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28 de agosto de 2008

Los libros que no acabas

Repaso con detenimiento, en mitad de la calma chicha de un verano en la oficina, las notas críticas de Lector Ileso (I, II y III), un «diario de entusiasmos literarios subjetivos sin rigor», como lo define su propio autor. Y redescubro en muchas de sus críticas el placer libertario de abandonar los libros insufribles al cabo de las páginas. Me veo retratado en todos esos libros que a uno, sin saber muy bien por qué, le encandilan, le llevan de la mano desde el prólogo hasta la última palabra. Pero también percibo esa complicidad en la rendición, ese bajar los brazos cuando nos enfrentamos a un libro que no merece la pena.

De pequeños nos inculcaron, mal que bien, un vago sentido de la responsabilidad que nos apremiaba a terminar lo iniciado. Nos esforzamos por seguir esa pauta, también con la lectura. Luego, entre el descubrimiento personal y los consejos sabios de quienes amaban la literatura y sabían de qué iba esto, nos convencimos de que la vida es corta y hay tanto bueno por leer que perder el tiempo con párrafos que nada nos dicen es una insensatez. A pesar de que tu instinto esté desorientado y de que sesudas opiniones te encaminen hacia esas lecturas, lo mejor sigue siendo guiarte por tu olfato. Dejarte llevar. Y tal vez aquel libro cuya lectura dejaste varada en la página 237, vuelva un buen día al quicio de mente, a tu mesilla, a llamarte en busca de una reconciliación.

Cada vez que, como me sucede ahora, suelto lastre y dejo un libro que nada me aporta y comienzo otro que me deslumbra, me reencuentro con la felicidad de la lectura.

5 de agosto de 2008

Tetas y tártaros

Silvio ha tapado una teta y ha sacado las tropas a la calle. No está nada mal. Es toda una declaración de intenciones. "Aquí no pasamos una". Ni pechos desnudos en nuestros salones ni maleantes en nuestras plazas. Sólo pudorosos velos que oculten y machotes soldados que intimiden. Dos medidas que evidencian el encastillamiento del personaje, y la enajenación de un pueblo que se entrega a sus esquizofrénicas medidas como en una especie de aquelarre puritano.

No se entiende. No hay explicación posible para la política de frenopático de los italianos en los últimos, digamos, sesenta años. La única tesis salvable es que viven al margen de sus gobernantes, ajenos a la "cosa pública", como si hubieran interiorizado que las acciones y las decisiones de los mandamases no son cosa suya más allá de las esporádicas citas con las urnas.

Leo poco, pero leo. Por ejemplo, ahora, El desierto de los tártaros. Dino Buzzati, italiano, escribió la historia del suboficial Giovanni Drogo, destinado a la inhóspita fortaleza Bastiani y atrapado poco a poco por la inercia de las costumbres, el yugo de la jerarquía y la frustracción de las expectativas. Un clásico del siglo XX que relata también la obsesión, presente hoy en ese gesto gubernamental de ordenar a 3.000 reclutas a patrullar las ciudades, por la seguridad por encima de la libertad. En la fortaleza Bastiani no se recuerda actividad bélica alguna, y, sin embargo, todos temen la amenaza difusa de los tártaros, supuestamente agazapados tras las nieblas del ancho desierto que circunda el bastión. Hoy, para Silvio y su gobierno (y debo entender que también para el pueblo que les votó), la amenaza no son los tártaros, sino los carteristas, tal vez rumanos, tal vez albaneses. Ah, y los pechos. Esos sí que son peligrosos.