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29/9/11

De mal en peor

O sea, Breaking Bad.

Si no leí antes Teleshakespeare, de Jorge Carrión, fue porque quería comprar la edición fetiche que vi en la Fnac. La que incluye camiseta. Pero se salía del presupuesto habitual y dudé durante semanas. Al final, el día que me decidí a comprarla solo tenían cajas con la talla L. La camiseta es guay, pero me queda como un saco. El libro, sin embargo, fits me pretty damn good. Un ensayo fanático que propone a la ficción televisiva actual como la heredera de la mejor tradición narrativa y como el referente para comprender un poco mejor el mundo en que vivimos sólo podía gustarme.
Carrión dibuja primero un acercamiento teórico al fenómeno de las teleseries y en la segunda parte del libro repasa en profundidad dieciocho de ellas, extrayendo lo más característico de cada una. Hay erudición, muchas citas, contexto histórico y social; pero, sobre todo, Teleshakespeare es una mirada muy subjetiva de Carrión a todas estas obras. La reseña más personal es tal vez la que dedica a Los Soprano. No en vano, la titula Doce apuntes para un ensayo sobre Los Soprano como tragedia que no escribiré. El cuarto apunte es revelador:

  • Dos dudas metódicas: ¿hasta qué punto puede aplicarse conceptos del pasado a lecturas del presente? ¿Dónde termina la interpretación y dónde empieza la sobreintrepretación?
O lo que es lo mismo: el ensayista sesudo se detiene un momento y se pregunta si no estará dejándose llevar por el amor incondicional del fan.
A mí me ocurre lo mismo. Por eso afronto el comentario sobre esa gran narconovela que es Breaking Bad desde el complejo de quien pretende reducir a unas cuántas líneas la totalidad de un artefacto retorcido, ambicioso y de largo aliento como es esta obra ideada por Vince Gilligan.
No perderé el tiempo con sinopsis. Wikipedia. Prefiero hacer como Jorge Carrión. Hablarle al fan.
Como en los momentos cumbres de Los Soprano, Breaking Bad empieza a revelarse como obra maestra no sólo por medio de escenas impactantes o pasajes estética y técnicamente sobresalientes. Como en las grandes novelas, como en la saga mafiosa de Tony Soprano y sus compinches de Nueva Jersey, en Breaking Bad algunas secuencias adquieren verdadera trascendencia no por su valor en sí mismas sino por todo lo que albergan tras esa fachada.
Esta cuarta temporada que está a punto de terminar (AMC ha emitido once de los trece capítulos previstos) se impone como la sublimación de ese arte de la elipsis y los sobreentendidos. Igual que durante muchos tramos de las últimas temporadas de Los Soprano nos bastaba con mirar la expresión de Carmela ante una nueva decepción con Tony para comprenderlo todo, en Breaking Bad percibimos toda la intención de cada gesto que Skyler dedica a Walter.
En cada giro patético de Mr. White encontramos la lógica de una deriva autodestructiva, todo un proceso de socavación personal (pero también de autodescubrimiento) que Bryan Cranston va destapando a medida que tiene que hacer frente a cada contratiempo. Cada acción que toma logra salvar por los pelos su endeble situación familiar y laboral (esas dos tramas que tanto le cuesta disociar, como a todo buen ciudadano, como a todo buen delincuente. Como a Tony Soprano). Pero cada decisión es un nuevo paso en falso que le sitúa en otra vez en el disparadero, cada vez más arrinconado. Un encajonamiento que se visualiza en el final del undécimo capítulo de esta temporada, cuando Walter rompe a reír de puro desesperado en el sótano de su casa, mientras la cámara se eleva y le va abandonando ahí tirado.
Ya ni siquiera esperamos un cliffhanger final que nos deje en vilo aguardando una quinta y probablemente última temporada. No necesitamos que Breaking Bad nos deje una vez más con la boca abierta. No hace falta que eche mano de un nuevo giro argumental que vire la trama hacia un horizonte de clausura. El efectismo de esta serie hace tiempo que sólo se reserva para un lenguaje visual saturado, excesivo, que subraya constantemente los detalles y los amplifica hasta la desmesura. Detrás de toda esa tramoya formal, la narrativa de esta obra maestra responde a toda una tradición. Es un clásico. Un eslabón más entre Dostoievski y Los Soprano.

CC

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