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26 de agosto de 2010

Una noticia

Googleemos "Calamaro". ¿Ya? Un músico, al que admiro, por cierto, se caga en todo y su exabrupto genera millones de comentarios. Todos los diarios de hoy reseñan una noticia cuya razón de ser pongo en duda.

Calamaro es músico. Luego Calamaro es (debería ser) noticia cuando hace música, o cuando tiene algo que decir sobre música. Pero sus opiniones o su quehacer más allá de los márgenes de su actividad reconocida suman poco al debate público. No añaden contenido a esa idea habermasiana de la esfera pública. No son rodamientos para hacer funcionar el debate, sino balas de fogueo, un aldabonazo que se olvida tan rápido como surge.

Cuando el periodismo padece, más que nunca, una merma de confianza, conviene no sólo disparar hacia una audiencia interesada por las nimiedades y el petardeo. Podríamos mirarnos el ombligo y reflexionar sobre unas rutinas profesionales viciadas, que privilegian, mucho más de lo debido, la declaración de tal o cual político (y la respuesta de su adversario), o la última parida que suelta cualquier artista sobre un tema que muchas veces no domina.

Y frente a la duda, periodismo. O sea: dar un paso atrás, contar hasta diez, manejar la perspectiva y buscar otro ángulo, una voz autorizada e interesada que complete la información. Que convierta un dato en noticia.

6 de abril de 2010

Archivo volátil



Javier Echeverría, profesor de Filosofía de la Ciencia, escribió a mediados de los noventa dos títulos que se granjearon bastante predicamento en la comunidad científica interesada por los inminentes cambios que las tecnologías de la comunicación iban a deparar en el cuerpo social. Primero (y sobre todo) Telépolis y más tarde Cosmopolitas domésticos lograron introducir en la literatura académica española la conciencia de que se avecinaba un mundo nuevo, con otras reglas, o, al menos, un proceso de transición entre distintos modos de entender las relaciones humanas y la organización social.

De la lectura apresurada de Cosmopolitas domésticos rescato dos cosas: la primera, la inevitable sensación de que los augurios tecnofílicos son siempre una moneda al aire. Pueden, o pasarse de voluntaristas, o quedarse cortos en sus predicciones. En este caso, es desasosegante comprobar cómo algunas de las posibilidades que Echeverría le atribuía a una recién nacida Internet han quedado ya como usos casi periclitados por las oportunidades que hoy en día ofrece la red.

Pero la reflexión más interesante del libro se halla en su análisis de cómo las telecasas de hoy han motivado una transformación profunda en la manera de almacenar y construir la identidad individual y colectiva y la memoria. En 1995, Echeverría advertía de que los "nuevos" dispositivos, como los CD, arrumbarían con su tremenda capacidad de almacenaje la pertinencia de las bibliotecas. Quince años después, comprobamos la tibieza de aquellos vaticinios. Muy poca gente maneja hoy los discos compactos para archivar su música, sus vídeos o sus documentos. Hoy mucha de nuestra vida cabe en un pen drive que guardamos distraídamente en un bolsillo. Y ese es sólo un paso intermedio. La memoria se guarda ahora de una manera creciente en redes y servidores ajenos a nuestra propia casa. Echeverría aludía también a la revolución impuesta por el teledinero, que sirvió para que las tarjetas bancarias desplazaran al monedero y las cuentas bancarias a las cajas fuertes o el bajo del colchón. Lo que sucedió entonces con nuestro patrimonio financiero comienza a ocurrir con nuestro patrimonio íntimo. Cada vez más nuestros anales cotidianos se albergan a distancia, se confían a cancerberos que, como ya hacen los bancos con nuestros ahorros, velan, por una módica tasa, por la seguridad e incluso por la rentabilidad de nuestros recuerdos.

Alacenas, cajones, álbumes, cuadernos, todo aquello está sentenciado a muerte. Flickr sustituye nuestro álbum de fotos. Wordpress o Blogger son nuestros diarios personales, desplegados al universo y nunca más enclaustrados en un cajón. Youtube o Vimeo han pasado a ser los nuevos VHS con los que torturar a los incautos con el vídeo de nuestras últimas vacaciones. Spotify ha aniquilado la pretérita mix tape que pergeñábamos con los himnos de nuestra adolescencia.

Y pronto los libros ajados que poblaban nuestras bibliotecas estarán, ni siquiera en un e-reader, sino en red: accederemos a ellos desde cualquier punto del planeta, pero su almacenaje físico se hallará en un servidor que cualquier empresa recóndita alquile a nuestro prestador de servicios.

Echevarría alude al tálamo homérico como la estancia en el que Ulises hace guardar a Penélope los bienes más preciados de su hogar. Y viene a decirnos que aquél concepto de la casa como el bastión inexpugnable donde depositar lo que más queremos se ha extinguido. Nunca como hoy disponemos de tanta capacidad para movernos por el mundo, libres de las cargas que impone el parentesco, la frontera, el Estado o las divisas. Y sin embargo, escogemos quedarnos sentados. Mirar desde casa como la realidad se va construyendo en nuestras pantallas. Y cómo nuestra memoria se teje en el ciberespacio.

8 de marzo de 2010

Soy un producto



Algo se mueve en la vida literaria, que diría Marsé. O tal vez en la literatura. De la mano de la incorporación progresiva de los ebooks a nuestra cotidianidad, una nueva forma de concebir el oficio de la escritura puede estar gestándose. En tanto en cuanto existe un debate, con agoreros y entusiastas, la brecha se ha abierto.

Más allá de que el marketing siempre haya existido como vía de diseminación (la ideas y las historias necesitan ser comunicadas, y dar con el mejor modo de expresarlas a cuanta más gente mejor no sólo es una tentación legítima, sino una obligación de la literatura), lo que sí parece verdaderamente revolucionario es que hoy empieza a proliferar el autobombo, en el mejor sentido del término. El escritor de mañana no va a contar con el respaldo editorial con el que se pertrechan los autores consagrados de ayer y de hoy. La red permite, y casi empuja, a cada usuario a generar su propia marca. Facebook no es otra cosa que un escaparate donde cada cual vende una imagen de sí tal como se concibe. Proyectas un personaje que se llama como tú pero al que atribuyes aspiraciones superficiales más que cualidades y sensaciones profundas. Del mismo modo se desenvuelve un creador 2.0, que no se limita a escribir las contraportadas de sus libros, sino que construye un holograma virtual para hacerse visible en el ciberespacio. Y vive condenado a revisar lo que el ágora cuchichea sobre él.

La cultura (y el periodismo, por cierto), se encamina hacia la producción individual. Lo que gana fuerza es la asociación estratégica, el establecimiento de redes cooperativas que haga de la producción de contenidos culturales e informativos un negocio más fundamentado en la flexibilidad que en el derroche. Las grandes redacciones, las editoriales o las casas discográficas hipertróficas son mamuts condenados a la extinción. Antes se triunfaba por aplastamiento del competidor: la lógica del mercado obligaba a devorar adversarios para engordar al monstruo. Nunca más. A partir de ahora gana quien mejor se mueva, quien sepa surfear por la red con mayor destreza.

Por eso creo que se confunden quienes vaticinan la muerte del crítico. En un universo donde los flujos de información circulan torrencialmente y en todas las direcciones, la labor de desbroce, la tarea de hallar el grano entre tanta paja, se avizora más pertinente que nunca. El vicario 2.0 tendrá que adaptarse también a este nuevo universo. Para ponderar, clasificar y recomendar toda esta nueva producción cultural habrá que formar críticos avezados en las nuevas fórmulas. Y, por supuesto, la literatura también deberá estar a la altura. Un libro (en el formato que sea) podrá venderse mucho y ganar mucha publicidad. Pero la exigencia permanecerá: si es malo, habrá que seguir diciendo que lo es. Y argumentándolo. Y entonces, quien sepa juzgar, entenderá.

7 de mayo de 2008

Internet, un reducto


De nuevo enlazo con un comentario de Diarios de fútbol. Hoy Dadan Narval, culé confeso, arroja una crítica descorazonada hacia la prensa deportiva de este país.Ya no se trata del paupérrimo nivel cultural o periodístico exhibido por bastantes de quienes juntan letras en estos diarios. Tampoco es la zafiedad o la chabacanería que menudea en esas cabeceras. Ni siquiera hay que lamentarse en esta ocasión por la cada vez más frecuente tendencia a elevar las especulaciones o los meros rumores (cuando no imaginaciones puras y duras) a la categoría de noticias. Hay algo más profundo, tal vez latente, que nos duele a quienes, como a los autores de Diarios de fútbol a estas alturas aún confiamos en la posibilidad de un periodismo deportivo digno.




Es la hipocresía de estos periódicos que apelan, cuando les conviene, a la deportividad, la honestidad y la tolerancia como los valores prioritarios de las competiciones deportivas que glosan y del modo en que informan u opinan de ellas. Estos días, el tema que predomina es el pasillo que habrá de tributarle, tradición manda, un Barcelona herido a un Madrid triunfante. Y a cuenta de ese gesto, que debería ser un orgullo para quien lo da más que para quien lo recibe, por todo lo que tiene de cortesía y reconocimiento de la victoria en buena lid, los diarios deportivos de la capital y de la Ciudad Condal se han enredado en un chusquero cruce de acusaciones. Basta ojear la primera de Marca de hoy (que preside esta nota). O el artículo de un escritor que se llama Josep Maria Fonalleras (en Sport), un tipo que debe haber cultivado fama en Cataluña, cosa que no le niego por pura ignorancia, pero que firma unas líneas sedientas de venganza y repletas de bilis (con un corolario lamentable: el supuesto vestigio franquista del madridismo).




Es sólo un esbozo. El jaleo del pasillo de honor, manejado como excusa para descargar munición sobre el adversario y alimentar un rencor idiota, no es más que el último jalón de un largo camino de tradición en un género, el periodismo deportivo, con tendencias suizidas. Es una pena. Escribir sobre deporte podría ser el más digno de los oficios. Mejor que dedicarse a la cultura, o a la crónica de viajes. Pero los profesionales del género, la gran mayoría en todo caso, se empeñan en despreciar su propio oficio, en viciarlo y convertirlo en detritus.



Salvo honrosas excepciones. Muchas de ellas, cada vez más, refugiadas en Internet, el último reducto de los que creen, con fe testaruda, que otro periodismo deportivo es posible.