Tiramisú y Daiquiri

¿Soy más sabio ahora? ¿Sirvieron de algo los libros, los viajes, la pátina que la experiencia va imprimiendo en el carácter? No lo parece. Lo que envidio es la convicción de aquel yo de hace unos años, que era yo, seguramente, pero al que me cuesta reconocer. Un yo sepultado por dudas muy parecidas las de hoy, pero que parecía saber sostener en pie convicciones que se desvanecieron al cabo del tiempo. La principal de ellas: que el futuro siempre deparará parabienes.

Me acuerdo de aquel yo al oír por la radio que Sabina vuelve. El fetiche intelectual de aquel yo pretérito es ahora respetado, sé que la unanimidad le arropa en el filo de su vejez, y que logró por fin conciliar un éxito que desborda fronteras, tendencias y estratos. Pero tal vez como una consecuencia natural de esta unanimidad popular e incluso crítica, mi yo de hoy reacciona frunciendo el ceño, como si el reconocimiento de los otros hiciera brotar la sospecha propia. Creo que hay un esnob dentro de cada individuo, un latigazo neuronal que alimenta el rechazo hacia algo o alguien cuando todo el mundo se pone de acuerdo en la alabanza. Por eso el aristócrata repelente que en el fondo soy teme que algo así ocurra con Quique González, que también saca disco: que, de repente, a todo el mundo le de por oírle, que las radiofórmulas multipliquen el eco de la música mientras vacían su esencia. Que me de un asco tremendo, como me ocurre con Fito, comprobar cómo algún subnormal se entusiasma con música que hace diez años decía detestar.

En fin, comoquiera que el pasado no regresa, más que en forma de la crónica interesada que la memoria de cada cual construye a conveniencia, acepto que no es más que la nostalgia la que moldea el recuerdo romántico de un dormitorio con la puerta cerrada y el frío afuera y aquel descubrimiento solitario, anarquista, los primeros síntomas de individualidad radical destilados en esa canción que sólo a tí te gusta, en los libros que nadie a tu alrededor lee.

Como un tributo privado a ese recuerdo borroso sigo yendo a comprar, puntualmente, cada nuevo disco de Sabina y de Quique. Son los dos únicos a quienes no traiciono con el torrent, como si temiera rasgar un rito atávico. Como quien sólo se acuerda de sus muertos en estas fechas.

Máscaras



Supongo que la gran mayoría de nosotros lleva una máscara, un escudo que nos habilita para mostrar al mundo sólo lo que no nos duele, aquello que nos inventamos que somos, el clown que escogemos interpretar. La carne viva, la herida que supura, solemos plegarla al abrigo de la careta. Sólo unos pocos desdichados no encuentran caparazón. Sólo los locos, los bufones, los inadaptados o los anacoretas hallan más reposo en la exposición pública de sus intestinos que en los juegos florales.

Ese pudo ser el caso de Klaus Mann. A él, al que tanto le costó bajarse del púlpito al que su propio talento y la pertenencia a una casta donde la habilidad artística se suponía como seña de identidad, no le quedó más remedio que vivir expuesto al escrutinio ajeno. Pero lejos de interpretar un papel, Klaus se mostró siempre como era, vulnerable hasta el tuétano. Por eso imaginamos el trago que debió suponerle tener que combatir contra una sociedad donde la homosexualidad, el comunismo, la independencia o la iconoclasia eran rasgos a perseguir. Y, por añadidura, debió enfrentarse también, emulando a Edipo, a una sombra paterna demasiado alargada. Su padre Thomas, triunfante escritor rodeado de parabienes, apostó por la vida ordenada y recoleta, y la historia de la literatura, tan conservadora, le reservó un sillón de honor. Él, Klaus, el primogénito varón, se decantó por vivir, deprisa y peligrosamente. Pocos supieron o quisieron perdonárselo.

Cuentan que en mitad de las tribulaciones sólo halló respaldo en su hermana Erika, tanto desde el punto de vista expresivo como en la intimidad. Ambos emprendieron proyectos artísticos y ambos iniciaron un primer exilio lejos de la Alemania de entreguerras. Pero una vez que ella siguió su propio rumbo y se casó con Gustav Gründgens, los hermanos comenzaron su distanciamiento. Cuentan también (y así lo creyeron y lo proclamaron los familiares de Gründgens, que lograron la prohibición de la novela durante varias décadas) que Mefisto, la historia de un actor de orígenes humildes, comunista y con tendencias masoquistas que traiciona todo en lo que cree y vende a quienes le rodean para alcanzar la fama en la Alemania nazi, no es más que un retrato satírico del propio Gründgens. 

Parece ser que Klaus escribió Mefisto por encargo, cuando andaba sin blanca, pulido su capital en la morfina que le permitía sobornar al dolor. Y, pese a eso, logró retratar, a través de esta sátira, toda la decadencia moral que allanó el camino a la ascensión del nazismo. Fue la actitud cínica de Hendrick, el protagonista de esta historia, y de tantos como él, la que legitimó y fortaleció el clima de impunidad en el que se desató la barbarie. 

“No quiero saber nada de esto – dijo con hastío – Y no puedo hacer nada, ¿entiendes? Cierro los ojos, no veo lo que tú haces. De ninguna manera puedo estar al corriente", explica Hendrick frente a un amigo perseguido. Mirar hacia otro lado, esconder la cabeza, actuar como si nada ocurriera mientras el suelo tiembla. Salir cada día al escenario de la vida ordinaria portando una máscara sonriente que dé a entender que todo va bien. Una actitud vital que siempre asqueó a Klaus, allá donde el desconsuelo, la hipersensibilidad y la adicción lo llevaron. Murió por sobredosis en un hotel de Cannes, en 1949, cuando el fuego de la guerra se había extinguido pero el porvenir deparaba aún tantas decepciones. 

About to happen


Hace unas semanas la embajada española en Londres otorgó el pasaporte español a siete de los últimos brigadistas internacionales británicos que aún viven y que en 1936 decidieron posponer sus vidas para matarse por un ideal. Me acordé de ellos al caminar entre algunas obras de The American Scene, una muestra del vastísimo fondo del British puesta en contexto para arrojar algo de luz sobre el desarrollo del arte pictórico de buena parte del siglo XX entre los yanquis.

Me dije, mientras saltaba de Bellows a Hart Berton y de él, claro, a Hooper, que lo que les movía a aquellos brigadistas es una común raíz optimista de que lo que hacían serviría para algo. En cambio, la marca del siglo XXI, lo que caracteriza a nuestra generación, es que hemos nacido tocados por el gen del escepticismo, un gesto altivo que brota de todas las malas experiencias de aquellas diez décadas que se quedaron atrás, teñidas de odio, sangre y frustración.

Casi puede entreverse esa tribulación en este vistazo, como una ojeada concisa pero para nada casual, que es The American Scene, un pellizco de la obra de todos esos pintores que protagonizaron la irrupción en el panorama artístico de una nueva tendencia. El XX es el siglo de Estados Unidos, y, en consecuencia, muchos de estos cuadros actúan como un espejo de lo que fue el desarrollo de Occidente en la primera mitad de esta centuria. Si esos primeros cincuenta años del siglo XX fueron la eclosión de la expectativa y el deslumbramiento frente a un futuro colmado de bondades, tras las dos guerras mundiales, los genocidios indiscriminados, la laminación del espíritu, el arte cambió para testimoniar la angustia, la perplejidad, el ansia o el temor por conocer qué nueva atrocidad nos tenía preparado el porvenir.

Y, mientras, este siglo XXI ha perdido la fe en el péndulo de los tiempos. Alguna lumbrera predijo el fin de la historia, como si la historia fuese algo que pudiera abarcarse, delimitarse, o siquiera etiquetarse. El arte ha de testimoniar la paradoja humana de vivir esta vida en este mundo. Si nada se espera de nosotros, si la historia se ha acabado, de qué pueden dar fe los artistas. Salvo excepciones ilustres, suicidas que se adentran en lo oscuro con los ojos abiertos, el arte de hoy está muerto porque entre todos nos hemos encargado de encajonarlo, de convertirlo en ocio, en consumo. En algo banal, de usar y tirar. El arte tiene que ser todo eso, claro, porque ese utilitarismo también está en nosotros. Pero tiene que haber algo más. Esperemos.

Suicidas


“Suicidarse no es el crimen perfecto que postula Romeo, sino el auténtico genocidio. Quien se mata a sí mismo atenta nuclearmente contra todo lo humano. Un niño suicida da más miedo que Auschwitz”. 
 

Habla así lector malherido sobre Amarillo, de Felix Romeo, un libro que disecciona el proceso por el que un amigo del autor acabó suicidándose en 1992.  Como si palpando en una pared a oscuras, por fin encontrara el interruptor del pensamiento, esta crítica me mostró un lazo insólito con la lectura de Night Train, de Martin Amis, para dar trabazón al desarrollo de una idea: el suicidio como la gran asignatura pendiente de la búsqueda del bienestar humano. Y la literatura, tan pendiente de la inmortalidad que acaba siendo anodinamente humana, tan pedestre, tampoco ha sido ajena a la muerte auto infringida. 

La muerte es tan natural como la tierra que pisas y, mal que nos pese, el suicidio es una forma más de muerte. No hay nada demasiado especial en el hecho de que alguien decida cuándo ha llegado el momento de quitarse de en medio. Pero nosotros necesitamos cuestionarnos qué pieza faltaba, como en un rompecabezas, como en una novela policíaca, quienes nos quedamos a este lado de las puertas del infierno precisamos respuestas al gran interrogante. Esa es precisamente la vía que explora Amis en este libro. Cuando empiezas a escuchar la confesión de la detective Mike Hoolihan, esta policía de fisonomía y nombre masculinos, alcohólica y atormentada, lo haces tratando de rascar en la superficie de su investigación en busca de una respuesta que infunda lógica al misterio de la muerte de una joven y atractiva profesional, que mantenía una sana relación sentimental y a la que nadie de su entorno conocía tormento alguno ni oscuros vínculos interesados en su desaparición. Acompañas a Mike en esas pesquisas inducidas por Tom, padre de la víctima y jefe de Mike, por añadidura. Vives con ella esa frustración de ir tachando opciones de entre el puñado de causas posibles, de sombríos caminos de investigación que conduzcan a un porqué, a un quién.

Y al cabo empiezas a entrever que no vas a encontrar una trama de detectives. Disciernes que lo que Amis trata de contarte no es una de Agatha Christie. Comprendes que la caja negra de esta historia está vacía simplemente porque a veces no hay respuestas para nuestras preguntas y no importa si nos hacemos muchas preguntas o si nos conformamos con imaginar una salida fácil.

Amis usa la voz narrativa de una policía, mujer, para más señas -aunque para nada femenina- para guiarte por este empedrado de equívocos. Se supone que las mujeres albergan un sexto sentido que debe ir impreso en el cromosoma que nos falta a los varones. Se supone que ese sexto sentido las habilita para desentrañar este tipo de cuestiones, los lazos transparentes que ligan la decisión de matarse a uno mismo. Se supone que si eres policía y mujer, y la víctima es también mujer, y que te une con ella un cariño casi filial, debe existir también una especie de empatía que desentrañe el misterio de su suicidio. Y Mike, finalmente, lo logra, despeja la incógnita del fatal acertijo. Ocurre que esa respuesta viaja en el tren nocturno, donde todo es tinieblas, y nunca se baja de él.

Fiebre


Esperaba el momento propicio para desenvainar la bandera en la que va impreso este post. Esperaba una quiebra, un aldabón que atruena de golpe y despierta la tecla dormida. Y, ya en pie, prietas las filas, recitar a voz en grito, como un himno, lo que sigue.

Nunca mejor que hoy para escribir esto. Nunca mejor que después de arrastrar tu orgullo fanático por el fango de una goleada en casa. Nunca más cerca que hoy de lo que narra Fever Pitch.

En un pasaje de esta autobiografía futbolófila, Nick Hornby habla de una de las cosas que más ama de su pasión por el fútbol. Una patente exclusiva de los fanáticos: cuando se produce un clímax alrededor de tu equipo (una derrota humillante, una eliminación o un triunfo brillante), el fanático se sabe arropado, así sea en la distancia, por la familia, los amigos, las ex novias, los compañeros de los que hace siglos que no tienes noticias. El fanático siente, tal vez exagerando, pero qué importa, que en uno de esos momentos culminantes (el de este sábado, por qué no) hay una esquirla del pensamiento de toda esa gente que se desprende de su origen y viaja a la grada, para ofrecer, solidaria, un hombro donde llorar las derrotas o una copa con la que brindar por las victorias.

Así como algunos hombres disponen del asidero de la fe religiosa o del orgullo patriótico, hay algunos súbditos del fútbol que utilizamos este deporte idiota para sentirnos identificados con algo. Y funciona. Vaya que sí. Hornby hace aquí inventario de su vida y no encuentra un modo cabal de disociarla del fútbol. Muchos de sus momentos culminantes, las postas inevitables que toda vida acarrea (iniciación, relaciones sentimentales, estudios, desvelos laborales, vocación, reconocimiento) corren de manera paralela a la evolución del Arsenal, ese club del norte de Londres que siempre jugó el peor fútbol imaginable hasta que hace unos años un francés espigado de nombre Wenger transformó lo que no era más que una pandilla de pendencieros entusiastas en una cosmopolita y sofisticada legión de profesionales futbolistas que juegan, o al menos lo intentan, de maravilla.

Lo que el escritor londinense traza aquí, hablando en primera persona desde la fiebre fanática, es una identificación esencialmente ilógica, algo muy de entender para el profano y, en consecuencia, de explicar. Por eso se agradece el empeño de Hornby, el despliegue de honestidad que ofrecen estas páginas, que tratan de reivindicar la fuerza unificadora del fútbol, su formidable poder de convocatoria, su capacidad para proporcionarnos a unos cuantos millones de chiflados alrededor del globo un tema común de apego.

En un mundo esquizofrénico en el que tantos inventos humanos no hacen sino dividirnos, alejarnos, encastillarnos, en este último tiempo he tenido oportunidad de comprobar en primera persona cómo el fútbol es un idioma internacional que derriba fronteras y torres de babel con la facilidad con la que un niño chuta una pelota en un baldío. No recuerdo ya quien dijo que el fútbol es la cosa más importante de entre todas aquellas cosas que no importan. Nick Hornby (y yo, claro) hubiera apostillado: en un lado de la balanza, la espina dorsal de tu vida; en el otro, las cosas ociosas. Y en el medio, de contrapeso, dominándolo todo, un balón.

Argumento


A veces los libros también son exigentes contigo, lector. A veces no eres tú quien juzga, sino quien se sienta en el banquillo, con las cartas sobre la mesa y los grilletes zapando tus muñecas, a la espera de que el libro que lees dicte sentencia: justo en el momento en que índice y pulgar quiebran la frontera de última página y caes en la cuenta de que todo ha sido un juego de espejos, algo parecido al proceso kafkiano, pero con el salvoconducto de la vigilia. Que se lo digan a los millones de lectores que han padecido el trance de La invención de Morel.

Tal vez no se pueda escribir hoy como en 1940. Desde entonces, el hombre ha pisado la luna, ha perfeccionado la bomba atómica, tenemos microondas e Internet, y podemos hablar con Manhattan desde una cala recóndita del Índico. También, por tanto, ha evolucionado la escritura. Cosas que nos parecen tan cotidianas despuntarían a los ojos de un tipo de 1940 como potingues de druida, artilugios del demonio. En el prólogo que Borges dedicó a La invención de Morel, aquél apostaba por la pervivencia de la novela de géneros, con argumentos tan demoledores que aún hoy en día no veo modo de hacer frente. Criticaba a teóricos como Ortega que consideraban muerta la novela argumental y abogaban por una novela psicológica. Borges, para quien la literatura fue un artilugio divertido que había que tomarse muy serio, siempre tuvo fe en la fuerza de una buena historia. Frente a quienes, hace un siglo, ya decretaban finiquitada este tipo de literatura, él enarbolaba Otra vuelta de tuerca, El proceso, o la propia obra de Bioy como argumentos de autoridad. La lección a tomar en cuenta es que quizás no se pueda escribir hoy La invención de Morel, pero por qué no intentarlo.

Hay libros que no envejecen, en la medida en que, como el propio artilugio moreliano, liban la esencia de sus lectores para continuar eternamente frescos. Hay libros vampiro que, generación tras generación, soportan las críticas, las revisiones, los intentos de asimilación. Parafraseando a Bolaño, la literatura es una máquina acorazada que no se preocupa de los escritores. Es posible que La invención de Morel haya olvidado, hace algunas décadas, que algún día fue poco más que polvo en el aire, la creación de un dios caprichoso y osado, un doctor Frankenstein incapaz de prever las derivaciones futuras de la cosa. Un escritor llamado Bioy Casares, que opinaba, quizás bisoño, quizás gurú, que esto de escribir es antes que nada un juego.

Esperando a Alan Pauls


Gran parte de estas notas portátiles, al menos del último tiempo, tienen un corte muy similar. Todas nacen de una inspiración repentina, un libro, una película, el fútbol, las noticias. Hay también una frase que prende la mecha, un par de ideas difusas que vienen y van, y al fin, un golpe de tecla que las corporiza. Con el tiempo he comprobado que las notas me gustan más así, como atrofiadas, monstruos imperfectos, textos donde el retoque es casi tabú. Me sirven para darme una idea de cómo acostumbra a funcionar mi cerebro sin la dictadura de la revisión, lejos de la jaula de paciencia. Y aunque cada vez se me hace más difícil percutir en esa fórmula, y al cabo lo que escribo pierde ese aire de improvisación que solía agradarme, orillemos, a cuenta de la casa, las excusas, y entremos en harina.

De Alan Pauls tuve noticia, por vez primera, gracias a Bolaño, que glosaba la figura del autor porteño como un fantasma difuso con el que mantuvo una breve y extravagante relación epistolar. Luego leí, con placer, El Pasado, y supe que ese libro explicaba muchas cosas que yo en aquel momento no entendí, pero que algún día comprendería en su plenitud. Y esa novela sirvió, además, como el bálsamo revitalizante para uno de esos valles que atravieso de vez en cuando en los que odio los libros. 

Así que la deuda con Pauls estaba ahí, reclamando su legítimo derecho a ser resuelta: hace un par de meses compré Wasabi y ahora he encontrado un ratillo para leerla. Y he vuelto a comprobar que Pauls escribe muy bien, tanto que se me hace difícil encontrarle hoy en día parangón a esa prosa tan exuberante. Escribe tan bien que a veces parece que no necesita una historia para embelesar al lector. Tan bien, de hecho, que esa perfección formal acaba por revelarse como un hándicap. Donde otros arriesgan todo, donde empeñan hasta el último céntimo de su patrimonio, a él le basta con extender, distraído, un cheque cuajado de ceros.

No es que sus historias no valgan la pena. Gravita sobre ellas la pérdida de identidad del hombre de hoy, su incapacidad para aceptar el nuevo rol, paritario, que el curso de los tiempos ha dispuesto. El varón siempre parece en desventaja para Pauls, siempre es el elemento que alza el pañuelo blanco y asume su rendición y entrega las armas en la batalla de sexos. Una reflexión que predomina en El Pasado, su novela más ambiciosa y compleja, y que ya se prefigura en Wasabi, que parece una prueba de campo entonada por Pauls para acometer más tarde la caza mayor de El Pasado. Esta nouvelle lisérgica que narra el caótico periplo europeo de un escritor neurótico y su esposa se deja leer, a ratos con el deslumbramiento que propician algunos de sus pasajes, pero cuando acaba el libro, queda un rastro agridulce, una sensación de empeño inacabado. Queda la cuestión de si todo ese talento narrativo no debería quizás emplearse en apuestas más arriesgadas, en la línea de El Pasado. Señor Pauls, desde aquí se lo pido, humilde. No derroche su capacidad en fuegos de artificio. No nos prive de la obra maestra que lleva dentro y que no le quedará más remedio que entregarnos más tarde o más temprano. Espero ese día, sentado, leyendo el resto de deliciosos entrantes que ha preparado para nosotros. 


Related Posts with Thumbnails