7 de febrero de 2008

Firmin




Leí, de adolescente, La rata cochero, una novela juvenil que daba una vuelta de tuerca alegórica y terrible al clásico de Cenicienta: el cochero que transporta a la joven al baile de gala no es más que una rata que ha adquirido por unos días aspecto humano. Una ilusión que, como el encantamiento de Cenicienta, se acaba cuando dan las doce. El cochero vuelve a ser rata, y sus congéneres desatan una sangrienta revolución contra los hombres de la que todos, roedores y hommosapiens, salen perdiendo. Una estupenda y retorcida fábula que es mucho más que un cuento para adolescentes.



Pero el motivo que me hace hablar de ratas y libros no es ese. El motivo es Firmin; una de esas novelas de las que uno lee, distraído, una reseña: la llama prende y un día ojea el libro en una tienda sin intención de llevárselo, pero acaba irremediablemente condenado a hacerlo. Y luego lo lee con avidez mientras piensa que la rara ecuación se ha vuelto a repetir: hay, como mínimo, un lector para cada libro y un libro para cada lector y cuando se cruzan esos caminos estamos en presencia de algo feliz, algo importante.


Alguien me pidió que le resumiera su argumento. Yo, sólo pude, o quise, revelarle su espíritu, el aliento que engendra esta pequeña novelita. "Es un canto romántico sobre la lectura", dije. Creo que no hay mejor modo de definir las peripecias de este bicho raro que es Firmin, un lector voraz encerrado en el cuerpo de una rata amorfa. Firmin no es otra cosa que una fábula nostálgica sobre un mundo, el del amor a los libros, condenado a extinguirse bajo el vendaval de la modernidad. Me atrevo a aventurar que sólo los letraheridos, los lunáticos lectores contra viento y marea, captarán el alma de este libro humilde y valiente.


Ví hace un tiempo una entrevista televisiva a Roberto Bolaño, en la que el escritor rememoraba cómo su amigo de juventud Mario Santiago, muerto atropellado en Viena antes que el propio Bolaño, le tomaba prestado todos los libros mientras compartían piso en el DF. El autor de "Los detectives salvajes" recuerda que encontraba todos los libros arrugados cuando su compadre los devolvía. Bolaño lo entendió todo un día en el que sorprendió a Santiago leyendo mientras se duchaba. No podía esperar, el tiempo para leer se le quedaba corto. Toda una declaración de principios.


Me gusta imaginar que Mario Santiago hoy leería Firmin y sonreiría con pena al pasar la última página.




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