2 de diciembre de 2008

Desaparecer



Como Rosario Girondo, el narrador de El Mal de Montano, a veces ambiciono desaparecer. Como él, a veces creo haber enfermado de literatura. Como él,  hay días en que no le recomendaría leer ni a mi peor enemigo. 

Recuerdo el día en que mi profesora de lengua de octavo nos obligó a escoger un libro de cualquier noventaychista y comentarlo después en clase. Elegí Unamuno. Niebla. ¿Por qué? Ni idea. Me sonaba bien el nombre. Pero mentí, improvisé una respuesta demasiado engolada para mi edad, un retruécano intelectual que abundaba en el desencanto de la pérdida de las colonias ultramarinas y de ay, nos duele España y toda esa farándula. Falso. Me decidí por Unamuno porque me sonaba bien el nombre, Unamuno, tenía como una música. Nada más allá. Si hubiera escogido con conocimiento de causa, me habría decantado por Baroja o por Valle o por Machado, seguramente apuestas más seguras de acuerdo con mi edad. Unamuno, en cambio, es una bomba de relojería para un aprendiz de letraherido, no tanto por la introspección metafísica cuanto por el abuso de la metaliteratura y del disloque del discurso lineal. Nada le gusta más a quien gusta de juntar palabras que asomarse al taller donde las juntan otros. Pero es peligrosísimo. Vila-Matas lo sabe y no sólo lo sabe sino que ha combatido por la causa arrojando una obra que va, como en un parchís, de casilla en casilla por las estaciones de la obsesión literaria. Hay de todo en la obra del catalán: escritores que no escriben, escritores que anhelan la desaparición, escritores tocados por el mal de Montano de la literatura, escritores que conspiran por lunáticas revoluciones. Y lectores, muchísimos, entrañables y temibles. Y lecturas. Un aluvión de citas, referencias, notas al pie, una erudición bastísima y una ironía gloriosa. Y la angustia latente que acompaña a la sabiduría. 

Regresamos, así, a Unamuno, para cuadrar el círculo: también guardo un recuerdo agridulce de San Manuel Bueno, Mártir, y las referencias que hallé allí, como un fogonazo brutal, al hecho de que cuanto más sabemos del mundo y del hombre, cuantas más certezas atesoramos, más cancha le damos a la tristeza. «La imbecilidad es un pasaporte para la felicidad», viene a decir aquella novela, con un pesimismo existencialista que en manos del adolescente que yo era podía ser una verdad demoledora, algo que podía tirar por tierra cualquier ambición por aprender, viajar, descubrir cosas nuevas, dejarse deslumbrar. Menos mal que el tiempo quitó razones a Unamuno y se las da ahora a Vila-Matas. El mal de Montano, la adicción a la literatura, no se cura, es crónico y puede acabar siendo letal. Pero siempre merece la pena.

1 comentarios:

José Julio dijo...

Mi mejor felicitación en esta Navidad y mis mejores deseos también de un gran Año 2009.
Un abrazo.
JJP