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20/1/11

Feliz e indocumentado

Arthur Conan Doyle hizo decir a Sherlock Holmes: "el mejor arma que tiene un hombre es pensar cinco minutos más, allí donde los demás suponen que ya no hay nada que pensar". Reciclo esa cita de El pibe que arruinaba las fotos, de Hernán Casciari; páginas rescatadas de su blog Orsai y cosidas después en un libro que tiene esa virtud radical que suelen alabar los cursis y de la que solemos mofarnos los sabihondos, hasta que no queda más remedio: hay que reconocer que uno se ve reflejado en las peripecias románticas de ese niño gordo que fue Hernán.

Casciari recrea esas sensaciones que uno atesoraba en su infancia, creyéndolas genuinas y privadas. El Gordo rememora la traición sufrida el día en que alguien le confirmó, más allá de sus intuiciones previas, que los Reyes Magos son los padres. O la secreta desolación que le fulminó cuando leyó en una revista de peluquería que los deja vú no eran un exclusivo superpoder que se nos había concecido sólo a nosotros, sino algo que le ocurría a cualquier mortal, un artefacto mental que la ciencia explicaba con su vulgaridad acostumbrada.

Cosas así cuenta este libro, un puñado de recuerdos prestados que me han dado calor en estos días tan fríos y tan faltos de esperanza. Me ha recordado el valor de las convicciones utópicas, de la testarudez naif. Me han invitado a perseverar en la lucha contra los pesimistas de carné, que siguen empeñados en que abandones ese lastre inservible que es la ingenuidad.

A contracorriente, yo sigo siendo un completo ingenuo. Lo testimonia, ahora mismo, mi situación laboral (si es que existe), mi irrisoria cuenta bancaria, la grieta que avasalla mi precaria cisterna o el esparadrapo mojado que sostiene el retrovisor de mi coche, que ni siquiera es mío. Hago inventario y veo que ni los años ni las desilusiones me han robado esa tendencia a la quimera. En primero de carrera me compré Cuando era feliz e indocumentado. Movido por veleidades románticas, estaba convencido de que el periodismo tenía futuro... si Gabo lo hizo, por qué no tú. Y ahora, con todo en contra, cuando lo sensato sería tirar la toalla, mi lado feliz e indocumentado me invita a mantener un resquicio de optimismo. Morirán los medios, habrá despidos, muchísimos, cambiará de nombre, dejará de llamarse periodismo, pero este oficio siempre tendrá vigencia. Seguimos contándonos el relato mítico del soldado que corrió cuarenta y dos kilómetros hasta Marathon para dar una noticia y morir. El mundo necesita gente que cuente lo que pasa. Véase Egipto.

Ahora soy, si cabe, más indocumentado que hace diez años, cuando compré aquél libro. Me va a costar ser más feliz que entonces (en lo que a lo laboral se refiere; tengo gente que me quiere y se preocupa por mí, más de lo que merezco). Pero he ganado en confianza. No en el entorno, que es infinitamente más oscuro ahora que antes, sino en mí, en mis posibilidades. En lo que sé y en lo que soy capaz de hacer. He vivido durante los últimos siete meses recordándomelo, retando cada día al recuerdo de aquel estudiante timorato al que le temblaba la voz frente a un micrófono y el pulso ante la perspectiva de una llamada telefónica. Y, además, en Radio Madrid he catado el privilegio de currar, codo con codo, con gente que domina su oficio porque lo respeta y lo mima cada día, y porque opina que el prestigio se dirime más cerca de la letra pequeña que de los grandes titulares.

No tengo remedio: sigo creyendo que es una boludez, como diría Casciari, andar preocupado por las cuentas de resultados, cuando uno puede pasar el tiempo imaginando qué cosa nueva le deparará mañana. Y estoy patéticamente empeñado en que ser periodista es la mejor forma de imaginarlo. Y vivirlo.

CC

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