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21 de diciembre de 2009

La lluvia en Brighton (Vila-Matas)


Semejanza vanidosa. Yo también escribí en mi cabeza lo que sería descorrer esas cortinas y ver la lluvia sobre aquella playa. Luego lo viví con la sensación de que la realidad jugaba a desmentirme o a bailarme el agua hasta que me di de bruces con el chicharrero del verano de Madrid y todo se acabó, no de súbito, como lo hacen los sueños o los cuentos, sino perezosamente, como ocurre, supongo, en la vida:



Nos han instruido mucho acerca del mundo, pero en realidad no han sabido explicarnos nada. Porque no hay una explicación. Es una buena razón para dedicarse al arte, mostrar el absoluto misterio de las cosas.
Ahora bien, quienes debemos mostrar ese misterio constituimos también un misterio para nosotros mismos. Recuerdo una tarde en Lima, en un café de las afueras. Alguien dijo a mi lado: "Conocerse será siempre el problema de todos los hombres". Pensé que la frase, que era muy justa, no agotaba los problemas ni los enigmas. Veo un misterio en todo. Por ejemplo, en mi insistente tendencia a escribir los viajes antes de hacerlos y luego llevarlos a cabo lo más parecido a cómo los he escrito. En una primera etapa, esta tendencia me parecía una excentricidad. Ahora, un enigma.
Recuerdo, hace meses, haber ido a Brighton habiendo escrito previamente parte de lo que allí viviría. Había leído que el tiempo sería lluvioso y había visto en internet los tonos azulados de las cortinas de los cuartos del hotel donde me hospedaría. Gracias a esta sabiduría previa, construí y escribí una sencilla secuencia que ocurría nada más llegar a mi habitación. Escribí que entraba en mi cuarto y me invadía una angustia que iba en aumento a medida que me acercaba a la ventana para ver cómo caía la lluvia sobre la larga playa de Brighton. La lluvia parecía calar en lo más hondo de mi destino. Movía entonces, con gran desesperación, la cortina de tonos azulados, y después me entregaba a unos pensamientos (también los llevaba escritos) agrios y profundos.
En la melancólica ciudad inglesa sucedió todo tal como había previsto (escrito, quiero decir), salvo el momento de angustia metafísica al mover con desesperación la cortina. Ahí debo decir que la desesperación, en contra de lo que tenía escrito, tuve que fingirla, lo que me hizo confirmar que no siempre que la ocasión lo requiere es fácil estar desesperado.
Me acuerdo de cuando allí en Brighton, algo más tarde, sentí la fatiga de estar pensando tan rutinariamente todo lo que ya llevaba escrito Y también de cuando me escapé del guión y pasé a modificar los aspectos más ásperos de lo que pensaba, y surgieron entonces otros pensamientos. Muy diferentes. Portentosos. Reparé en que no habría llegado hasta ellos de no haber seguido tan fielmente, hasta aquel momento, el guión que yo mismo me había escrito. O sea que me había ido bien permanecer fiel por un rato a la monotonía de aquello a lo que, por iniciativa propia, me había predestinado, porque gracias a esto había accedido, en una segunda etapa, a la sorpresa de ciertos pensamientos diferentes y portentosos, inesperados.
Pensé también en la época en la que la manía de escribir mis viajes antes de hacerlos me parecía tan sólo una extravagancia. Y también en el día en que unas frases de Ulrich Plass me hicieron ver que la manía era enigmática, pero no absurda e insustancial: "Es factible ver la biografía de Kafka como un experimento que puede resumirse en una pregunta formulada a modo de quiasmo: ¿puedo vivir mi vida de tal forma que cada una de las experiencias vividas se transformará en escritura, y puedo escribir de tal forma que toda mi escritura tendrá un impacto experiencial transformativo en cómo vivo?"
Comprendí que nada tenía de singular mi disposición a incidir con la escritura en mi vida, y transformarla. Y pensé en algo con una cierta carga heroica que le había oído decir al rapero Juan Manuel Montilla, El Langui: "Creo en el destino, que está ahí, pero ha sido con mi carácter y mi voluntad como he ido trabajando para crear otro destino".
Y también me acordé de Robert Musil que decía que si existe el sentido de la realidad, debe existir también el de la posibilidad: "Si al que posee el sentido de la posibilidad se le demuestra que una cosa es tal como es, entonces piensa: probablemente podría ser también de otra manera"
Desde entonces, el sentido de la posibilidad me señala que mi escritura no sólo puede intervenir en lo que vivo, sino también transformarlo, intervenir en lo que piense, tal como sucedió el día de Brighton después de mover los cortinajes.
Es verdad que solemos no conocer nuestros propios defectos, pero también lo es que muy pocos conocen sus propias virtudes. A veces hay en nosotros vetas de oro cuya existencia desconocíamos. ¿Y si una de esas vetas ocultas en cada uno de nosotros fuera, por ejemplo, una asombrosa capacidad para que nuestra escritura tenga un "impacto experiencial transformativo" en lo que pensamos?
Como estoy viendo que se puede llegar a lo nuevo a través de pensamientos previamente escritos, voy a escribir lo que haré y pensaré mañana por la mañana cuando baje con mis zapatillas de Muji al supermercado pakistaní a comprar café y me ponga entonces a pensar que una buena razón para dedicarse al arte es mostrar el absoluto misterio de las cosas...
Ya veo que mañana actuaré según el designio de lo escrito y lo pensado aquí mismo, unas líneas más arriba, y que me quedaré a la espera de que me entre la fatiga de la rutina de lo predestinado y me sea dado entrar de nuevo en el espacio de los pensamientos insólitos, prodigiosos; es decir, ya veo que mañana me quedaré a la espera de entrar de nuevo en una esfera del tiempo no prevista por los designios divinos y quizás trate ahí de buscar un fuego, un vuelo, un espíritu constructor, que nunca debí dar por perdidos. Pero eso lo haré mañana, hoy no. Hoy me quedaré pensando un rato en todo lo que no comprendo. Será mañana cuando vuelva a manipular el material de alto riesgo de la vida. Y será formidable saber que todavía trabajo para crearme otro destino.


26 de enero de 2009

Portátiles

No sé si es un gesto premeditado, o si se trata de algo que obedece al bíblico empeño de Anagrama por distribuir una colección en la que la relación entre calidad literaria y presentación es inversamente proporcional: cada vez mejores firmas, cada vez apuestas más sólidas, cada vez más prestigio, pero cada vez peores libros, peor encuadernados, peor impresos, menos manejables.

Tengo entre manos una de esas joyas leves del catálogo de Herralde: Historia abreviada de la literatura portátil. Fascinado por el vilamatismo, tiendo a atribuir a un detalle editorial el hecho de que en muchas de sus páginas algunas palabras estén semiborradas, como en proceso de desaparición, como la escritura del barcelones: siempre al borde de la huída. 

Historia... prefigura la evolución posterior de la escritura de Vila-Matas: todos los temas recurrentes que gravitan en sus últimas y aclamadas obras están, condensadas, en esta breve vindicación de la brevedad como el tótem del arte. Para mí, se trata de un trazo menor, en comparación con, por ejemplo, El mal de Montano. Pero la esencia es visible. No sé en qué lugar he leído (creo que en Bolaño salvaje) que autores como Bolaño, Vila-Matas, Borges o, en cierta medida, Auster y Marías, son escritores de proyecto. No se plantean su obra como departamentos estancos, una habitación que se cierra para poder abrir otra, sino una casa sin puertas por donde transitar. Un aliento, un tono, una misma temática, caminan, diagonalmente, por sus distintas obras. Aunque, como es el caso de Vila-Matas, éstas tiendan a esfumarse, al final hay una misma bruma donde todos los personajes se funden en un abrazo, y todas sus tramas se entrelazan en mitad de la niebla.

2 de enero de 2009

Libros de fin de año

A vuelapluma, un repaso a los libros leídos en las últimas semanas:


1) Me Voy, de Jean Echenoz. Contemporánea novela de aventuras, que respira, en el transfondo, una saudade muy pesimista, a la francesa, con ese aliento nihilista que implica desprenderse de todo lo que nos preocupa, lo que nos hiere. El hombre del XXI, extraviado ante tantas opciones.

2) Suicidios ejemplares, de Vila-Matas. Soy cada vez más adicto a la escritura voluble y genial del barcelonés. Este volumen de relatos publicado hace dieciocho años es un precursor de la obsesiva Doctor Pasavento en esa búsqueda de la desaparición. 

3) Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro. Me gustan más sus cuentos. Bastante más. Esta colección de pecios inclasificables del peruano contiene alguna reflexión deslumbrante, pero el conjunto, además de deslavazado, es un quejido pequeñoburgués del que me distraigo con frecuencia. Ribeyro es mejor cuando pone el ojo en los perdedores, en el lumpen.

2 de diciembre de 2008

Desaparecer



Como Rosario Girondo, el narrador de El Mal de Montano, a veces ambiciono desaparecer. Como él, a veces creo haber enfermado de literatura. Como él,  hay días en que no le recomendaría leer ni a mi peor enemigo. 

Recuerdo el día en que mi profesora de lengua de octavo nos obligó a escoger un libro de cualquier noventaychista y comentarlo después en clase. Elegí Unamuno. Niebla. ¿Por qué? Ni idea. Me sonaba bien el nombre. Pero mentí, improvisé una respuesta demasiado engolada para mi edad, un retruécano intelectual que abundaba en el desencanto de la pérdida de las colonias ultramarinas y de ay, nos duele España y toda esa farándula. Falso. Me decidí por Unamuno porque me sonaba bien el nombre, Unamuno, tenía como una música. Nada más allá. Si hubiera escogido con conocimiento de causa, me habría decantado por Baroja o por Valle o por Machado, seguramente apuestas más seguras de acuerdo con mi edad. Unamuno, en cambio, es una bomba de relojería para un aprendiz de letraherido, no tanto por la introspección metafísica cuanto por el abuso de la metaliteratura y del disloque del discurso lineal. Nada le gusta más a quien gusta de juntar palabras que asomarse al taller donde las juntan otros. Pero es peligrosísimo. Vila-Matas lo sabe y no sólo lo sabe sino que ha combatido por la causa arrojando una obra que va, como en un parchís, de casilla en casilla por las estaciones de la obsesión literaria. Hay de todo en la obra del catalán: escritores que no escriben, escritores que anhelan la desaparición, escritores tocados por el mal de Montano de la literatura, escritores que conspiran por lunáticas revoluciones. Y lectores, muchísimos, entrañables y temibles. Y lecturas. Un aluvión de citas, referencias, notas al pie, una erudición bastísima y una ironía gloriosa. Y la angustia latente que acompaña a la sabiduría. 

Regresamos, así, a Unamuno, para cuadrar el círculo: también guardo un recuerdo agridulce de San Manuel Bueno, Mártir, y las referencias que hallé allí, como un fogonazo brutal, al hecho de que cuanto más sabemos del mundo y del hombre, cuantas más certezas atesoramos, más cancha le damos a la tristeza. «La imbecilidad es un pasaporte para la felicidad», viene a decir aquella novela, con un pesimismo existencialista que en manos del adolescente que yo era podía ser una verdad demoledora, algo que podía tirar por tierra cualquier ambición por aprender, viajar, descubrir cosas nuevas, dejarse deslumbrar. Menos mal que el tiempo quitó razones a Unamuno y se las da ahora a Vila-Matas. El mal de Montano, la adicción a la literatura, no se cura, es crónico y puede acabar siendo letal. Pero siempre merece la pena.

28 de noviembre de 2008

Bálsamo

Igual el modo de paliar la abulia es escribir. Simplemente: lo que te ocurre, lo que te rodea. Mientras reencuentro energías para hacerlo, distraigo estos días atribulados con lectura y música. 

Dos canciones me obsesionan ahora:


tell me what it is, it isn’t fair 
but I’m wasting time, cos it isn’t my heart, it isn’t my fault
and every situation understands, well
the anecdote of chasing the locations to your doors 
’cos I’m wasting time, I’m wasting money again 
and all the cigarettes that I have never smoked 
and all the letters that I have never sent 
he was sitting by the swimming pool
but he was scared, ’cos it wasn’t his time and it wasn’t his chance
getting older’s not been on my plans 
but it’s never late, it’s never late enough for me to stay
’cos I’m wasting time, I’m wasting money again 
and all the cigarettes that I have never smoked 
and all the letters that I have never sent



'Copenhague', de Vetusta Morla


El corría, nunca le enseñaron a andar se fue,  
tras luces palidas  
Ella huia de espejismos y horas de mar  
Aeropouertos unos vienen otros  
se van igual que Alicias en ciudad  
El valor para marcharse el miedo a llegar  
 
Llueve en el canal la corriente  
enseña el camino hacia el mar  
Todos duermen ya  
Dejarse llevar suena demasiado bien  
Jugar al azar  
Nunca saber donde puedes terminar o empezar  
 
Un instante mientras los turistas se van  
Un tren de madrugada consiguió  
trazar la frontera entre siempre o jamás  Letra de Copenhague - Vetusta Morla - sitiodeletras.com
 
Llueve en el canal la corriente  
enseña el camino hacia el mar  
Todos duermen ya  
Dejarse llevar suena demasido bien  
Jugar al azar  
Nunca saber donde puedes terminar o empezar  
o empezar  
 
Ella duerme tras el vendaval  
se quito la ropa, sueña con despertar  
en otro tiempo y en otra ciudad  
Dejarse llevar  
Suena demasiado bien  
Jugar al azar nunca saber  
donde puedes terminar o empezar  
terminar o empezar  
terminar o empezar




Y un libro, que acabo de terminar: 'El mal de Montano', de Vila-Matas


A veces, los libros, la música, el cine, no son más que un modo de mitigar la angustia, un paréntesis en mitad de la nevada. Un bálsamo con el que aliviar la espera, la mediocridad de los días que te gustaría difuminar para que mueran cuanto antes.