20 de febrero de 2009

El discurso vacío


De la noche a la mañana, un obsesivo-compulsivo escribe en una hoja en blanco. Dada su afección, no le queda otra que hacerlo imponiéndose un rigor, una fe en el método, una minuciosidad torturada. Escoge hacer ejercicios caligráficos. Limar la escritura, dibujar cada letra con la máxima perfección posible. Y pronto descubre que para prestar atención a la caligrafía debe dejar de lado la literatura. Se da cuenta de que a medida que su pensamiento y su creatividad vuelan la claridad de su letra se resiente. 

Está loco. Está deprimido. Cualquier tarea cotidiana que no signifique introspección le abruma. Su mujer no hace más que estorbarle con sus requerimientos. Su hijo es un ser bajito y chillón al que no comprende y al que trata como un adulto. Comienza a espiar a su perro en sus excursiones callejeras. Toma antidepresivos para soportar ese día a día tan vano. Pero no deja de escribir. Lo más anodino, la anécdota más inútil, el zumbido de una nevera, la madera ajada de su escritorio, le sirve para no abandonar la apuesta, para seguir adelante. Todo es vacío a su alrededor y su cuaderno se va colmando de esa grisura. El tipo es egoísta, quisquilloso, intenso: un auténtico coñazo. Y, a pesar de todo, nos cuesta apartar la mirada de esa cotidianidad tan frustrante. Porque somos él, tantas veces. 

Así, arrullados por las letanías de angustia de Levrero, llegamos al cabo de las páginas a un punto que se parece mucho al origen del que arrancamos. Pero no es así: algo cambió.

3 comentarios:

náuGrafo digital dijo...

Gracias por hacerte 'seguidor'. Me pasaré por aquí, un saludo próximo.

suavelatigodulcepalpito dijo...

muchas veces queremos ser ese hombre, pero no nos animamos,
si me animo a dejarte este blog de poemas, te mando un saludo !

A.Mora dijo...

Muchas gracias a ambos