Hoy lo he vuelto a ver: Atocha, 8.06 a.m. Como si hubiéramos extraviado nuestro perfil humano, los pasajeros suben -subimos- en tropel, como una masa amorfa, indiferenciada, al vagón de cercanías. Meses atrás, Renfe debió pensar que mientras llegan las soluciones a este alboroto matutino, lo mejor era un parche transitorio. De esos parches transitorios que acaban siendo perpetuos. Contrataron a unos seguratas cuya misión única era empujar a los pasajeros-sardina para que las puertas pudieran cerrarse. Todo muy digno y tal.Pero el caso no era ese. El caso es que hoy me he vuelto a fijar en que la porra de uno de los seguratas estaba adornada con una pegatina con los colores de la bandera española. Insisto: no es el primer agente de seguridad privada que atavía a su brazo ejecutor con los colores de todos. Y es algo que me aterra. Primero, porque veo últimamente cómo se multiplican quienes usan la bandera como un garrote contra el adversario. Segundo, porque algunos deben opinar que no hay mejor sitio en el que lucir su patriotismo que en un arma. Porque no deja de ser un arma y no deja de estar en manos de un tipo que impone su ley en nombre de alguien que no conozco. Un policía o un guardia civil se deben, en último caso, a mí. Un segurata se debe a su jefe.
En fín, igual son fobias mías.
