15 de octubre de 2016

Leer como un profesor



Una pista esencial para distinguir cuanto antes a un buen lector de uno malo es cuestionarle sobre qué busca cuando abre un libro. Si su primera respuesta es algo así como "que sea original, que me cuente una historia", entonces es muy posible que sea un mal lector. Puede haber excepciones, pero este test rápido casi siempre da en la diana: alguien acostumbrado a leer bien no lee para que una historia le sorprenda. Por dos motivos, que son el mismo aunque puedan parecer complementarios:

a) El primero es que todas las historias ya están escritas.

«En cierto nivel, cualquiera que escriba algo sabe que la pura originalidad es imposible. Mires donde mires, el terreno ha sido transitado. Así que suspiras y montas tu tienda donde puedes, a sabiendas de que otros han pasado por allí [...]. Si el escritor es bueno, lo que ocurre no es que la obra resulta poco original o trivial sino justamente lo contrario: gana profundidad y resonancia gracias a los ecos de los textos previos, y densidad gracias al uso acumulativo de ciertos modelos y tendencias básicos».

Este razonamiento es la razón de ser del ensayo Leer como un profesor, de Thomas C. Foster, en el que este maestro de instituto y universidad adorna su amor por los libros con aquello que convierte a un profesor de literatura en un buen profesor de literatura: no proporciona respuestas fáciles y no pretende que sus alumnos se las den, sabe que la literatura es un universo inabarcable y que por tanto está sujeto a la refutación y a la perspectiva, al guiño y a la fobia. Sabe que es un territorio de libertad en el que caben pistas pero no atajos. O sea, que no es un viaje ni fácil ni cómodo, pero siempre merece la pena.

¿Y cómo se transmite todo eso? ¿Cómo hacer entender que esa complejidad no está reñida con el disfrute? La propuesta de Foster, como maestro, es eminentemente didáctica. Con la riada de ejemplos que utiliza en esta especie de manual para nerds de instituto y letraheridos, el profesor abona la idea de que la originalidad de una obra reside en su capacidad para transmutar los símbolos en los que todos nos reconocemos a contextos nuevos.

b) El segundo motivo es que solo hay una historia.
«Supongo que la historia única, la ur-historia, trata de nosotros mismos, de lo que significa pertenecer al género humano. [...] El pertenecer al género humano abarca más o menos todo: nos preguntamos sobre el espacio y el tiempo y esta vida y la siguiente, cosas que, estoy seguro, ninguno de mis setters ingleses se ha puesto a considerar».

Da igual que pretendas explicarlos desde la astrofísica, como Stephen Hawking, o desde la novela negra, como Dashiell Hammett. Todo aquel que se pone a ello tiene como horizonte la pregunta básica de por qué el ser humano es como es. Lo único que hace es escoger por dónde transitará en busca de la respuesta. Y lo hará pertrechado de todo el corpus simbólico que le precedió: la religión (la Biblia como la historia de historias fundacional), la herencia grecorromana, los fenómenos geográficos (ríos, montañas, océanos, desiertos, ciudades), o meteorológicos, el sexo, e incluso Shakespeare.
De esta manera, Foster nos lleva de la mano por decenas de modelos (tal vez demasiado ceñidos al ámbito anglosajón) para hacernos ver, por ejemplo, que cualquier relato que en el que esté presente un viaje nos remitirá a una búsqueda, que una comida en común será un acto de comunión, que un baño en un río o un personaje que camina bajo la lluvia son casi siempre metáforas de un bautismo (o un renacimiento), o que los pájaros que vuelan nos remiten ciertamente a la libertad
Todos ellos son resortes en los que los autores se apoyan, con diversos grados de conciencia, para construir sus propios relatos. Está en nuestra mano interpretarlos, colorear la experiencia feliz de emprender una lectura sabiendo que, como resume el profesor Foster, «una obra completamente original, que no debiera nada a sus predecesoras, carecería a tal punto de lo familiar que desconcertaría sus lectores».



19 de enero de 2015

HHhH


No creo en la escritura como una suerte de inspiración permanente. Todos los artistas son sobre todo artesanos que explotan unas cualidades más o menos acentuadas. En la mayor parte de los casos, son gente que ha sabido gestionar con relativa soltura un buen patrimonio narrativo. Con cada nueva obra van diseminando ese patrimonio, alambicando el producto para explorar en la medida de lo posible las vetas que aún permanezcan intactas.

En el otro extremo estamos los demás. Esa coletilla tan extendida de que todos tenemos al menos una novela dentro, más allá de lo naif o paulocoelhiano que pueda sonar, tiene su parte de verdad. No en términos de experiencia vivida, pero sí en cuanto a que, por gañán que uno sea, siempre hay determinados acontecimientos o testimonios que a uno lo marcan y sobre los se queda cavilando durante mucho tiempo, casi siempre incapaz de encontrar un cauce para expresarlos debidamente.

A Laurent Binet, si hacemos caso a lo que escribe en HHhH, la historia del atentado contra Reinhard Heydrich, el Carnicero de Praga, arquitecto fundamental del Holocausto y promotor de la Solución Final para el exterminio judio, le rondó la cabeza durante años. Por lo que deja entrever en el relato, la crónica de este suceso histórico le fue legada muy temprano: su padre, historiador de izquierdas, debió preocuparse por que el joven Laurent supiese de este tipo de cosas para alimentar su base de conocimientos y fomentar en él una sensibilidad antifascista. La propia biografía de Laurent, residente en la República Checa, hizo el resto. Y ahí quedó, gestándose lentamente en la cabeza de Binet, la historia de cómo dos soldados de la resistencia checoslovaca, Jan Kubiš y Jozef Gabčík, atentaron contra uno de los hombres más poderosos del III Reich de una manera asombrosa, simple pero cargada de heroísmo. 

Aunque a Binet puede que se le vaya la mano en el subrayado de aquel heroísmo y de quienes lo hicieron posible, HHhH sí consigue transmitir la carga legendaria de aquel 27 de mayo de 1942 en el que el cerebro de Himmler (a Heydrich se le tenía por el verdadero hombre fuerte las SS, y de ahí el acrónimo alemán que da título a este libro: Himmlers Hirn heisst Heydrich, el cerebro de Himmler se llama Heydrich). Y buena parte de culpa en la creación de ese tono proverbial que empapa esta narración lo tiene la estructura que elige Binet, quien desde el primer párrafo se introduce a sí mismo como narrador y personaje del relato, haciéndonos ver que esta anécdota tan lejana ya en el tiempo y en el espacio, este hecho histórico casi menor dentro de la inmensidad monstruosa de la II Guerra Mundial y del régimen nazi, son parte de la vida de un francés treintañero que si alguna vez fabuló con convertirse en escritor nunca pudo prever el éxito de su primera obra publicada.

Si la literatura tiene algún poder, si alguna vez es pertinente, es porque consigue pulir el sedimento que el tiempo y el olvido van posando sobre las cosas que ocurrieron, y porque todo el mundo tiene a su alcance, como logró Binet, recodarlas, revivirlas.







Tomar partido


Me pasa con algunos autores: acostumbrado a hablar de oídas, a manejar cuatro tópicos culturales que camuflen una ausencia de lecturas, suelo fijarme en el personaje antes que en la obra. La mitomanía me empuja a acercarme a algunos de ellos por el tejado, esto es, por sus obras autobiográficas.
Ocurrió con Martin Amis, para bien. Leí Experiencia, y aunque no me pareció una obra imprescindible, sí me invitó a buscar otros trabajos suyos. Ese punto de vista cargado de sarcasmo, esa egolatría controlada y justificada, esa profusión de lecturas, de encuentros, de posicionamientos, de combate intelectual siempre en marcha, la exposición de la vida privada, supeditada casi siempre al servicio de la obra en curso... todos esos rasgos de la literatura de Amis están en sus memorias, aunque sea superficialmente.
Y todas esas características también se encuentran en Hitch-22, las confesiones y contradicciones que el colega de Amis, Christopher Hitchens, dejó compilado en un volumen de memorias polémico y combativo, como casi toda la actitud vital y bibliográfica del pensador británico.
Repaso notas de lectura y encuentro una cita que Hitchens atribuye a otra gigante malograda, Susan Sontag: "no se puede ser solo un poquito herético", recuerda él al referirse a la valentía dialéctica que demostró Sontag al criticar algunas posturas de la izquierda. Me parece que esa idea, la de que hay que mojarse hasta el cuello para defender los postulados en los que uno cree, es la que atraviesa (con sus pequeñas dosis de ternura y vulnerabilidad) este inventario vital de Hitchens.
Casi todos los libros de memorias pecan de una autoindulgencia excesiva, de una falsa modestia que en realidad pretende que el lector (un lector ya ganado para la causa, pero en fin) llegue al final de la obra con la sensación de que lo que acaba de leer merecía la pena ser escrito.
Parece que Hitchens se esfuerza en demostrar que en su caso es así: que su vida, su compromiso irredento con las decenas de causas que abrazó depara un balance que justifica el ejercicio memorialista. Es difícil contradecirle a medida que uno va dejándose llevar por el entusiasmo intelectual de un tipo que siempre sintió la necesidad de hablar claro y en voz alta sobre muchas cosas. Cosas inmesas y asuntos más livianos, pero siempre pertinentes, y siempre con una capacidad argumentativa que ya quisieran para sí muchos de quienes hacen de la argumentación su modo de vida.
En el tercer capítulo del libro, Hitchens recuerda cómo muy pronto, en la escuela, aprendió que las palabras podían ser un buen antídoto contra los abusos de profesores o compañeros, pero también de cómo, por una cuestión de egoísta supervivencia, él utilizó esas armas solo para defenderse a sí mismo y no a otros compañeros víctimas de abusos. Lo recuerda así:
"Es relativamente fácil entender que la gente quiera ejercer poder sobre los demás, pero lo que me fascinaba era ver cómo las víctimas se confabulaban en el asunto. Los abusones adquirían un escuadrón personal de aduladores con impresionante rapidez y facilidad. Cuanto más tiránico era el profesor, más de los que vivían aterrorizados por él corrían a aplacarlo y a anticipar sus cambios de humor. Los chicos pequeños que era poco populares o "impopulares" con la autoridad atraían rápidamente el desprecio y la irrisión de la mayoría. Todavía me estremezco al pensar en lo poco que hice para oponerme. Mi lengua se afiló sobre todo en mi defensa."
Esa lección temprana de darwinismo intelectual hubo de marcarle lo suficiente para que en el resto de su vida decidiera que dar la cara no puede ser una opción, sino una obligación, no solo en defensa de las ideas propias, sino también de quienes, teniendo la razón de su lado, no cuentan con los recursos (ni siquiera con los recursos críticos) para alzar la voz.

5 de enero de 2015

Concrete




Si jugásemos a eso de crear una nube de palabras sobre el guion de Locke, concrete, hormigón, aparecería en un lugar destacadísimo, Garamond 66 o algo así. El protagonista de esta cinta la repite como si constituyese su mantra. En el trayecto en coche que dura esta narración, cuando todo su micromundo se tambalea, él trata de aferrarse al volante y salvar cada nuevo contratiempo sin dar volantazos. Es como si en ese esfuerzo por asfaltar cada bache Locke pretendiera alcanzar un objetivo universal, una redención superior.

Locke, hombre recto, ingeniero, cabeza de familia, tuvo un desliz hace unos meses, y esa equivocación ha permanecido larvada hasta esta fría y lluviosa noche de invierno. Una noche en la que se desmorona todo lo que Locke tenía planeado para parchear su desliz. Justo cuando la realidad, que nunca es como el hormigón, erupciona a su manera: sin control, sin medida.

Pero él sigue conduciendo, con un destino claro, con una meta que debe alcanzar porque llegar a ese destino equivale a escoger el mal menor. La cámara le sigue durante este viaje nocturno, mientras el manos libres de su turismo arde con cada llamada que Locke recibe o efectúa. Los ochenta y cinco minutos de metraje, salvo un breve prólogo, los pasamos subidos junto a él en ese coche, descubriendo poco a poco cuál es el motivo que empuja a este hombre cabal a conducir sin pausa, pese a cada nueva llamada parece un llamamiento a tomar la siguiente salida o a cambiar de sentido.

Seguramente resulte imposible alcanzar una obra maestra jugando en un tablero tan marcado. Pero lo que sí puede intentar un creador es aproximarse a una obra perfecta, que no es lo mismo. Dicho de otra forma: las narraciones totalizadoras suelen ser más ricas, aunque más imperfectas. Dibujan un mundo y tratan de abarcarlo aunque siempre dan a entender que lo que uno tiene entre manos es el esbozo de ese intento.

Locke, por contra, es uno de esos relatos que cierran el foco hasta un punto de más díficil todavía. Un solo escenario, un único rostro, tres o cuatro tiros de cámara. Recortar el número de elementos para desarrollar la receta y exprimirlos hasta la esencia. Un juego arriesgado, pero también un ejercicio de estilo que, si sale bien, dice mucho de la capacidad de quien lo idea. O sea, aquí: Steven Knight.

20 de junio de 2013

Fundido a negro para James


Creo que me gustan las series de televisión por la misma razón por la que amo el fútbol. Ambas son pasiones cotidianas, pequeños escapes ritualizados para la apatía de la rutina. Madrugar un lunes compensa un poco más gracias a la promesa del último episodio de Juego de Tronos que vas a ver al llegar a casa. Lo mismo ocurre con el fútbol. Un hincha sabe que aunque la semana camine torcida, a la vuelta de la esquina le espera el domingo, el partido de su equipo, un caramelo de irrealidad con el que adormecer un ratito la conciencia. Convives así admirando a tus ídolos fútbolísticos, y odiándoles de vez en cuando. Así, semana tras semana, temporada tras temporada, hasta que el grado de identificación llega a ser tal que la retirada de un gran futbolista suele convocarnos al sentimentalismo y nosotros, machos alfa, nos permitimos un carraspeo y una lagrimita de homenaje.

En este terreno parece radicar el valor simbólico de Tony Soprano, y el consecuente duelo que muchos vivimos hoy al despedir al enorme James Gandolfini. Cuando terminó la serie en 2008, en aquel polémico fundido a negro, la sensación de orfandad fue demoledora, sobre todo porque el cierre en realidad no cerró nada. Nos despedimos de ella como solemos despedirnos de los seres queridos; sin alharacas, sin leyenda ni frases lapidarias. Por eso duele cuando la gente se muere, porque casi siempre hay cosas que se quedan sin decir y nos parece que el final es tan inoportuno.

Por más que Gandolfini fuera una estrella mediática, que lo era a su modo, su popularidad tuvo un sentido muy diferente a la de los grandes iconos cinematográficos. Una película, por estupenda que sea, no deja de ser un evento aislado. El propio acto de acudir a la sala de cine podría entenderse como un rito de celebración comunitaria, mientras que las series, como las novelas largas, se disfrutan muchas veces en solitario y casi siempre fragmentariamente, arrancándole minutos a la jornada. La fuerza de una serie (y Los Soprano fue LA serie) es su capacidad para entreverarse en el recorrido diario del espectador, y en ese territorio se imponen quienes son capaces de manejar los tiempos, sin la necesidad de deslumbrar en cada plano.

Gandolfini  tuvo la suerte de encontrarse con un papel, el de Tony, muy bien escrito, plagado de matices y contradicciones, pero hoy opino que sólo él fue capaz de dotarle de ese aire épico, de convertir a un criminal de poca monta en un personaje heróico. Trabajó como nadie la empatía, esa cualidad de nombre tan cursi que nos permitió comprender aunque no disculpar casi todos los excesos del hombre atormentado que interpretó. En ese arco entre el mafioso y el padre de familia en bata y calzoncillos, entre el vecino del quinto y el héroe crepuscular construyó un rol perdurable. Un mito del que enorgullecernos como generación.

15 de enero de 2013

Codiciar el Apocalipsis


Con todo lo mala que es, el estreno de Familia, en Telecinco, no deja de ser un acto casi  revolucionario. Como poco, reconozcamos que lanzar un drama familiar ambientado en el presente es hoy un gesto a contracorriente.
¿Por qué? Porque desde hace ya unos años, en España sólo se produce y consume ficción televisiva sobre el pasado. Las series familiares (Médico de familia, Los Serrano o Menudo es mi padre) y profesionales (Periodistas, Hospital Central, Los hombres de Paco) que reinaron en las últimas dos décadas han dejado paso últimamente a una corriente de dramas encargados de recrear épocas anteriores, ya sea desde un ángulo de idealización (Cuéntame cómo paso) o desde el puro folletín con una carga romántica (La Señora, La República, Amar en tiempos revueltos, Bandolera, El Secreto de Puente Viejo, y un largo etcétera).
El mensaje es nítido: ante un presente plomizo y atenazante, y con un horizonte aún peor, la alternativa es fijarse en el pretérito. No sabemos si por preferencias del público o por la secular tendencia conservadora de los programadores, pero la cosa es así; en España nos hemos decantado por la telenovela histórica.
Como en todas partes cuecen habas, en otros sitios la tele también anda huyendo de todo lo que huela a presente, aunque, por suerte, esa huida no siempre se hace hacia atrás. Ahí es donde entra en escena The Walking Dead.
De entre las múltiples lecturas que la serie de la AMC puede suscitar (muchas de las cuales están contenidas en la compilación Apocalipsis Zombi ya, de Errata Naturae) tiendo a quedarme con esa visión que interpreta la obra creada por Robert Kirkman como un universo en expansión, una narración circular en la que lo que menos importa es la peripecia de los protagonistas, quienes, vivan o mueran, siempre van a verse enfrentados a amenazas recurrentes. Lo medular aquí es el contexto: un mundo a la deriva donde las reglas se han quebrado y los supervivientes han de ir adaptándose a la nueva coyuntura para durar. Un día más en mitad del Apocalipsis.
The Walking Dead, casi en la estela de la mejor tradición del western, remite a un estrato primario del ser humano, donde la existencia desnuda su sofisticación y se ciñe a lo inmediato, a lo crucial. Ser valiente o conservador. Ser honesto o guardarse secretos. Ser solidario o egoístamente superviviente. Aunque en la vida cotidiana también solemos enfrentarnos a este tipo de dilemas, la vida en comunidad, civilizada, ha acabado tendiendo un manto de ficticia protección con el que olvidamos que en realidad somos alimañas compitiendo por una presa.
Aunque resulte poco ético mencionarlo, la verdad es que el Apocalipsis supone una oportunidad para subvertir el orden reinante; con la calle tomada por hordas de caminantes hambrientos de carne humana, las escalas sociales son fulminadas, nacen nuevas necesidades que demandan otros talentos ya no tan bien valorados como en el mundo civilizado. Un repartidor de pizza tiene más recursos que el director de una multinacional para sobrevivir en ese nuevo universo hostil, lleno de trampas y rico en atajos.
Podemos censurar a quien, harto de que las cosas estén como están, pide la llegada de un holocausto que lo derrumbe casi todo para empezar de cero. Pero si uno cree (y yo lo hago) que los relatos que se escriben y se consumen son un reflejo de nuestras ambiciones presentes, tanto la almibarada revisión de los Alcántara como la hecatombe de los walkers son fórmulas que nos recuerdan, a su manera, que no estamos demasiado satisfechos con el mundo real que hemos creado.

1 de enero de 2013

Homer y Langley


A veces, desde el sofá de casa, el mundo de ahí afuera parece un infierno del que habría que huir a toda costa. Uno sabe que estamos en el tiempo de las multipantallas, y sería fácil caer en el encantamiento y asumir que la vida que vives desde esas pantallas es algo más que una existencia vicaria. Los medios sirven para eso: para asimilar como experiencia real la elipsis que va desde tu pantalla y tu sofá al mundo de ahí afuera.
No es algo nuevo. Los periódicos también facilitaban ese mismo tránsito cuando los hermanos Homer y Langley vivían. La caricatura con la que se les terminó retratando, como los campeones del síndrome de Diógenes, solapó también una historia que simboliza como pocas la querella del hombre contemporáneo entre las servidumbres de la vida en sociedad y el ostracismo que acompaña a quien decide vivir a su aire.
Los hermanos Collyer, pertenecientes a una familia pudiente del Nueva York de principios del siglo XX, ganaron celebridad cuando, a la muerte de sus padres, fueron poco a poco convirtiendo su mansión del entonces selecto barrio de Harlem en un inmenso laberinto de cachivaches, basura y todos los miles de  periódicos que el excéntrico Langley encontraba para apilar en decenas de columnas por todas las estancias de la casa.
Homer se quedó ciego muy joven y, según el retrato de Doctorow, fue el hermano mayor, Langley, quien asumió su tutela. Combinando demencia con afecto, Langley se encargó de cuidar a su hermano desvalido de la mejor forma que supo: aislándolo de una sociedad que siempre tiende a arrinconar al dependiente y al raro. En su delirio, concibió  la Teoría de los Reemplazos, según la cual todo lo que ocurre ya ha sucedido con anterioridad y seguramente volverá a repetirse en un futuro, con matices variados. Por eso recopiló periódicos y periódicos, con la idea de escoger los eventos más relevantes de cada categoría y componer un sólo documento que sirviese a los futuros lectores para entender ese mundo loco de afuera sin tener que acudir cada día al quiosco a por su ración de acontecimientos rumiados. Un atajo para que gente como su hermano pudiera sentirse algo menos desorientado frente a la realidad.
Más allá del anecdotario y del relato costumbrista, en la novela Homer y Langley, E. L. Doctorow examina con ternura la peripecia vital de los Collyer. El escritor aprovecha la historia de estos parias para echar una mirada oblicua sobre un periodo de la vida americana cargado de acontecimientos. Como en una progresión inversa, mientras los grandes sucesos desfilan allá afuera (las guerras mundiales, el gansterismo de los años veinte y treinta, los hippies, la explosión de la radio y la tele,..), los Collyer emprender un proceso paralelo y gradual de enclaustramiento: poco a poco van arrinconándose, a medida que acumulan periódicos y trastos, paso a paso van cortando lazos con el exterior, van renunciando incluso a pagar las facturas de la luz, el agua o las basuras para no tener nada que deberle al mundo hostil. Dimiten de todo, se encapsulan hasta el límite definido a través de esa metáfora brutal que es la ceguera y la posterior sordera que padece Homer. Desasido de ojos y oídos, su único puente con el exterior es su hermano loco.
Hoy sabemos que cuando la policía decidió en 1947 agujerear el techo de la mansión para acceder a la casa de los Collyer, tardaron varias horas en hallar al pobre Homer, muerto de inanición. No obstante, a Langley no pudieron encontrarlo hasta varios días después, sepultado por un derrumbe de periódicos. Al final, en su combate por acordonar la realidad, aquella terminó por aplastarle.

20 de octubre de 2012

El Ficus

No fue la primera planta que tuvimos, pero que desde que iniciamos nuestra emancipación programamos hacernos un día con un ejemplar de especie. Es elegante, rotunda, esas hojas sencillas y enormes proclaman algo significativo. En el primer traslado, cuando de veras la convivencia pareció asentarse y hubo un hueco en el salón, adquirimos el ansiado ficus. Lo colocamos en un lugar prominente, bajo la ventana principal, para que fuera la primera en lucir. Pronto, nuestra desidia y su falta de aclimatación tras sucesivas mudanzas hicieron que sufriera. Pero fuimos cuidadosos, y sólo aquel esmero logró prolongar sus mejores años. La sensación de que un ficus así merecía el esfuerzo y los desvelos. Hubo un trance en el que creímos que lo peor había pasado. Entrada la primavera, la planta cogió color, y aunque algunas de las hojas más grandes amarilleaban, también brotó alguna nueva, verde, diminuta, al pie del tronco. Pareció la promesa de un restablecimiento, pero hoy, cuando la hemos guardado en una bolsa gris para tirarla al cubo de la basura, hemos confirmado que aquellos brotecillos no eran más que el canto del cisne.

- ¿Qué habremos hecho mal?, - se lamenta ella -.

"Casi todo", pienso. Quisimos curarla cuando todavía no estaba enferma. Terminamos contagiándole nuestro pesimismo, y, al final, ningún médico salva a un paciente al que ha convencido previamente de que lo suyo es incurable. Tampoco debió darle muchas esperanzas el ver cómo poblábamos el salón con nuevas plantas que parecían más sanas y más verdes. Aunque al poco tiempo también nos cansamos del resto de plantas y ya casi parecían un estorbo para el conjunto de la decoración. Algunas las fuimos regalando, mientras dejábamos al ficus en su lugar prominente, para que el sol terminara de ajarlo.

Proclamamos entonces, a quien quiso oírlo, que el ficus nunca terminó de adaptarse a nuestro modo de vida, y que lo mejor era podarlo lo más posible, recortar casi todo lo marchito para ver si revivía. Mentimos. Secretamente, sabíamos que la poda era la antesala de la muerte. Ahora el salón luce más amplio y más limpio, sólo con un par de plantas pequeñas que por supuesto no estorban tanto como el ficus. Ya pensaremos qué hacer con el estupendo hueco que ha quedado bajo la ventana.






28 de septiembre de 2012

Viaje

Tendemos (yo, al menos) a asociar la literatura con la contemplación y el aislamiento. El estereotipo es tan solemne que casi no admite réplica: la figura del lector, apalancado, abstraído de su contexto, refugiado del afuera entre las páginas. El complemento es esa imagen del escritor, todavía más mitificada: sentado en su escritorio, buscando el confinamiento y la quietud que propicien el flujo de la escritura.

Y sin embargo, la literatura es movimiento. Casi ningún relato puede prescindir de la experiencia, sea cual sea el grado de realidad que asuma. La experiencia mana del descubrimiento de otros lugares, del roce con otra gente y otros climas. Se puede conocer poco desde el sofá o desde el escritorio. Se puede imaginar aún menos si no hay de dónde empezar a divagar. Es una asunción que pocos escritores negarán en último término; un paradigma que impregna de principio a fin Australia. Un viaje, de Jorge Carrión.

En el verano de 2002, durante dos meses, Carrión recorrió de costa a costa aquella isla-continente con el propósito de husmear el rastro de la emigración española en Oceanía durante la dictadura franquista. Para un español, no hay ningún lugar en la tierra que represente mejor la lejanía del hogar que las antípodas: el continente australiano. Resulta que unos años después de la posguerra, los gobiernos de España y Australia gestionaron el éxodo de unos ocho mil españoles hasta Oceanía, fundamentalmente para cubrir la necesidad de mano de obra en las plantaciones de caña de azucar. Operación Canguro, lo llamaron. Algunos familiares del autor de Australia. Un viaje participaron en el programa y Carrión les visita y les entrevista, les obliga a hacer memoria y relatarse. Y, después, continúa viajando, sigue desplazándose en un puñado de semanas extenuantes, bordeando ese vastísimo continente como quien rastrea exhausto el mapa de su herencia genética. Viaja para conocer de dónde viene y para tratar de entenderse. Llega hasta los límites físicos, hasta la última frontera imaginable para un ibérico, hasta desvelar o reivindicar que el viaje (y no el turismo, que es un sucedáneo) es una secuela no traumática de la experiencia migrante. Que los grandes viajeros suelen provenir de familias que han incorporado el exilio a su ADN.

En esa tensión entre identidad y destino, entre irse y echar raíces, vive el ser humano peleado consigo mismo desde hace miles de años. Lo reflexiona el propio Carrión hacia el final del texto: si muchos animales, como los pájaros, encuentran en la migración repetida un significado de vida y de especie, por qué los hombres habrían de ser distintos. El propio mecanismo de la reproducción mamífera es un simulacro de huída, al nacer somos expulsados del útero materno y a partir de ese momento la vida es una pugna de emancipación frente al deseo de los progenitores de retenernos a su lado.

Todo eso nos cuenta Carrión en un libro en el que la escritura y el propio viaje que la alimenta brotan desde una misma actitud: la desmitificación de la figura del viajero, el afán por moldear el tránsito con las lecturas que lo enriquecen, sin perder la capacidad de asombro.

17 de julio de 2012

Madurar


Atribuyo a la censura y la cutrez del franquismo la enorme sequía editorial que debió vivir España décadas atrás. La consecuencia son centenares de obras imprescindibles, sobre todo anglosajonas, cuya traducción y edición en castellano quedó archivada hasta nueva orden. Todo para que ahora, pasado el tiempo y sacudida la caspa, asistamos a una proliferación de este tipo de rescates por parte de sellos pequeños como Libros del Asteroide, Impedimenta Libros del Silencio, por citar los más obvios. No son novelas canónicas, pero el vacío intelectual que rellena su publicación contribuye a hacernos, a los hispanohablantes, un poco menos ignorantes. Algo más libres.
La hoja plegada, de William Maxwelles la historia de dos chicos, de la amistad que forjan en su adolescencia, y de los problemas que sufren ambos para conservar esa amistad frente al contexto en el que viven, las putadas que dispone la vida, y, sobre todo, frente a ellos mismos.
Los niños (y, sobre todo, las niñas, me parece a mí) juegan a hacerse promesas de amistad eterna. No sé de qué  esquina profunda del subconsciente procede esa tendencia a buscar la amistad en la infancia. Debe ser antes que nada un instinto gremial, un acervo de pertenencia. A medida que uno se va haciendo mayor, descubre otros surcos donde plantar su identidad en comunicación con el otro. La pareja, el trabajo o las aficiones extravagantes nos van proporcionando ámbitos en los que saciar esa necesidad de contacto. Pero en la infancia y la adolescencia la amistad es el primer bastión conquistado con absoluta autonomía. Es la primera elección que uno hace conscientemente y por eso de pequeños queremos creer que seremos fieles a aquella primera toma de partida en nuestra vida. Después ya empiezan los vaivenes, las decepciones, mutamos tantas veces a lo largo de los años, necesitamos romper tantas lealtades para poder evolucionar, que ya no recordamos aquel nuclear juramento iniciático: "Amigos hasta la muerte".
Eso es más o menos lo que cuenta este libro: la ruptura de esa creencia en la invulnerabilidad de la primera amistad, el cataclismo sentimental que genera el primer desengaño, ya sea amoroso, fraternal o filial. Todos esos desengaños se condensan en La hoja plegada en la piel de Lymie, un chaval al que lo que más le gustaría es no tener una sensibilidad tan acentuada. Ser un duro, que es lo que muchas veces se confunde  con madurar: ir perdiendo capacidad de asombro. Los hombres no lloran, ya se sabe.

7 de julio de 2012

Gabo se va borrando


Consciente de la fragilidad de la memoria, el hombre primitivo empezó a emborronar las paredes de sus cuevas para intentar salvar algo del naufragio que el paso del tiempo provocaba. Es la primera actividad documentada en la que nos dimos a la tarea de recordar, dibujando el aquelarre de las memorias, para que los que vinieran después supieran que existimos y que éramos así o asá: un ciervo, la caza, el cortejo a la hembra, la camaradería grupal. Todo fijado con tinturas sobre la piedra, para la posteridad.
Desde entonces hemos aprendido a perfeccionar el procedimiento. Desarrollamos primero un lenguaje, que nos permitió transmitir nuestros anales boca a boca. Después inventamos la escritura, en un arranque genial que de repente nos dio la posibilidad de no tener que fiarlo todo a la memoria del oyente para garantizar la fidelidad al relato original.
Con el paso de los siglos, sofisticamos exponencialmente el sistema. Ideamos imprentas, en las que multiplicar el mensaje y hacerlo perdurable, fabricamos aparatos que captaban instantáneas fijas de la realidad; más tarde, grabadoras con las que capturar los sonidos y, por fin, también creamos  artilugios para la imagen y el movimiento.
Una evolución magnífica que no impide que a día de hoy sigamos usando los tres primeros sistemas para defender el bastión de la memoria: pintura, narración oral, escritura. A esta última ha entregado su vida entera Gabo. A dignificar y embellecer el ejercicio de la memoria a través de las palabras. La demencia senil parece el peor de los destinos para cualquiera, pero es un castigo especialmente cruel con quien durante décadas se ha dedicado a combatir al olvido párrafo a párrafo. Casi se puede decir que Gabo malogró su memoria de  tanto usarla, y que desde ahora vive lo que le resta condenado a caminar por ese laberinto lleno de ecos burlones, sin saber nunca qué atajo es real y cuál lleva a un callejón sin salida.
Lo más socorrido es acudir al lugar común y decir que nos quedan sus libros, pero esa es una verdad que ya sabíamos, porque morir, morimos todos, pero sólo a los más desafortunados se les extingue el cerebro mientras el cuerpo aún sigue dando guerra.
Mientras tanto, intentaré imaginarme a ese Gabo aferrándose a Aracataca. Pensaré en esa mente confusa caminando por el laberinto, barajando memorias verídicas y ficticias; recordando, por fin, el día en que su padre lo llevó a conocer el hielo y aspirando el olor de las almendras amargas que le recordaban siempre el destino de los amores contrariados.

21 de junio de 2012

Mineros

Hace ya dos años, pateé Madrid intentando contar la peor huelga de Metro que se recuerda. En los días que precedieron al lío también comprobé de primera mano cómo se iba cocinando un pulso entre autoridades y huelguistas que auguraba el desenlace tumultuoso que se produjo al final. Pese a ser convocada a principios del verano, aquellos dos o tres días sin suburbano trastocaron el ritmo de la ciudad.
En aquel momento casi nadie titubeó: menudearon expresiones como huelga salvaje, paro ilegal, chantaje. Todos nos convencimos de que la voluntad de unos pocos, por más que sus reivindicaciones fueran loables, no podía entorpecer la libertad o las comodidades de una gran mayoría. Después, durante aquel famoso paro de los controladores aéreos se dejaron caer comparaciones con la huelga de los maquinistas suburbanos; cuando en realidad poco tenían que ver ambos conflictos. No se debería poner en pie de igualdad la defensa de unos derechos con el empecinamiento en conservar unos privilegios flagrantes. 
Pero eso es harina de otro costal. Lo que me hace recordar hoy la huelga de los conductores del metro es el tratamiento que se les dio. Se parece mucho a la mirada que reciben hoy los mineros del norte, caricaturizados como un sector mortecino y engordado de subvenciones, cuya protesta se contempla como una cosa entre romántica y montaraz, pero anticuada, en todo caso.
Lo cierto es que, al igual que otras muchas realidades que parecían periclitadas, la gran depresión en la que estamos inmersos parece haber resucitado, aunque sólo sea encarnada en los mineros, una variante muy ortodoxa de la lucha obrera. 
Y, sin embargo, como ocurrió con el paro del Metro, nos sorprendemos ahora de que la indignación también acabe floreciendo en forma de violencia, cuando, objetivamente, ese tipo de respuestas en según qué circunstancias deben entenderse como una reacción natural. Desagradable, puede. Pero innata, sin duda. Poniéndonos demagogos, podríamos incluso afirmar que las huelgas son salvajes, o si no, son un sucedáneo. Las manifestaciones, los piquetes, los neumáticos ardiendo,... son estampas connaturales a una lucha obrera que por algo se llama lucha. No se trata de vindicar la violencia, sino de aclarar que la falta de horizontes, la desesperación total, también es un prolegómeno de esa violencia.
Las revueltas de los suburbios parisinos, o los disturbios que el pasado verano inflamaron varias ciudades británicas son hijas del desencanto, el hastío y la ausencia de oportunidades. Son comportamientos colectivos que, por radicales e inhumanos que luzcan, son explicablesLo que me sigue resultando incomprensible es la gratuidad con la que unos jóvenes de familia bien deciden prender fuego a una indigente en un cajero, just for fun



29 de febrero de 2012

Calderilla


#1 Los únicos sitios donde todavía encontrarás cabinas telefónicas son los intercambiadores de transporte. Quedan ahí como un vestigio de lo ineludible. Donde no llegan las otras cien posibilidades de comunicación que tienes hoy en día, permanece el viejo ritual de la moneda y la ranura; excavar en la memoria hasta recordar el número del otro.

#2 Ya nadie recuerda números de teléfono. La llamada de auxilio, el cobro revertido, el aviso que no admite demora. Para eso han quedado las cabinas.

#3 De camino al tren, llevo varias mañanas coincidiendo con un viejo que hurga en esas cabinas del AVE. Pertinaz, día tras día su mano acude al hueco de las monedas a la caza de unos céntimos descuidados por un cada vez más improbable usuario del teléfono público. No obstante, ahí está el viejo cada jornada deslizando dos dedos en el balde metálico, más como una inercia que como un gesto de esperanza.

#4 De niños, una tarde de verano mi tío nos tomó el pelo fingiendo que encontraba monedas olvidadas en una cabina del paseo marítimo. Paseábamos, y se detuvo de pronto frente al teléfono. Alargó la mano y un segundo después nos mostró el diminuto tesoro, las dos o tres monedas que obtuvo de su bolsillo y fingió descubrir en el teléfono para perpetrar la broma. Pareció tan fácil, tan mágico, que desde aquel día no paré de imitarle como un imbécil. Asaltaba todas las cabinas con las que me topaba, siempre con la renovada convicción de que aquella vez sí habría suerte. Creo que una vez sí encontré algo de chatarra y ese pequeño hallazgo me sirvió de coartada para seguir intentándolo tercamente. Es imbatible el gozo que proporciona una recompensa inmerecida y casual. Uno llega a convencerse de que ese regalo del azar le ha sido otorgado por ser él y no otro.

#5 Pienso en esa legitimidad autoinculcada después de haber visto Young adult, la película que ha vuelto a reunir a la guionista Diablo Cody y al realizador Jason Reitman. Mavis, la protagonista a la que da vida Charlize Theron, creció siendo una chica guapa y popular en un pueblo de paletos. Luego, se mudó a la ciudad y alcanzó un relativo éxito escribiendo relatos para niños (que ni siquiera firmaba). Ahora tiene todo lo que ansió de joven pero la noticia de que un antiguo novio ha sido padre viene a trastocar su composición de lugar. Por eso regresa por unos días a su pueblo, tratando de recrear el tiempo en que ella era la reina del baile. La realidad que encuentra es que todos la recuerdan, pero no la añoran precisamente. Han seguido con sus vidas, han evolucionado, mientras ella descubre, perpleja, que nada de lo que logró era lo que realmente ambicionaba.

#6 Igual que una niña caprichosa, Mavis está convencida de que los afectos que un día tuvo le siguen perteneciendo,como si fueran bienes adquiribles. Como si la amistad, el amor y el respeto de quienes te rodean no sean algo que se trabaja y se logra poco a poco, sino un simple tesoro que se gana hurgando en un teléfono público. Calderilla.

14 de diciembre de 2011

Tú antes molabas, Twitter

Hay síntomas irrefutables de que uno se hace mayor:

1) Apetece escuchar música clásica (tiene buena culpa de ello el podcast de Juego de espejos, de Radio Clásica).
2) Parece que las cosas ocurrieron anteayer, cuando en realidad pasaron hace mucho. Bastante.

Me doy cuenta de que no ha pasado tanto tiempo desde que pensé en emprender un estudio sobre cómo se construyen los acontecimientos informativos desde la presencia de Twitter en el imaginario de la comunicación. Y, cuando echo cuentas, descubro que ya hace dos años que me planteé aquella reflexión. Desde entonces, percibo que la masificación del uso de esta herramienta, su vocación totalizadora, ha arrasado las tesis que podíamos plantearnos hace, tan sólo 24 meses.

No sé si se debe a una sensación de hastío particularísima. Quise creer, como tantos otros, que Twitter podría ejercer una influencia decisiva en la ruptura del desequilibrio mediático. Por fin, parecía que una herramienta podía desatar, de una vez por todas, algo parecido a la horizontalidad en la construcción de los mensajes informativos.

La realidad, aunque sólo sea la realidad que yo percibo, es que los Trending Topics de hoy en día están dominados por el fútbol, la televisión y los grandes personajes mediáticos. Los grandes medios se han apropiado del espacio al incorporarlo a sus propias rutinas profesionales. De ese modo, han terminado por fagocitar también el mensaje. En Twitter se habla, mayoritariamente, de lo que ocurre no en la calle, sino en la televisión. Si revisas los TT de cualquier momento, los primeros lugares estarán ocupados por la broma del día, pero inmediatamente después apareceran nombres y asuntos vinculados al último invitado de El Hormiguero, el partido de Liga de esa jornada o, peor, La Noria o Sálvame.

Supongo que este era un proceso inevitable: al expandir la audiencia potencial, los mensajes tienden a excluir lo minoritario y la profundidad de los acontecimientos para quedarse en la superficie de los grandes titulares. O peor: el morbo, la polémica vacua, la discusión grotesca. Cada vez más Twitter es un espacio destinado a discutir la última salida de tono de un político, un cantante o un futbolista. El usuario sigue teniendo voz e interacción, pero los grandes medios, que han vuelto a llegar tarde a este pago, pretenden hacerse con las llaves de la casa.

Toda vez que ya ha logrado imponerse como la generadora de conversación en torno a los asuntos que interesan a la mayoría, la mejora definitiva de Twitter, su única evolución posible, deberá estar asociada a complacer a las minorías. De hecho, el triunfo de esta herramienta se debe a que potencia, como ninguna otra, la esencia viral de Internet. Pensémoslo mejor así: como una red en la que cada nodo es esencial para que todo el tejido se articule. No como un gran caudal al que los pequeños afluentes embocan para morir.

La breve historia sentimental de Twitter nos exige el esfuerzo necesario para no ceder este espacio. Para no consentir que los temas pequeños se asfixien bajo el peso de las mayúsculas.



6 de octubre de 2011

Steve Jobs y la revolución de los objetos

La Historia se convierte en una disciplina excitante, abierta a un horizonte de posibilidades, cuando uno se asoma a ella sin los corsés de la ortodoxia. En las aulas que yo conocí, el sistema pedagógico era unirideccional, sin más opción que la fijada por un temario que sabe Dios quién y cómo fue concebido. La Historia, por entonces (y me temo que todavía es así) se enseñaba como una sucesión de acontecimientos forjados en los palacios, dirimidos entre reyes, aristócratas, primeros ministros, jerarcas de la iglesia o generales a caballo. El pueblo llano siempre quedaba al fondo, como una masa gris e indeterminada, necesaria para apuntalar los cambios sociales, pero insignificante para los manuales.

Qué distinto sería poder aprender Historia virando la perspectiva, lejos de las guerras, los tratados o los golpes de estado. La historia de los hogares, por ejemplo. Hay un libro que ya tengo pedido para Navidad, En casa, una breve historia de la vida privada (Bill Bryson), que proporciona un repaso a cómo los objetos del hogar han determinado la evolución del ser humano tal y como lo conocemos hoy en día.

Quién duda de la repercusión que tuvieron cuando entraron en escena los automóviles, la lavadora, la radio, los retretes o las bombillas. Eran inventos geniales que se incorporaron a nuestro día a día y modificaron nuestra forma de comportarnos, tanto en el plano privado como en la esfera pública. Con ellos como aliados, el pueblo llano pudo seguir haciendo carburar el progreso de la humanidad.

En las últimas décadas, el protagonismo de los inventos lo han asumido las comunicaciones. En una sociedad hiperconectada, la comunicación ha sido encumbrada como el gran valor a explotar. Decenas de aparatejos nacen cada semana anunciando el advenimiento de un nuevo paso en la senda hacia la felicidad tecnológica. Muchos de los nuevos inventos mueren casi antes de ver la luz. Sólo unos pocos elegidos se asientan y consiguen hacerse un hueco en nuestros bolsillos. Y ahí, el campeón es Apple. Y su profeta, Steve Jobs.

Es paradigmático que la desaparición de un creador de productos se llore hoy como antaño se lloraron las muertes de las grandes estrellas de cine o los estadistas o los hombres de letras. Dice mucho de cómo construimos hoy en día el panteón de nuestras aspiraciones. Los grandes hombres son aquellos que consiguen imprimir una muesca en el devenir simbólico de la humanidad. Más allá de lo palpable.

El torrente informativo que desata la muerte de Jobs, los millones de obituarios que glosan su figura también nos da pistas de su impacto. Su legado no se registra en la fibra de carbono, la pantalla táctil o los bytes que componen físicamente esos artefactos perfectos y sutiles que Apple arroja cada tanto a una audiencia planetaria sedienta de nuevas aplicaciones. El pueblo llano, por fin, tenía acceso al cofre de los diamantes.

Sólo los dibujos animados (pienso en Wall-E, o en Cars) se atreven a otorgar identidad a los objetos, sobre todo a los tecnológicos. Pero esa es sin duda parte de la herencia de Steve Jobs. Él dotó a los gadgets de alma, los convirtió en tótems. Supo, quizás antes que nadie, que la tecnología entronca con el corazón de quien la usa. Que de tanto roce, los objetos acaban por incrustarse en nuestra piel, hacerse carne. Tal vez por eso una manzana, mordida, lo simbolice todo.

29 de septiembre de 2011

De mal en peor

O sea, Breaking Bad.

Si no leí antes Teleshakespeare, de Jorge Carrión, fue porque quería comprar la edición fetiche que vi en la Fnac. La que incluye camiseta. Pero se salía del presupuesto habitual y dudé durante semanas. Al final, el día que me decidí a comprarla solo tenían cajas con la talla L. La camiseta es guay, pero me queda como un saco. El libro, sin embargo, fits me pretty damn good. Un ensayo fanático que propone a la ficción televisiva actual como la heredera de la mejor tradición narrativa y como el referente para comprender un poco mejor el mundo en que vivimos sólo podía gustarme.
Carrión dibuja primero un acercamiento teórico al fenómeno de las teleseries y en la segunda parte del libro repasa en profundidad dieciocho de ellas, extrayendo lo más característico de cada una. Hay erudición, muchas citas, contexto histórico y social; pero, sobre todo, Teleshakespeare es una mirada muy subjetiva de Carrión a todas estas obras. La reseña más personal es tal vez la que dedica a Los Soprano. No en vano, la titula Doce apuntes para un ensayo sobre Los Soprano como tragedia que no escribiré. El cuarto apunte es revelador:

  • Dos dudas metódicas: ¿hasta qué punto puede aplicarse conceptos del pasado a lecturas del presente? ¿Dónde termina la interpretación y dónde empieza la sobreintrepretación?
O lo que es lo mismo: el ensayista sesudo se detiene un momento y se pregunta si no estará dejándose llevar por el amor incondicional del fan.
A mí me ocurre lo mismo. Por eso afronto el comentario sobre esa gran narconovela que es Breaking Bad desde el complejo de quien pretende reducir a unas cuántas líneas la totalidad de un artefacto retorcido, ambicioso y de largo aliento como es esta obra ideada por Vince Gilligan.
No perderé el tiempo con sinopsis. Wikipedia. Prefiero hacer como Jorge Carrión. Hablarle al fan.
Como en los momentos cumbres de Los Soprano, Breaking Bad empieza a revelarse como obra maestra no sólo por medio de escenas impactantes o pasajes estética y técnicamente sobresalientes. Como en las grandes novelas, como en la saga mafiosa de Tony Soprano y sus compinches de Nueva Jersey, en Breaking Bad algunas secuencias adquieren verdadera trascendencia no por su valor en sí mismas sino por todo lo que albergan tras esa fachada.
Esta cuarta temporada que está a punto de terminar (AMC ha emitido once de los trece capítulos previstos) se impone como la sublimación de ese arte de la elipsis y los sobreentendidos. Igual que durante muchos tramos de las últimas temporadas de Los Soprano nos bastaba con mirar la expresión de Carmela ante una nueva decepción con Tony para comprenderlo todo, en Breaking Bad percibimos toda la intención de cada gesto que Skyler dedica a Walter.
En cada giro patético de Mr. White encontramos la lógica de una deriva autodestructiva, todo un proceso de socavación personal (pero también de autodescubrimiento) que Bryan Cranston va destapando a medida que tiene que hacer frente a cada contratiempo. Cada acción que toma logra salvar por los pelos su endeble situación familiar y laboral (esas dos tramas que tanto le cuesta disociar, como a todo buen ciudadano, como a todo buen delincuente. Como a Tony Soprano). Pero cada decisión es un nuevo paso en falso que le sitúa en otra vez en el disparadero, cada vez más arrinconado. Un encajonamiento que se visualiza en el final del undécimo capítulo de esta temporada, cuando Walter rompe a reír de puro desesperado en el sótano de su casa, mientras la cámara se eleva y le va abandonando ahí tirado.
Ya ni siquiera esperamos un cliffhanger final que nos deje en vilo aguardando una quinta y probablemente última temporada. No necesitamos que Breaking Bad nos deje una vez más con la boca abierta. No hace falta que eche mano de un nuevo giro argumental que vire la trama hacia un horizonte de clausura. El efectismo de esta serie hace tiempo que sólo se reserva para un lenguaje visual saturado, excesivo, que subraya constantemente los detalles y los amplifica hasta la desmesura. Detrás de toda esa tramoya formal, la narrativa de esta obra maestra responde a toda una tradición. Es un clásico. Un eslabón más entre Dostoievski y Los Soprano.

28 de julio de 2011

Ira


Hoy, en mitad del sopor del tren de las tres y diez, en el vagón repleto y sin aire acondicionado, casi todos dormitábamos. Cada cual en su modorra, casi nadie estaba allí de verdad, en contra de lo que la física indicaba.

Sin venir a cuento, un tipo con impecable camisa blanca se puso a pegar gritos, a increpar a todos los que tenía a su alrededor y a golpear el suelo con una carpeta. Se levantó y comenzó a patrullar el vagón. De vez en cuando se arrancaba a insultar a diestro y siniestro. Entre su balbuceo, entendí algo así como que todos estábamos cuchicheando a sus espaldas, y que él no tenía miedo de nosotros, que éramos sólo unos mierdas y nos íbamos a enterar, porque él tenía muchas empresas y blablabá. Un par de estaciones después se apeó. Me pareció intuir un resoplido generalizado de alivio.

A priori, sólo un loco inofensivo. Un incordio transitorio para unos cuantos curritos que regresan a casa. Lo que pasa es que algo me dice que por debajo de la anécdota trivial late un miedo larvado, la certeza de que la tranquilidad cotidiana está hecha de un material quebradizo, tan sensible que cualquier devaneo puede arruinarlo todo.

En un par de horas, cualquier loco puede reinstaurar el infierno en mitad del estado del bienestar. Es fácil. Ni siquiera se requiere un gran arrojo. Basta con ser más o menos minucioso a la hora de escoger el objetivo si se pretende hacer verdadero daño. Brevik preparó concienzudamente su ataque homicida, pero en realidad el éxito macabro de su plan fue resultado de una cadena de coincidencias. Un cúmulo de descuidos o negligencias que responden, más que nada, a la ausencia de amenaza. Sólo se relajan las precauciones en dos escenarios: cuando uno vive en el riesgo perpetuo o cuando uno vive en el plácido y tedioso bienestar. El caso noruego. Esta es la mayor masacre sufrida en su territorio desde la II Guerra Mundial. La gran mayoría de los nórdicos no conocen la amenaza terrorista, no perciben el miedo a los grupúsculos que conspiran para derribar el sistema. No tienen un horizonte de odio racial o de diferencias socioeconómicas, que son, a priori, el perfecto caldo de cultivo para el fanatismo. Lo ocurrido, sin embargo, desmiente en gran parte esa teoría. El terror también puede provenir de nosotros mismos. Las ideas envenenadas también se cuecen en las mentes de nuestros hijos.

El golpe de Breivik tiene todas las señas de identidad de la amenaza que nos espera en las próximas décadas. Si un solo hombre, uno como nosotros, puede sembrar tanto dolor en tan poco tiempo, el ciudadano de hoy no tiene ya dónde parapetarse. Continuamente expuestos, aprenderemos a vivir bajo esa amenaza constante o nos volveremos locos. Paranoicos que sospechan del vecino del quinto, del rarito solitario que siempre coge el metro a menos veinte.

Sin querer, regresamos a los mitos. Al hombre del saco. A Jack The Ripper. La literatura y el cine se nutren sin parar de ese miedo arraigado que tenemos a que un perturbado elija el peor momento y el peor lugar para cruzarse en la vida cotidiana de cualquiera de nosotros. Material narrativo archimanido que, sin embargo sigue siendo eficaz. Sigue provocando la misma ansiedad que el primer día. Para disfrutarlo, vean Luther, de la BBC. Para analizarlo amargamente, lean El país del miedo, de Isaac Rosa.

21 de julio de 2011

Todos son iguales


La endogamia es un mal inevitable en cualquier actividad. Sobre todo si esa realidad se observa desde fuera, con el escrutinio del entomólogo: detectando deficiencias, brechas en el sistema, vicios que funcionan como quistes malignos y que el propio sistema no reconoce como un potencial peligro para su supervivencia. Un proceso idéntico al de las células que tardan en reconocer cuáles de ellas están afectadas por un cáncer, hasta que la metástasis es irreversible.

Si aplicamos una mirada demagógica y superficial, la ecuación es sencilla: todos los políticos son corruptos; todos los taxistas, unos plastas; los futbolistas, vanidosos; los periodistas,... mejor me callo.

Por eso, uno imagina lo distinto que puede ser un mismo ecosistema contemplado desde dos ángulos inversos. La deformación afecta a los dos puntos de vista, y probablemente ninguna de esas dos perspectivas nos permita completar un cuadro definido. Así miramos el affaire Camps. Nosotros, desde fuera. Desde dentro, los políticos: los adversarios con ansia vampírica, cuando no con una grotesca torpeza. Los acólitos, con benevolencia y paternalismo, o con la astucia necesaria para capear el vendaval de mierda una vez que se viene encima, como es el caso.

Si algo aporta la inestabilidad laboral es la oportunidad de contrastar muchas maneras de vivir. He trabajado en los ámbitos suficientes como para elaborar un catálogo propio de costumbres gremiales. He observado cómo la gente tiende a anclarse en sus puestos de trabajo, y a medida que va adquiriendo más pericia también va metiendo en la mochila de su bagaje demasiados vicios, tantas querencias distorsionadas que lo alejan del mundo, y, más aún, le hacen inconcebible la existencia de otros mundos.

Así imagino a Camps, encastillado en sus verdades, inmaculado por convencimiento propio y por cacareo general de colegas y votantes, hasta que la realidad y la justicia han llamado a la puerta de palacio. Así Zapatero, y Aznar, y Mourinho, y la alcaldesa de mi pueblo. Vivir en sociedad supone renunciar bastante a tu independencia de criterio para ir asumiendo el discurso de nuestros camaradas. Mandar, además, implica imponer ese discurso. Y creérselo mejor que nadie.

29 de mayo de 2011

#acampadasol

1. Hace unos meses tuve un profesor de estos que repiten una y otra vez las mismas ocurrencias intelectuales. Uno de estos que elaboran su discurso hollando sin parar el mismo argumento. Y a veces funciona. A veces logran que, de tanto escuchar la idea, el alumno la incorpore a su propio imaginario.
Una de esas cosas sobre las que este volvía cada dos por tres es la importancia de los festejos populares en la disputa del espacio público. Decía que las fiestas del pueblo no son solamente una exhibición de imágenes religiosas, un rancio retorno anual a las tradiciones o una mera excusa para ponerse hasta el culo. Son también, y sobre todo, un modo de recordarle al poder que estamos ahí. Son una apropiación del espacio público por parte de la gente. Por unos días, tomamos las calles para bailar y beber, para romper el orden establecido y rendirnos a los instintos. Sin cortapisas. Sin miedo a represalias.
Esto es lo que ha representado #acampadasol. Un recordatorio de que el pueblo, confinado en los centros comerciales y las urbanizaciones, también puede, de vez en cuando, tomar las plazas, forrar las paredes de consignas. Gritarle al poder que la calle es de todos.

2. Escribe Manuel Castells en Comunicación y poder (2010): "La crisis más importante de la democracia en las condiciones de la política mediática es el confinamiento de la democracia al ámbito institucional en una sociedad en la que el significado se produce en la esfera de los medios de comunicación. La democracia sólo puede reconstruirse en las condiciones específicas de la sociedad red si la sociedad civil, en su diversidad, puede romper barreras corporativas, burocráticas y tecnológicas de la construcción de imágenes sociales". O lo que es lo mismo: quienes, en el seno de #acampadasol, rechazan de pleno cualquier colaboración con los medios de comunicación, se equivocan. La propia acción de acampar en el corazón de la capital, en el kilómetro cero del país, es un acto mediático, que busca la mayor repercusión posible. La batalla política, como recuerda Castells en muchos pasajes de este manual imprescindible, se ha librado siempre en los medios de comunicación. Y hoy más que nunca.

3. Hoy, esa apropiación del espacio público se da, no sólo en las plazas, sino también, y sobre todo, en la red. En la medida en que el movimiento #15M sea capaz de articular su discurso en red (y parecen estar tomando buena nota de ello) será posible hacer que cuajen sus reivindicaciones.

4. La horizontalidad que caracteriza al movimiento, su ausencia de líderes, deriva también de una orfandad intelectual (lo cual, dicho sea de paso, no tiene por qué ser malo). Salvo el empuje del panfleto de Hessel y su secuela española, por ahora no hay patrones artísticos o teóricos que despunten dentro de #15M. O, al menos, no se han articulado vía medios de comunicación. Eso tiene que romperse. A medio plazo, tendrá que levantarse un corpus teórico que de consistencia al proyecto. Y, en paralelo, voces reconocibles que asuman ese mensaje. Rescato la reflexión del escritor Patricio Pron en Nostromo (minuto 38, aprox.): "Existe una cierta vergüenza por parte de los escritores de asumir la voz de un colectivo. La literatura ha dejado de ser una práctica social. Lo que no significa que haya dejado de ser una práctica realizada por muchas personas. La literatura de hoy consiste en oponer a ciertos discursos, muy extendidos, unos discursos que cuestionen las autoridades. Algunos autores procuramos escribir para no ser escritos. El Estado, el Mercado, la Iglesia, son grandes creadores de ficciones, grandes escritores; y la necesidad de escribir que surge en algunos de nosotros consiste en la decisión ética, no moral sino ética, de oponer algo a ese gran discurso que se nos impone desde arriba". Creo que ese es otro de los retos de #15M. Ya ha demostrado que sabe dar voz a quien quiera expresarse. Ahora hay que intentar, por mucho que duela, cribar esos mensajes, encontrar voces que expresen lo que queremos decir. Erigir referentes.

6 de mayo de 2011

Que ganen los villanos


En mi infancia sin teles digitales, rompí de tanto verlo el VHS de los mejores goles de los mundiales. Lo narraba Joaquín Prats, y para mí era como la enciclopedia visual en la que se archivaba el abc de esa cosa llamada fútbol. Con ese video conocí al Brasil de Pelé, visioné una y mil veces el barrilete cósmico y la mano de Dios. Era un largo reportaje construido bajo una esencia legendaria: con buenos y malos, héroes y villanos. Guerreros, estilistas; toda la épica de un deporte que desde entonces siempre me fue inculcado como algo más que un deporte.
Gracias a esos sesenta minutos de imágenes también supe que meses antes de mi nacimiento España acogió un mundial de fútbol. Aquel campeonato se lo llevó Italia; como casi siempre, de manera inesperada. El vídeo, maniqueo, dibujaba una Alemania que llegó a la final con argucias y juego sucio, incluida la agresión salvaje del portero Schumacher al francés Battiston en semifinales. De manera que, una y otra vez, aunque ya supieses el resultado, deseabas que Italia le ganase la final a los germanos. No se trataba tanto de que venciesen los buenos como de que perdieran los malos.
Luego, con los años, me enteré de que Italia no jugó un pimiento en España 82. Que quien de veras practicaba un fútbol mágico fue el Brasil de Zico, que cayó antes de lo esperado. Aquel desencanto coincidió con el inicio del declive de la Quinta del Buitre y el entronamiento del Dream Team culé. De buenas a primeras, ya no era mi equipo el que deslumbraba. El Barça de Cruyff no sólo jugaba bien, sino que, además, ganaba. Y, mientras, el Madrid se hundía en la mediocridad y contemplaba las victorias del rival negando la evidencia. A pesar de lo que cuentan los almanaques, yo recuerdo cómo un Madrid ramplón peleó hasta el último minuto dos ligas que terminaron engrosando las vitrinas del Barça. Parecía que sólo una inercia kamikaze guiaba a aquel equipo a discutir una hegemonía sin vuelta de hoja. Daba igual cuánto luchásemos: en la orilla esperaba siempre la derrota.
Pienso en todo aquel bagaje ahora que se empieza a acallar el ruido de estos cuatro partidos, estos dieciocho días locos en los que los villanos han vuelto a rebelarse contra las buenas costumbres. Los malos, mis malos, han estado a punto de arruinar el reinado de la bondad y la belleza que encarna este Barcelona. Hemos echado mano de todas las malas artes que nos sabíamos; hemos confiado los mandos de la nave a dos portugueses vanidosos y arteros para intentar torcer un rumbo de victorias blaugranas.
Nos costará ahora recobrar la compostura. Perdimos a los puntos, nos sancionarán por los golpes bajos que dimos, pero conseguimos terminar los cuatro asaltos sin ser noqueados. No sabemos pedir perdón, porque nadie nos enseñó a disculparnos con palabras sino a intentar enmendar con hechos los errores cometidos.
No trago ni a Mourinho ni a Cristiano Ronaldo. Confío en que mi equipo sea un día capaz de doblegar a su adversario limpia y holgadamente; y que sean otros quienes busquen malas excusas. Mientras tanto, no me queda otra que seguir secundando a los villanos. Quien no comprenda eso, quien conciba el fútbol como un sucedáneo de la moral, como un terreno donde se dirime quién merece el cielo y quién el infierno, más allá de los colores que uno vista, habla de un fútbol que yo no entiendo. El fútbol del que yo hablo es el que dibuja Nick Hornby en Fever Pitch: el único espacio de irracionalidad que muchos nos permitimos en nuestras vidas. Déjennos disfrutarlo del único modo que conocemos. Con fiebre, pero sin hacer daño a nadie.

28 de marzo de 2011

Saber y ganar

Comoquiera que uno no es inmune al proceso químico que empuja al organismo a dejarse llevar por el sopor tras cada ingesta, ahora que nos sobra tiempo invertimos una media hora en despanzurrarnos en el sofá, con toda la sangre trabajando en las entrañas. La digestión. Bajamos la guardia; encendemos la tele. Y no hay otra cosa potable que Saber y Ganar. Han bastado un par de semanas para engancharse de nuevo a este artefacto marciano que sobrevive en la parrilla.

El clima de este programa camina entre el surrealismo y la compostura, en un equilibrio rarísimo entre el espídico Jordi Hurtado y unos concursantes que siempre, inevitablemente, parecen fuera de lugar. Como si acabasen de ser teletransportados desde un oscuro pasillo de biblioteca a las luces de ese plató que suena a eco.

La mayoría de ellos son feos, medio calvos, pálidos y miopes. Tienen peinados imposibles, visten prendas que nunca son de su talla y que jamás aparecieron ni aparecerán en un catálogo de moda. Y, sin embargo, provocan la envidia de quien contempla, perplejo, su eficacia para responder a tanta pregunta, y tan difícil, sin pestañear. Como androides desgarbados. Los vemos y sentimos una extraña mezcla de lástima y admiración. Una especie de culpa que nos reconcome al comprobar que aquí la sabiduría sólo se premia en el saldo de la sobremesa.

España es un país que castiga la ausencia de carisma y celebra la picaresca. Un país donde ni los presidentes de gobierno ni los banqueros hablan idiomas. Donde al conocimiento sólo se le permite exhibirse en un concurso minoritario del segundo canal de la tele pública; como una feria de muestras en provincias; como una extravagancia que conviene tener arrinconada. No vaya a ser que, por comparación, nos descubra las vergüenzas.

Ninguno de los concursantes de Saber y Ganar publicará un panfleto archileído y perfectamente olvidable. Ninguno casa con la intelectualidad trendy. Son sabios y cultos, pero están muy lejos del malditismo precisado para convertirse en un éxito en este tiempo del pensamiento de usar y tirar. De la autoayuda y el coaching.

Lo pienso mientras lo escribo: el nivel de autoexigencia de un concursante de Saber y Ganar es muy superior a la media. Me los imagino, a casi todos, tratando de pergeñar novelitas con las que hacerse ricos. Pero no pueden; un concursante de Saber y Ganar se sienta y le sale Guerra y Paz. Y así no hay manera.

22 de marzo de 2011

Abel Jaszoon Tasman

Martin Amis es un escritor sólido. Es lo mejor que uno puede decir de un tipo, que -de acuerdo- tal vez lo ha tenido todo de cara para acabar dedicándose a la escritura (hijo de), pero con cada nuevo libro consigue lo que un autor sólido debería alcanzar para reivindicarse: zanjar un tema.

En La información, el asunto es la envidia; un sentimiento universal emparentado íntimamente con la creación. Si todos tendemos a levantar la ceja al contemplar el éxito del vecino y compararlo con el fracaso particular, ese instinto se acentúa si uno se dedica al arte.

Aquí Richard Tull es un escritor fallido, que de joven publicó una novela alabada por la crítica, pero desde entonces se pelea con su propio talento y exigencia. Ahora, apeado del vagón de primera de lo literario, mastica su derrota y la digiere planeando el mejor modo de destruir a su íntimo amigo Gwyn Barry, autor de bestsellers y postulante al Premio a la Profundidad, algo así como un Planeta universal.

Mira que porfía Richard para joder a Gwyn; durante páginas y páginas asistimos a sus intentos, le vemos perder el pelo y la dignidad para encontrar la mejor venganza sobre su némesis. Pero todo es en vano. Nada parecer torcer el designio celeste que impone el triunfo de unos y el ostracismo de otros. Amis escoge dos metáforas para trazar el calvario particular de Richard. La primera recorre toda la novela: alusiones astronómicas salpicadas durante toda la trama (el sol, las estrellas, los planetas y los satélites, que siguen su propio itinerario sin prestar atención a las penurias de los hombres). La segunda acude en el remate de la trama, cuando Richard, desamparado en el umbral de su casa, perplejo por cómo el karma le ha devuelto su mala uva, repara en la figura de un gran fracasado histórico:

¿Quién era él? ¿Quién había sido hasta ahora? ¿Quién sería siempre? Era Abel Janszoon Tasman (1603-1659): el explorador holandés que descubrió Tasmania sin reparar en Australia.

Richard aprende así una moraleja aplastante: cuando un destino es invariable, luchar contra él sólo puede empeorar las cosas. Como el pobre Abel Tasman, a veces uno tiene que conformarse con Tasmania.

18 de marzo de 2011

Insensibles

Hoy he visto Burke and Hare. Y he sentido miedo. De mí; no de esta comedia negra dirigida por John Landis (Blue Brothers), que, vaya por delante, recrea una historia terrible y siniestra: la de los asesinatos cometidos por una pareja de sacamantecas irlandeses en la Edimburgo del XIX. Mataron a 17 personas, con el único propósito de comerciar con sus cadáveres. Vendían los cuerpos a un eminente doctor de la ciudad para sus prácticas forenses.

En esta revisión descacharrante y truculenta hay vísceras y golpes, ajusticiamientos públicos y mugre a espuertas. Y, sin embargo (y aquí viene lo terrorífico) he pasado un gran rato viendo la película. La he disfrutado. ¿En qué me he convertido? ¿Qué han hecho los años sobre mí para deslavazar la inocencia y la sensibilidad que antes creía tener? Recuerdo haber leído con pavor, hace más de una década, un libro de Tom Sharpe en el que se relataba de un modo presuntamente gracioso la muerte de medio centenar de personas por una explosión incontrolada. No pude evitar sentir repulsión al contemplar un uso tan arbitrario y banal del dolor y la tragedia. No conecté con la pretendida ironía del salvajismo y las vísceras. Eso es lo que me espanta ahora: la insensibilidad que me permite disfrutar ante la parodia de lo cruel. Me inquieta pensar en qué me habrá conducido hasta aquí. Qué sedimentos deja la experiencia sobre la piel para acabar conformando una coraza que nos hace inmunes a la crueldad. Hasta el punto de que su exhibición, en lugar de repugnarnos, nos provoque carcajadas.

8 de febrero de 2011

Nostromo


No existe un canon cultural. No creo que cada época tenga unas hechuras intelectuales a las que haya que ceñirse por narices. Uno siempre puede volver la vista atrás y descubrir que antes las cosas (las literarias, en este caso) se hacían de otra manera. Uno siempre puede coger un clásico y ponerse a leer, como si su autor lo hubiera terminado esta mañana. Así: Nostromo.

¿Cómo sería hoy acogida una novela escrita, casi desde la más pura fabulación, para recrear un territorio real? ¿Cómo narrar una historia como esta partiendo casi de cero, sin la coartada de la documentación? Lo dicho: el canon actual nos sugeriría acudir a los archivos, pisar el terreno, mezclarse con la realidad que se quiere dibujar. Uno lee Nostromo como si Costaguana hubiera sido una república incipiente de Sudamérica y como si Sulaco hubiera sido la rica provincia codiciada por los salvapatrias que Conrad imagina aquí. Y, sin embargo, si nos creemos el prólogo de Juan Gabriel Vasquez (en esta edición) Conrad sólo visitó una vez, y muy de pasada, las costas colombianas sobre las que se asienta la ficción de Nostromo. Y, a partir de esa breve experiencia levantó un universo creíble, perdurable. Y repitió la fórmula para construir los personajes: arrancando del pastiche tejió un conjunto de relaciones fascinante. Todos los que intervienen en la trama encarnan una cualidad: la dama doliente, el doctor taimado, el francés esnob, el viejo anarquista italiano,... cada cual responde a un prototipo, pero todos esconden dobleces. Todos tienen matices, altibajos, debilidades. El primero de ellos, el protagonista. Nostromo, el capataz de cargadores. Un hombre temido y admirado a partes iguales, alguien al que todos miran esperando que su voluntad sirva para sostener una paz precaria en el país. Un tipo que durante tres cuartos de historia se nos presenta como un héroe de una pieza, con una honestidad sin tacha, y al que en el desenlace de la trama le veremos zozobrar a causa de la ambición y, por qué no decirlo, de ese otro vicio infame que es el amor ciego.


Nostromo compara la plata de la mina de Santo Tomé, de la que le empujan a hacerse cargo, con una maldición a la que se intuye perpetuamente ligado. Por plata también escribió este libro Joseph Conrad, mercenario de la escritura; un modo de supervivencia como otro cualquiera. Como marino, escritor. Así, Conrad. Hubo un tiempo en el que, dominados por el esnobismo juvenil, levantábamos la ceja frente a las historias sin más, frente al puro placer de la literatura. Nos iba lo experimental: así ocurrió que mucho de lo que leímos por aquel entonces tendremos que releerlo en un futuro. Porque no entendimos nada, y, lo que es peor, casi ni lo recordamos. Eso pasa un poco con Conrad. Cuando tienes diecisiete años te incitan a leer El corazón de las tinieblas cuando a lo mejor deberían recomendarte Nostromo. Yo dejé la obra maestra a la mitad, abrumado por tanta densidad existencial. No tenía tanto mundo interior. Más bien al contrario. Y, sin embargo, he leído ahora Nostromo con un intenso deleite, con ese placer que proporciona una lectura sin más pretensiones que el disfrute. Temo que haya empezado a dejar de ser ambicioso. Temo que no haya vuelta atrás: no volver a acercarse a las obras profundas y obtusas nunca más. Temo preferir la escritura mercenaria a la devota. La de Conrad, por ejemplo