Mostrando entradas con la etiqueta David Monteagudo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta David Monteagudo. Mostrar todas las entradas

3 de marzo de 2010

Fin



Es extraño. Si de algo pecan estas notas portátiles es de no pisar tierra firme. A veces salen demasiado crípticas y uno no acaba de explicar muy bien en qué consiste el libro o la película reseñados. Y hoy, cuando lo elegante sería sólo sugerir, pasar de puntillas sobre la trama de Fin para salvaguardar su razón de ser, mi tentación es la opuesta: salir a vocear con pelos y señales el argumento de esta novela, trufar estos párrafos de espoileres con los que desventrar la propuesta de David Monteagudo.Y chafar la gracia para colmar el instinto.

Así que nos morderemos la lengua; y arrancaremos diciendo, por ejemplo, que todo es raro en esta novela, empezando por la osadía que su autor exhibe al desplegar una historia como esta, tan deliciosamente tramposa, tan capaz de fundir lo cotidiano y lo hiperbólico, lo pedestre y lo extraordinario.

Monteagudo, qué duda cabe, es ambicioso. Lo es al disparar los referentes direcciones tan opuestas que logra, página a página y eludiendo el artificio, sorprender a un lector que nunca sabe a ciencia cierta en qué terreno pisa. Como en El Jarama, lector y narrador se igualan, en tanto que conocen muy poco de unos personajes cuyo comportamiento, apariencia y expresión irán sirviendo para desvelar poco a poco cómo son y cuáles son los lazos que les unen.

Para un autor siempre existe la tentación de decantarse por lo sublime. Suele ser difícil vencer ese instinto que invita a demostrar lo mucho y bien que el narrador sabe narrar y lo redondos, compactos en su maldad, sevicia, heroicidad, ternura o ironía que pueden ser sus personajes. Monteagudo, sin embargo, tumba esas querencias entregando unos protagonistas tan vulgares, tan aburridamente banales, que finalmente no queda otra que rendirse a ese acierto: el contraste entre lo ordinario y lo insólito. Juntar a un grupo de personas que hace décadas fueron amigos y hoy ya no comparten nada. Plantarlos frente a una situación de incertidumbre y absurdo, un poco como en El ángel exterminador. Esperar sus reacciones; ser inmisericorde en el examen de sus respuestas, entre atolondradas y egoístas, a una amenaza exterior cuyo origen y posible solución sólo se nutren de conjeturas.

Existe toda una corriente académica que explica la historia de la humanidad a través de las catástrofes padecidas. Por medio de las respuestas que cada sociedad ha ido dando a situaciones de emergencia e incertidumbre, y en función de su posterior adaptación a futuros riesgos, muchos historiadores, antropólogos, sociólogos o comunicólogos se aproximan al modo en que se van construyendo los proyectos colectivos. Nos guste o no, la necesidad de interactuar, de organizarnos comunitariamente, viene dada por la exigencia de hacer frente a las amenazas. Es la manera en que nos desenvolvemos para responder entre todos a lo ignoto la que acaba por definirnos. Y casi siempre, como sugiere Monteagudo, salimos mal retratados en esa prueba.

2 de marzo de 2010

Lo real

De niño, elevaba la vista hacia las estanterías donde descansaban abigarrados los libros de mi familia. Parecía un mundo vetado: millones de palabras enredándose, bailando la danza infinita de los significados, dialogando en un lenguaje que daba miedo porque resultaba ajeno. Todos los libros parecían el mismo, todos ellos eran igualmente incomprensibles.

Pero pronto empezó a enfocarse la percepción de aquella amalgama. Comencé a distinguir entre los ensayos sesudos, los clásicos de la filosofía, la política y el mundo antiguo, que constituían la aportación de mi padre a aquella biblioteca, y las novelas y poemarios que pertenecían a mi madre. La grieta entre aquellos dos mundos, el de las ideas y el de las historias, el de lo real y lo ideal, fue expandiéndose a mis ojos.

Me decanté por el segundo. Desde entonces, se ha mantenido mi predilección por la novela, en una querencia que atribuyo a una necesidad de escapar de la realidad, o al menos de caminar por una vía paralela desde la que puedan avizorarse las cosas que pasan sin sufrir el tufo que desprende lo podrido.

Pero esa tendencia empieza a estancarse. Influido por la edad, las sugerencias o las obligaciones, últimamente me alejo de la narrativa para buscar, cada vez con mayor frecuencia, ensayos y obras académicas. Como una manera, intuyo, de aferrarme al suelo que piso en un momento en que domina la sensación de que cada día que pasa uno es más ignorante sobre lo que sucede a su alrededor. Sobre cómo funciona el mundo y cómo nos movemos nosotros sobre él.

Quizá por todo ello, con el fin de evitar el pesimismo, para curarnos un poco del mal de la realidad, a veces hay que regresar a las novelas, como quien abre las ventanas y ventila. Aunque a los cinco minutos vuelvas a cerrarlas.