Chapter 27



"Por haber matado a un señor tan grande, el hombre de la cadena les parece también en cierta medida grande, como si el crimen le hiciera acceder a un mundo superior"

R. Kapuscinski, El Sha o la desmesura del poder


Pasar a la historia es bastante más sencillo de lo que pudiera parecer en un juicio apresurado. Hay, por supuesto, una Historia con mayúsculas, que protagonizan sólo un puñado de nombres; aquellos cuyos actos, deliberados o no, deciden el destino de miles, millones de hombres.

Pero por debajo del once titular de la Historia merodean los suplentes, que se ganaron un hueco en esa casta elástica que puede estirarse o encogerse a conveniencia. Tipos que un buen día se propusieron hacer algo que dejase huella. Tipos que tal vez nunca tuvieron esa ambición, pero encontraron al destino esperándoles tras una esquina.

Luego hay otra categoría: quienes prorrumpieron deliberadamente en el salón de la fama, la mayor parte de ellos blandiendo un rifle, pero nunca lo hicieron con el propósito acabar indexado en la Wikipedia. Sólo pasaban una mala temporada. Uno de ellos pudiera ser Mark Chapman. Días antes de que matase a John Lennon a la salida del Dakota, se desplazó a Nueva York, quien sabe con qué demonios rondándole. Y, por lo que cuentan las crónicas, pasó varios días merodeando el hotel en el que residía el Beatle, en busca de un autógrafo en el que iría impreso una especie de mandala; la clave que abriera la puerta a los misterios del mundo, apenas sugeridos, codificados, en The Catcher in the Rye.

Ayer ví Chapter 27. Un intento algo grueso de acercarse al desconcierto que gobernó a Chapman en esas horas previas al asesinato de Lennon. Mañana se cumplirán 29 años desde aquellos cuatro disparos por la espalda que privaron al mundo de un músico genial y le donaron un mito para la Historia, esta vez sí, con mayúsculas. En la cita apuntada más arriba, Kapuscinski aludía a la admiración con la que los campesinos de un poblado persa miraban al asesino del Sha mientras éste era conducido a la capital para ser ejecutado. Chapman no sufrió la pena máxima, sigue en prisión a la espera de que se revise su caso el año próximo, mientras Yoko Ono continúa peleando un hipotético indulto. Así, con el paso de las generaciones la grandeza del magnicida se diluye, enfangada en el lodo de la cultura de masas. Forjando la paradoja de que, aunque las figuras de la celebridad y su asesino se equilibren, el crimen se muda de la enciclopedia al pastiche.

Publicidad en TVE

TVE encara en los próximos meses el doble reto de enfrentarse a la convergencia digital y al fin de la financiación publicitaria. Una travesía del desierto de la que corporación saldrá o bien reforzada o bien desintegrada. Lo veremos. Por el momento, los primeros indicios de cómo se afrontará esa carencia de anunciantes son sospechosos. Lo digo por el publi-reportaje sobre el nuevo Volswagen Polo que se han cascado hoy en pleno informativo:




Nada es lo que parece

En menos de una semana, dos sucesos han vuelto a recordarnos a los periodistas la delgadez de la cuerda floja en la que nos balanceamos. Han vuelto a poner sobre la mesa la necesidad, radical, del contraste de las fuentes; la urgencia de recuperar el escepticismo y la prudencia como dos divisas insobornables del oficio.

Las noticias son cuadros que el periodista descuelga del muro de la vida para construir categorías, levantar relatos que sean asequibles para muchos y que contribuyan a amasar la conciencia colectiva. Son, en la mayoría de los casos, y aunque joda recordarlo, un formidable pilar conservador de las pautas sociales. En contra de lo que nos contaron en la universidad, las noticias no disparan revoluciones; más bien todo lo contrario: alimentan lo establecido. Por eso juegan (jugamos, entre todos: periodistas, público) a dibujar una fábula en la que siempre ha de haber, necesariamente, héroes y villanos.

He aquí el villano:



En el tiempo de la hiperrealidad, todos se apresuran. Cada vez se adelgazan más los plazos y hasta los responsables políticos (1, y 2), a quienes debería exigírseles una prudencia redoblada, quieren ser los primeros en reaccionar. Se privilegia siempre a quien antes habla, al primero que reacciona. Cuando alguien pide paciencia, como ocurrió, por ejemplo, con el secuestro del pesquero, demuestra su ineficacia, su falta de coraje y de determinación para tomar decisiones contrarreloj.

Por el camino quedan los daños colaterales del vendaval de la actualidad. Queda Diego, que por unas horas fue un monstruo, y que ahora es sólo un chico destrozado, doblemente golpeado por la pérdida de una hijastra y por el escarnio público cuya llaga nunca cicatrizará. Y queda Salvador, el agente que, sin saberlo de manera explícita, sí conocía de sobra los resortes implícitos que la sociedad del riesgo se encarga de aventar frente a cualquier suceso inesperado: para gestionar una crisis, se busca un culpable primario que aglutine las sospechas y que permita a quien gobierna mantener el control simbólico de la situación. El problema estalla cuando los datos reales dan la espalda a la versión oficial, como ocurrió en aquellos días de marzo de hace cinco años, que nos enseñaron que una mentira, por más institucionalizada que esté, siempre es una bomba de relojería que puede explotar en las manos de quien la manipula.

***
Enlaces:

- Escolar.net: La condena
- Lecturas:
0 Raval, del amor a los niños (Arcadi Espada).
0 La sociedad del riesgo (Ulrich Beck).

Público

En mitad del fragor de la Guerra del Fútbol, Manuel Vicent escribió un lamento agorero sobre la crisis de identidad de su periódico. Enredado en una pugna por los derechos televisivos del deporte más mediático, El País deslizó (y sigue haciéndolo) líneas editoriales muy contundentes en contra de la labor del Gobierno de Zapatero. Y Vicent, apelando a un supuesto espíritu común tanto en fondo como en formas, a un proyecto sociocultural y político, no ya sólo paralelo, sino casi hermanado, entre el socialismo de González y el ex Diario Independiente de la mañana, llamaba a cerrar filas en defensa de las esencias.

Viene esta arenga del escritor valenciano a la memoria ahora que Público, el otro actor en esta batalla, zozobra y decide hacer recortes en la redacción y prescindir de una de sus firmas fundadoras.

Frente a quienes alimentaban la teoría de que el surgimiento de Público y La Sexta respondía únicamente a una necesidad estratégica de contar con un grupo afín al Gobierno sin deudas o rémoras del pasado, algunos vimos en la salida a la calle de ese nuevo periódico un soplo de vitalidad, un intento de sintonizar con una nueva audiencia de izquierdas que, sin perder los referentes previos, apostaba también por dar otro giro. Una nueva voz, con cosas distintas que decir, argumentos y opiniones sin cabida en el resto de cabeceras, siempre es una buena noticia. Algunos incluso estuvimos más o menos cerca de subirnos a aquella singladura y formar parte activa de la cosa.

Pero pocos meses después el proyecto se diluye (crisis económica mediante, todo hay que decirlo) y se reavivan las voces que, aludiendo al perfil de herramienta del Régimen del diario de Roures, apuntaban a la falta de una verdadera base ideológica, una identidad y un estilo periodísticos que defender como las principales flaquezas de Público.

Las derivaciones posibles para atajar la crisis son poco halagüeñas. La opción que parecen estar escogiendo es aligerar el contenido ideológico y decantarse cada vez más por lo sensacional, nutrir las páginas con firmas conocidas y las oficinas con directivos experimentados y, se intuye, rebajar el perfil medio de la redacción. Menos experiencia en la base, menos costes.

El peligro que se avizora es doble: o el proyecto se viene a pique o el giro editorial acaba con el espíritu fundacional que animó su construcción. En cualquier caso, será una lástima. Una oportunidad perdida. Esperemos equivocarnos.

Commuters


Quiero proponer algo. Todo el mundo propone cosas en Internet, de modo que no pierdo nada más que tiempo en ello. Hay billones de campañas lanzadas al ciberespacio con suerte dispar. No seré menos.

Quiero proponer que entre todos, todos los cibernautas, le compremos a Javier Marías un abono transporte. He calculado que bastaría con que cada uno de nosotros donara un céntimo de euro. El abono más caro cuesta algo más de sesenta euros. Con lo que sobra haremos un fondo que iremos entregando, progresivamente y en un estricto orden de necesidad, a aquellos sujetos que precisen de manera más acuciante esta ayuda. No es una subvención pecuniaria. Se trata de una medida terapéutica para tratar de paliar y, con suerte, curar, el mal de altura que algunos padecen. Marías, por ejemplo, que primero se enzarzó con los blogs, después con los autores contemporáneos de comedia, más tarde con su propio periódico y sus redactores, y, por último, contra el mundo en general, que es imbécil. Obsérvesele en la imagen que ilustra su penúltima entrevista. Aunque mire altivo a la cámara, transido por el haz de esa lámpara que le escupe la luz desde abajo, se intuye un cierto desasosiego. El Escritor parece atrapado, sepultado por todos esos libros que le abrazan desde atrás, escrutándole. Este hombre necesita escapar de ahí. Necesita coger el metro, el autobús, mezclarse con la masa indiferenciada, contaminarse un poco para aceitar su corazón de lata.

No he logrado encontrar la secuencia en la que Kapuscinski hablaba de la distancia que imponen las mesas de los despachos. Quien te recibe, normalmente encorbatado, desde el otro lado de una mesa, lo que hace es parapetarse. Busca distinguir en lugar de vincular, subraya una frontera para hacerse fuerte, para evidenciar el escalón que le separa del otro.

Algo parecido ocurre con quienes viajan en coche. Aquellos que cada día acuden a sus reuniones y despachan tras sus mesas de caoba mientras deciden el destino de tantos han perdido el contacto con lo que ocurre ahí afuera, tras los cristales tintados. Ahí afuera la gente se arracima a diario en vagones de trenes, en autobuses abarrotados por gente de todo tipo. Gente que transpira y se queja y dormita y que aprovecha ese trayecto para soñar o para no pensar en nada.

En inglés existe una palabra certera pero escalofriante para referirse a quienes viajan cada día al trabajo y suelen hacerlo usando el transporte público. Se les denomina commuters. Profesionales de cuello blanco que son los obreros que ayer se empleaban en fábricas y hoy ni se reconocen como obreros. Quieren dejar de serlo, de hecho. No hay orgullo en esa paradoja de la camisa inmaculada y el vagón astroso. No se reconocen en la imagen que les devuelve su foto pegada a ese abono transporte que parece su pasaporte, clandestino, a un mundo que les pertenece a otros. Sobre esa incoherencia gravita el desconcierto de esta época.

Tiramisú y Daiquiri

¿Soy más sabio ahora? ¿Sirvieron de algo los libros, los viajes, la pátina que la experiencia va imprimiendo en el carácter? No lo parece. Lo que envidio es la convicción de aquel yo de hace unos años, que era yo, seguramente, pero al que me cuesta reconocer. Un yo sepultado por dudas muy parecidas las de hoy, pero que parecía saber sostener en pie convicciones que se desvanecieron al cabo del tiempo. La principal de ellas: que el futuro siempre deparará parabienes.

Me acuerdo de aquel yo al oír por la radio que Sabina vuelve. El fetiche intelectual de aquel yo pretérito es ahora respetado, sé que la unanimidad le arropa en el filo de su vejez, y que logró por fin conciliar un éxito que desborda fronteras, tendencias y estratos. Pero tal vez como una consecuencia natural de esta unanimidad popular e incluso crítica, mi yo de hoy reacciona frunciendo el ceño, como si el reconocimiento de los otros hiciera brotar la sospecha propia. Creo que hay un esnob dentro de cada individuo, un latigazo neuronal que alimenta el rechazo hacia algo o alguien cuando todo el mundo se pone de acuerdo en la alabanza. Por eso el aristócrata repelente que en el fondo soy teme que algo así ocurra con Quique González, que también saca disco: que, de repente, a todo el mundo le de por oírle, que las radiofórmulas multipliquen el eco de la música mientras vacían su esencia. Que me de un asco tremendo, como me ocurre con Fito, comprobar cómo algún subnormal se entusiasma con música que hace diez años decía detestar.

En fin, comoquiera que el pasado no regresa, más que en forma de la crónica interesada que la memoria de cada cual construye a conveniencia, acepto que no es más que la nostalgia la que moldea el recuerdo romántico de un dormitorio con la puerta cerrada y el frío afuera y aquel descubrimiento solitario, anarquista, los primeros síntomas de individualidad radical destilados en esa canción que sólo a tí te gusta, en los libros que nadie a tu alrededor lee.

Como un tributo privado a ese recuerdo borroso sigo yendo a comprar, puntualmente, cada nuevo disco de Sabina y de Quique. Son los dos únicos a quienes no traiciono con el torrent, como si temiera rasgar un rito atávico. Como quien sólo se acuerda de sus muertos en estas fechas.

Máscaras



Supongo que la gran mayoría de nosotros lleva una máscara, un escudo que nos habilita para mostrar al mundo sólo lo que no nos duele, aquello que nos inventamos que somos, el clown que escogemos interpretar. La carne viva, la herida que supura, solemos plegarla al abrigo de la careta. Sólo unos pocos desdichados no encuentran caparazón. Sólo los locos, los bufones, los inadaptados o los anacoretas hallan más reposo en la exposición pública de sus intestinos que en los juegos florales.

Ese pudo ser el caso de Klaus Mann. A él, al que tanto le costó bajarse del púlpito al que su propio talento y la pertenencia a una casta donde la habilidad artística se suponía como seña de identidad, no le quedó más remedio que vivir expuesto al escrutinio ajeno. Pero lejos de interpretar un papel, Klaus se mostró siempre como era, vulnerable hasta el tuétano. Por eso imaginamos el trago que debió suponerle tener que combatir contra una sociedad donde la homosexualidad, el comunismo, la independencia o la iconoclasia eran rasgos a perseguir. Y, por añadidura, debió enfrentarse también, emulando a Edipo, a una sombra paterna demasiado alargada. Su padre Thomas, triunfante escritor rodeado de parabienes, apostó por la vida ordenada y recoleta, y la historia de la literatura, tan conservadora, le reservó un sillón de honor. Él, Klaus, el primogénito varón, se decantó por vivir, deprisa y peligrosamente. Pocos supieron o quisieron perdonárselo.

Cuentan que en mitad de las tribulaciones sólo halló respaldo en su hermana Erika, tanto desde el punto de vista expresivo como en la intimidad. Ambos emprendieron proyectos artísticos y ambos iniciaron un primer exilio lejos de la Alemania de entreguerras. Pero una vez que ella siguió su propio rumbo y se casó con Gustav Gründgens, los hermanos comenzaron su distanciamiento. Cuentan también (y así lo creyeron y lo proclamaron los familiares de Gründgens, que lograron la prohibición de la novela durante varias décadas) que Mefisto, la historia de un actor de orígenes humildes, comunista y con tendencias masoquistas que traiciona todo en lo que cree y vende a quienes le rodean para alcanzar la fama en la Alemania nazi, no es más que un retrato satírico del propio Gründgens. 

Parece ser que Klaus escribió Mefisto por encargo, cuando andaba sin blanca, pulido su capital en la morfina que le permitía sobornar al dolor. Y, pese a eso, logró retratar, a través de esta sátira, toda la decadencia moral que allanó el camino a la ascensión del nazismo. Fue la actitud cínica de Hendrick, el protagonista de esta historia, y de tantos como él, la que legitimó y fortaleció el clima de impunidad en el que se desató la barbarie. 

“No quiero saber nada de esto – dijo con hastío – Y no puedo hacer nada, ¿entiendes? Cierro los ojos, no veo lo que tú haces. De ninguna manera puedo estar al corriente", explica Hendrick frente a un amigo perseguido. Mirar hacia otro lado, esconder la cabeza, actuar como si nada ocurriera mientras el suelo tiembla. Salir cada día al escenario de la vida ordinaria portando una máscara sonriente que dé a entender que todo va bien. Una actitud vital que siempre asqueó a Klaus, allá donde el desconsuelo, la hipersensibilidad y la adicción lo llevaron. Murió por sobredosis en un hotel de Cannes, en 1949, cuando el fuego de la guerra se había extinguido pero el porvenir deparaba aún tantas decepciones. 

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