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28 de agosto de 2008

Los libros que no acabas

Repaso con detenimiento, en mitad de la calma chicha de un verano en la oficina, las notas críticas de Lector Ileso (I, II y III), un «diario de entusiasmos literarios subjetivos sin rigor», como lo define su propio autor. Y redescubro en muchas de sus críticas el placer libertario de abandonar los libros insufribles al cabo de las páginas. Me veo retratado en todos esos libros que a uno, sin saber muy bien por qué, le encandilan, le llevan de la mano desde el prólogo hasta la última palabra. Pero también percibo esa complicidad en la rendición, ese bajar los brazos cuando nos enfrentamos a un libro que no merece la pena.

De pequeños nos inculcaron, mal que bien, un vago sentido de la responsabilidad que nos apremiaba a terminar lo iniciado. Nos esforzamos por seguir esa pauta, también con la lectura. Luego, entre el descubrimiento personal y los consejos sabios de quienes amaban la literatura y sabían de qué iba esto, nos convencimos de que la vida es corta y hay tanto bueno por leer que perder el tiempo con párrafos que nada nos dicen es una insensatez. A pesar de que tu instinto esté desorientado y de que sesudas opiniones te encaminen hacia esas lecturas, lo mejor sigue siendo guiarte por tu olfato. Dejarte llevar. Y tal vez aquel libro cuya lectura dejaste varada en la página 237, vuelva un buen día al quicio de mente, a tu mesilla, a llamarte en busca de una reconciliación.

Cada vez que, como me sucede ahora, suelto lastre y dejo un libro que nada me aporta y comienzo otro que me deslumbra, me reencuentro con la felicidad de la lectura.

8 de febrero de 2008

Todos se meten

Kirsten Dunst también ha ingresado en un centro de desintoxicación. La noticia no llegaría por los cauces comunes a este blog si no fuera por ese "también" deslizado en la frase. Escribo de memoria, pero en el último mes y medio se murieron o se dejaron morir Brad Renfro y Heath Ledger, y han ingresado o reingresado en centros de rehabilitación Eva Mendes, Britney Spears y Kirsten Dunst. Una plaga de drogotas hollywoodienses se extiende ruidosamente por la Meca del celuloide. Y, sospecho, hay un nutrido grupo de yonquis hiperfamosos que también crece sin que se entere el gran público.

Tiendo a mirar con recelo este nuevo periodismo de couché (véase Cuore o el extinto Tomate), que hace del vapuleo al famosillo su razón de ser. Prefiero a Bob Pop, que firma en Público una página diaria su vitrina de celebridades esperpénticas y peripatéticas. Por mucho que se empeñen en justificar algunos, no es equiparable los perfiles de Marilyn y otros a cargo de Capote que la crítica despiadada, morbosa y simple que menudea en la tele de hoy.

Me gusta Bob Pop (que también escribe para 20minutos), porque es culto, y no aprovecha esa virtud para menospreciar a los mounstros perfectos que retrata cada día, sino para contar que hasta los dioses del celuloide son terriblemente humanos, tan humanos que, a fuerza de que entre todos les veneremos, han terminado creyéndose invencibles. Y no se puede ser más vulnerable que cuando crees que nada te puede herir.