no ya sólo paralelo, sino casi hermanado, entre el socialismo de González y el ex Diario Independiente de la mañana, llamaba a cerrar filas en defensa de las esencias.

Viene esta arenga del escritor valenciano a la memoria ahora que Público, el otro actor en esta batalla, zozobra y decide hacer recortes en la redacción y prescindir de una de sus firmas fundadoras.

Frente a quienes alimentaban la teoría de que el surgimiento de Público y La Sexta respondía únicamente a una necesidad estratégica de contar con un grupo afín al Gobierno sin deudas o rémoras del pasado, algunos vimos en la salida a la calle de ese nuevo periódico un soplo de vitalidad, un intento de sintonizar con una nueva audiencia de izquierdas que, sin perder los referentes previos, apostaba también por dar otro giro. Una nueva voz, con cosas distintas que decir, argumentos y opiniones sin cabida en el resto de cabeceras, siempre es una buena noticia. Algunos incluso estuvimos más o menos cerca de subirnos a aquella singladura y formar parte activa de la cosa.

Pero pocos meses después el proyecto se diluye (crisis económica mediante, todo hay que decirlo) y se reavivan las voces que, aludiendo al perfil de herramienta del Régimen del diario de Roures, apuntaban a la falta de una verdadera base ideológica, una identidad y un estilo periodísticos que defender como las principales flaquezas de Público.

Las derivaciones posibles para atajar la crisis son poco halagüeñas. La opción que parecen estar escogiendo es aligerar el contenido ideológico y decantarse cada vez más por lo sensacional, nutrir las páginas con firmas conocidas y las oficinas con directivos experimentados y, se intuye, rebajar el perfil medio de la redacción. Menos experiencia en la base, menos costes.

El peligro que se avizora es doble: o el proyecto se viene a pique o el giro editorial acaba con el espíritu fundacional que animó su construcción. En cualquier caso, será una lástima. Una oportunidad perdida. Esperemos equivocarnos.

21 de enero de 2009

9 de enero de 2009

Leónidas no vio Madrid nevado

Todo está conectado. Al menos en mi cerebro, y quiero pensar que eso es lo que importa. 

Como en el cine negro, dos sicarios irrumpieron en el cuarto de hospital en el que convalecía Leónidas y uno de ellos le baleó hasta la muerte. Sin proponérselo, el verdugo le aportó cierta dignidad, una insólita coherencia, al fin de sus días, tan contaminados por el crimen. No merecía otro final Leónidas, que consagró buena parte de su vida a la sangre, la ambición y el engaño. Antes de que le matase la vida, por medio de una enfermedad incurable, le mató la muerte. 

Y ahora la literatura: Leónidas no se llamaba Leónidas. Fabulé con el hecho de que hubieran sido sus padres los responsables de ese nombre de reverberaciones históricas. Fabulé con el hecho de que ese nombre hubiera impreso en este colombiano cetrino y chaparro la gloria kamikaze del Leónidas que comandó, en el 480 a. C., a sus trescientos griegos en el paso de las Termópilas. Imaginé que la flecha que dio muerte al rey espartano viajaba por los siglos hasta desembocar en esa cama del 12 de Octubre, convertida en bala, para completar el círculo perfecto de la muerte violenta. 

No fue tal cosa. Leónidas no se llamaba Leónidas, sino José Antonio Ortíz Mora, apelativo cien veces más vulgar que no remite a leyendas heroicas sino al archivo catastral. Qué feo. Qué cutre. Qué falso. De hecho, su asesino cruzó la puerta de la 537 dispuesto a matar a Leónidas, no a José Antonio. Preguntó incluso, con perfecta educación, al otro inquilino del cuarto, que le señaló el cuerpo que dormía en la cama vecina. «¿Es usted Leónidas Vargas?». Pues no, esa era sólo una de las falsas identidades que se inventó José Antonio para enmascarar sus delitos. 

José Antonio se iba a morir más pronto que tarde, postrado por una enfermedad terminal. Su alias, Leónidas, le dio una última oportunidad de cumplir con el ciclo violento de sus días y encontrar una muerte de película. Su contrapartida es que se quedó sin ver este viernes nevado, este Madrid albino que da tantas ganas de vivir.

22 de octubre de 2008

7 de octubre de 2008

Pop art

El mismo recorrido, el sendero de baldosas amarillas que en su día recorrieron el panfletillo por entregas del XIX, la cartelería vanguardista de (entre)guerras, el fotoperiodismo, el cine negro o los cómics, lo transitan hoy las series de televisión y los blogs literarios. Disciplinas apátridas y sin fundador reconocido, arte popular que nace en los suburbios, en garajes sombríos, que extiende sus tentáculos sin freno, como una plaga. Gente que descubre pasiones afines y no se avergüenza de ellas. Gente que, unida, comienza a proclamar el orgullo de una afición otrora sonrojante, privada. 

Ese camino de la marginalidad popular a la vindicación academicista lo han hecho, en efecto, los blogs y las series por vías inversas. Mientras que los primeros brotaron en el ancho y revoltoso mar de Internet, hasta alcanzar el reconocimiento en los mass media, las teleseries surgen de los grandes o medianos estudios norteamericanos, para desembocar en el consumo discriminado y fetichista de cada individuo. 

La explosión de ambos no se entendería sin el ciberespacio. Sin la posibilidad más virtuosa que ofrece esta herramienta. Internet es, en esencia, un gran café donde poner en común complicidades. Es otras muchas cosas más, pero lo que le hace grande es que nos sirve para compartir y jugar. No hay invento humano memorable que no cumpla esas premisas.

Como si, a contrapié, los grandes medios empezaran a hacer suyo aquello de "si no puedes con ellos, únete", este fin de semana coinciden (no por casualidad) las dos cabeceras más antiguas del país en apuntar con el dedo hacia este fenómeno imparable. 

El País lleva a la portada de su colorín semanal el reportaje La caja tonta es más lista.
Varios de sus columnistas señeros confiesan su adicción al género de la ficción televisiva. Pienso, con malicia, en muchos intelectuales que poco a poco descubren cosas como Los Soprano, o A dos metros bajo tierra, o Dexter, o House. El desdén con el que muchos se despachan (con razón) contra la basura que anega la televisión, les cegaba. Hay una postura intelectualmente honesta en apagar la tele ante tanta sordidez. Pero alguien dedicado a la cultura está obligado a saber qué se cuece, a estar al día. A discriminar. No valen excusas peregrinas.

Aurora Viña, por su parte, desgrana en ABCD Las artes y las letras  algunas de las propuestas más refrescantes y seguidas de la blogosfera hispana dedicada a la crítica de libros. Es sólo un esbozo de algunos de los que más despuntan. Cada uno de nosotros tendríamos una lista propia, claro está. Sitios que visitamos con regularidad de beatos. Escritura que rara vez acabará sobre un papel, pero que no deja de ser escritura. Igual que las series: nunca las veremos en pantalla grande, desde la chirriante butaca de un cine de estudio. Pero son cine. Vaya que sí.

26 de agosto de 2008

22 de agosto de 2008

Del puño negro a las zapatillas doradas

Por Alfredo Relaño, en AS

«La primera tele que entró en mi casa fue en vísperas de los JJ OO de México, allá en el lejano 1968. Unos grandes Juegos. Allí vi a Fosbury brincar una y otra vez de espaldas, ante el asombro mundial, y salir campeón. También vi el fabuloso salto de Beamon, que excedió los sistemas de medición previstos por la organización. (Aquel récord duró 23 años). Y vi, con mis asombrados ojos de adolescente, a Tommy Smith y a John Carlos elevar desde el podio un puño enguantado en negro. Aquel gesto estremeció muchas conciencias. A ellos no les reportó ningún beneficio, pero entendieron que era necesario.

Por aquel entonces, la población negra de Estados Unidos no podía subir a los mismos autobuses que los blancos, ni ir a los mismos colegios, ni entrar en las mismas cafeterías. Pocos meses antes de aquello, Martin Luther King, un predicador que apostaba por la no violencia, fue asesinado en Memphis justamente por su lucha en pro de los derechos civiles de la población negra. Eran los mismos años en los que el gran Mohammad Alí se jugó su carrera por plantar cara al 'stablishment' blanco, que pretendió hacerle pagar su insolencia enviándole a matar vietcongs a aquella guerra estéril.

Son otros tiempos. Hoy, Obama ronda el sillón de la Casa Blanca y el bueno de Bolt exhibe feliz sus zapatillas doradas ante las cámaras de todo el planeta. Han cambiado mucho las cosas, para bien. Para muy bien. Pero es bueno recordar que hace cuarenta años unos cuantos deportistas se lo jugaron todo por su gente. No aprovecharon el enorme eco que ya entonces tenía el deporte, gracias a la televisión, para hacerse ricos, sino para enviar un grito de protesta a la conciencia de todo el planeta. Ellos salieron perdiendo, pero la Humanidad salió ganando. Merecen nuestro mejor reconocimiento».

18 de agosto de 2008