20 de octubre de 2012

El Ficus

No fue la primera planta que tuvimos, pero que desde que iniciamos nuestra emancipación programamos hacernos un día con un ejemplar de especie. Es elegante, rotunda, esas hojas sencillas y enormes proclaman algo significativo. En el primer traslado, cuando de veras la convivencia pareció asentarse y hubo un hueco en el salón, adquirimos el ansiado ficus. Lo colocamos en un lugar prominente, bajo la ventana principal, para que fuera la primera en lucir. Pronto, nuestra desidia y su falta de aclimatación tras sucesivas mudanzas hicieron que sufriera. Pero fuimos cuidadosos, y sólo aquel esmero logró prolongar sus mejores años. La sensación de que un ficus así merecía el esfuerzo y los desvelos. Hubo un trance en el que creímos que lo peor había pasado. Entrada la primavera, la planta cogió color, y aunque algunas de las hojas más grandes amarilleaban, también brotó alguna nueva, verde, diminuta, al pie del tronco. Pareció la promesa de un restablecimiento, pero hoy, cuando la hemos guardado en una bolsa gris para tirarla al cubo de la basura, hemos confirmado que aquellos brotecillos no eran más que el canto del cisne.

- ¿Qué habremos hecho mal?, - se lamenta ella -.

"Casi todo", pienso. Quisimos curarla cuando todavía no estaba enferma. Terminamos contagiándole nuestro pesimismo, y, al final, ningún médico salva a un paciente al que ha convencido previamente de que lo suyo es incurable. Tampoco debió darle muchas esperanzas el ver cómo poblábamos el salón con nuevas plantas que parecían más sanas y más verdes. Aunque al poco tiempo también nos cansamos del resto de plantas y ya casi parecían un estorbo para el conjunto de la decoración. Algunas las fuimos regalando, mientras dejábamos al ficus en su lugar prominente, para que el sol terminara de ajarlo.

Proclamamos entonces, a quien quiso oírlo, que el ficus nunca terminó de adaptarse a nuestro modo de vida, y que lo mejor era podarlo lo más posible, recortar casi todo lo marchito para ver si revivía. Mentimos. Secretamente, sabíamos que la poda era la antesala de la muerte. Ahora el salón luce más amplio y más limpio, sólo con un par de plantas pequeñas que por supuesto no estorban tanto como el ficus. Ya pensaremos qué hacer con el estupendo hueco que ha quedado bajo la ventana.






2 comentarios:

Vania dijo...

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Vania
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